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20 de agosto de 2020

  • 20.8.20
Hace unos días se produjo una manifestación negacionista en Madrid, donde se incumplieron las medidas higiénicas mínimas con plena consciencia de ello. Por otro lado, Pablo Iglesias e Irene Montero se han quejado de los escraches y el acoso que sufren –y, con ellos, sus hijos, todavía de muy corta edad–. Dos hechos que parecen no tener nada que ver, pero que tienen un nexo ético fundamental.



Antes que nada, conviene aclarar que hay que condenar tanto el incumplimiento de las medidas higiénicas por parte de los negacionistas –que no la manifestación en sí–, como el acoso de cualquier personaje público –cualquiera, sea cual sea su ideología o los cargos en su contra–. A partir de aquí, conviene matizar y llamar a la coherencia.

Los negacionistas se han saltado sus deberes con respecto a la Salud Pública, y el derecho de los demás a la salud. Sin embargo, como buenos negacionistas, ellos no consideran que hayan hecho tal cosa. Se sentían legitimados por su ‘sentido común’ y un ‘bien superior’. Por otro lado, tienen el derecho a pensar lo que quieran y a manifestarse como quieran, siempre y cuando cumplan la Ley.

Por su parte, los dos líderes podemitas se quejan del mismo acoso que ellos aplaudieron y arengaron cuando no formaban parte del Gobierno. Recordamos este vídeo de Fort Apache, donde Pablo Iglesias defiende que los escraches son “jarabe democrático” y que “si no hay justicia, hay escrache”. Por tanto, parece que la legitimidad para pasarse la ley por la piedra depende del ‘sentido común’ de cada uno y del ‘bien superior’ que se defienda.



Es inevitable hacer referencia a uno de los pensadores más influyentes de la izquierda europea, Slavoj Žižek, y a su obra En defensa de la intolerancia. Si aceptamos la hipótesis de partida del filósofo esloveno, el multiculturalismo es la ideología del actual capitalismo global.

Esta idea se opone, como él mismo reconoce, a la defensa tradicional de la izquierda del multiculturalismo como antídoto del fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista…). Por ello, promueve “una buena dosis de intolerancia, aunque solo sea con el propósito de suscitar esa pasión política que alimenta la discordia”. Esta “intolerancia” no solo afectaría a la multiculturalidad, sino que justifica la lucha contra las ideas que, en un momento dado, pudiéramos entender que son contrarias a las nuestras.

La lógica de Žižek es impecable: la politización de la economía política requiere de una actitud crítica, que rechace lo establecido. En efecto, existen unas normas de convivencia que, es obvio, han sido pactadas por las élites económicas y políticas (cuando no impuestas por las primeras), sin tener en cuenta las necesidades y las opiniones de la ciudadanía.

Sin embargo, también es cierto que esas mismas normas crean un status quo, débilmente legitimado por las urnas, que solo puede mutar en beneficio de la ciudadanía si se hace desde dentro o a través de una ruptura. Ahora bien, si legitimas la ruptura, estás legitimando que todos rompan.

El propio Žižek se da cuenta de que sus propias ideas entran en una paradoja a la que dedica un capítulo entero: Por una suspensión de izquierdas de la ley. “Tanto la izquierda como la derecha tienen su propia idea de suspensión de la ley en nombre de algún interés superior o fundamental”, afirma. “Para el centro liberal, ambas suspensiones de la ley […] son en definitiva una misma cosa: una amenaza totalitaria contra el imperio de la ley. Toda la consistencia de la izquierda depende de su capacidad de poder demostrar que las lógicas detrás de cada una de las dos suspensiones son distintas”.

Ahora bien, ¿qué es lo que da esa legitimidad a la ruptura de izquierdas? La necesidad de “tomar partido”. La argumentación de Žižek, amplia y razonada, siempre me ha parecido insuficiente. Al final, la suspensión de la ley depende de lo que cada uno considera un bien superior.

Por tanto, entiendo que nos encontramos en una paradoja imposible, en la que resulta inevitable tomar partido, pero en el que hay que ser coherente y, sobre todo, evitar moralizar. Si no, acabas en contradicciones, como ocurre ahora con Pablo Iglesias y su “jarabe democrático”.

En lo que respecta a los negacionistas, éstos no planteaban un cambio concreto, sino que aspiraban a la crítica por la crítica, y a llamar la atención. Incluso intentaron tomar el Paseo de la Castellana en Madrid. Ahora bien, si nos atenemos a las ideas de Žižek, ¿lo que han hecho los negacionistas no es plenamente coherente? ¿No es análogo a la actitud de la pseudoizquierda podemita?

Es cierto que algunas consignas fueron infantiles y estúpidas. Sin embargo, varios de sus mensajes iban dirigidos a la politización de la economía y a una reflexión sobre el sistema, como reflejan mensajes como: “Libertad. No al confinamiento. No a las mascarillas. No a las vacunas asesinas. No al nuevo orden mundial. España dice basta ya”; “Investiga. Reflexiona. Existe otra realidad que nos ha sido ocultada” o “Una nueva normalidad es …desconfiar de tus vecinos? …que el 70% de los españoles pasen hambre? …que dejen a toda España sin trabajo?” (todas las cursivas añadidas). ¿No recuerdan a las consignas que realizábamos muchos en el 15M?

Han negado una realidad, se oponen a ella y, con la misma, al sistema. Han violado la Ley, saltándose en este caso las normas establecidas, y han sido intolerantes con quienes no han pensado como ellos. Han “tomado partido”.

El argumento principal contra los negacionistas es que se han saltado la Ley y que han puesto en riesgo a todos. Es cierto, y por ello deben ser castigados. No seré yo el que defienda a estos “seres de luz”. Sin embargo, volvemos a la misma idea del principio: ¿cuándo es legítimo romper el status quo?

Los negacionistas niegan que pongan en riesgo a nadie, del mismo modo que otros afirmaron que los escraches eran “jarabe democrático”, otros negaron que estuvieran rompiendo el país o que estuvieran haciendo cualquier otro mal. No deja de ser una valoración subjetiva.

Que nadie se equivoque. Esto no es una apología del status quo. Trato de llamar a la coherencia. Si te saltas la ley porque consideras que es de sentido común, o por un bien superior, estás legitimando a que otros lo hagan. Paradojas de la rebeldía sobre las que deberíamos reflexionar.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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