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17 de junio de 2019

  • 17.6.19
Autora de novelas como La ciudad en invierno, La ciudad feliz o La trabajadora, Elvira Navarro (Huelva, 1978) publica La isla de los conejos, donde recoge once relatos perturbadores. En estas páginas, un falso inventor lleva conejos a una isla para que acaben con los nidos de unos pájaros cuyo nombre nadie conoce. El fantasma de una madre abre una cuenta en Facebook y le pide amistad a su hija. En otro, los sueños de los clientes de un hotel son objeto de un insólito hurto.



Esta autora estudió Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. En 2013 fue elegida una de las voces españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, y en 2014 la misma revista seleccionó su obra La trabajadora entre las diez mejores novelas en español del año.

—Once piezas inquietantes. Dices que si algo comparten todos los cuentos de 'La isla de los conejos' es una atmósfera extraña.

—La misma que esa convención a la que llamamos realidad en cuanto nos percatamos de cuánto tiene de ficticio.

—El libro se iba a titular 'La habitación de arriba', que es otro de los relatos. ¿Qué encontraste en 'La isla de los conejos' que te hizo cambiar de opinión?

—Fue mi agente, María Lynch, quien me dijo que era mejor así, y entonces me acordé de La casa de los conejos de Laura Alcoba y de lo mucho que siempre me había gustado ese título.

—Escribes todos los días, pero tardas en publicar. Eres lenta escribiendo. ¿Te gusta ver madurar cada página o la inseguridad es parte de este oficio?

—Todo eso sumado a que el tiempo haga su trabajo de criba.

—Como decías, los cuentos comparten una atmósfera, pero cada cuento bebe de un sitio diferente, de un conflicto único.

—Sí, en efecto. Si no fuera así, el libro sería una novela.

—El cuento con el que titulas el libro es una anécdota que te contó un amigo, Sancho Arnal, que dices, como homenaje, es su verdadero autor.

—Él me regaló la historia sin saberlo, o yo se la robé. Sancho Arnal me cuenta siempre cosas loquísimas, cosas que hace él, así que también podría decir que escribir ese cuento fue un intento de vivir yo esas cosas a través de la literatura.

—El tema de 'La habitación de arriba' lo desarrollaste en 'La trabajadora': la precariedad y la desposesión por el trabajo. Hoy, desgraciadamente, casi es una epidemia.

—Lo peor es que ha sido una epidemia casi siempre. España es un país de escasez. Las dos novelas capitales en nuestra tradición son el Lazarillo, que cuenta la vida de un miserable, y El Quijote, que es un hidalgo pobre. Parecía que habíamos salido de ahí, pero…

—Dices que lo que nos perturba y no hacemos consciente nos puede destruir. ¿De esa materia está hecho este libro?

—Diría que en parte sí. Ya el impulso creador es misterioso, al menos en mi caso. No sé muy bien qué es lo que me lleva a escribir unas historias en vez de otras. Ahí hay algo oscuro que ordena, que pide ser expresado, recorrido, iluminado.

—El relato necesita de una intensidad que se disipa en la novela. ¿Con qué género te sientes más cómoda?

—Me siento cómoda cuando encuentro la forma más apropiada para expresar algo, ya sea un relato o una novela.

—El feminismo no está a salvo del giro conservador y vulgar que vive nuestra sociedad. ¿Sabes hacia dónde vamos?

—Se está sustituyendo el pensamiento por un simple estar a favor o en contra que tiene más de identitario que de otra cosa. Como pertenecer a un equipo de fútbol o ser nacionalista. Y eso también ha contaminado a cierto feminismo, que al tiempo que se declara como no esencialista, defiende las esencias cuando reparte carnets de buenas feministas. Aunque a lo mejor siempre hemos estado ahí, en el dogma, y lo que pasa ahora es que las redes amplifican el asunto.

—Te molesta que el feminismo sea reactivo y no propositivo y que la mujer aparezca como víctima.

—Me molesta como feminista que soy. La víctima se ha convertido en el lugar santificado de enunciación, y es una posición peligrosa porque impide el empoderamiento, refuerza el estereotipo machista de que la mujer es alguien débil y obvia los logros de muchas mujeres, su poderío.

Santiago Alba Rico, en un artículo, traía la siguiente reflexión de Sánchez Ferlosio: “Sólo el daño recibido de otros hombres crea valor, porque la víctima se hace acreedora de retribución y se convalida, por tanto, como ‘de los buenos’. Sólo la culpa humana produce lo que podríamos llamar ‘víctimas morales’, porque son acreedoras de venganza”. No suena muy revolucionario, ¿no? Y yo creo que el feminismo ha de ser revolucionario, no replicar al Dios del Antiguo Testamento.

—En tu libro no hay sangre. Hay un terror psicológico, “cotidiano y doméstico”, y los personajes se mueven en entornos absurdos.

—Se está leyendo así, ¡pero también hay quien me dice que se ríe mucho!

—Tus personajes aceptan explorar la anormalidad, lo ficticio, que es lo normal. Descubren que el control de sus vidas es una ilusión.

—Viven en la anormalidad, aunque creo que eso es muy común porque, ¿qué es lo normal? El control es una ilusión de la razón que produce muchos monstruos, como en el grabado de Goya.

—Ahora trabajas en dos libros. Un volumen de novelas cortas y un libro sobre tu experiencia en Madrid.

—Así es, y espero acabar antes el de novelas cortas, que parece que ha cogido carrerilla.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

16 de junio de 2019

  • 16.6.19
¿A qué fue Donald Trump al Reino Unido? El momento de la visita no podía ser más inoportuno: con la primera ministra británica dimitida, aunque en funciones, y con el problema del Brexit más enconado que nunca, sin acuerdo para una salida “ordenada” de Inglaterra de la Unión Europea. Como si escogiera la fecha adrede, el presidente de EE UU parece que fue a Gran Bretaña a echar gasolina al fuego y a pavonearse ante la reina como un vaquero que aprecia más sus reses que a sus vecinos y que desprecia lo que ignora, aunque lo lleven a un concierto de música clásica, rodeado de lores y demás aristócratas ingleses.



El presidente-empresario, cuyo mérito ha consistido en amasar una fortuna que le ha permitido codearse con lo más rancio del Partido Republicano para, con “ayuda” soviética y de la mano de Steve Bannon, auparse a la Casa Blanca y vestir la chaqueta de comandante en jefe del mayor y más poderoso ejército del mundo. No es triunfo despreciable, pero para el que no está capacitado. Y lo demuestra cada vez que abre la boca, escribe un tuit o hace una visita al extranjero, como ésta a la pérfida Albión.

Fiel a su estilo faltón y provocativo, el más extraño a los usos diplomáticos, Trump “caldeó” su visita publicando tuits ofensivos contra el alcalde de Londres, Sadiq Khan, al que calificó de “perdedor irrecuperable”, por haber criticado su visita, y de ser un alcalde terrible para la ciudad, tal vez porque en ella no se producen las periódicas matanzas que protagonizan los norteamericanos que poseen armas de fuego.

En otro mensaje aconsejaba al Gobierno británico abandonar la UE, sin pagar ninguna factura, y cuestionaba a la premier Theresa May por su fracaso en las negociaciones del Brexit, motivo de su dimisión, al tiempo que mostraba sin recato su apoyo al euroescéptico Boris Johnson como sucesor de ella en Downing Street.

También se permitía recomendar al eurófobo Nigel Farage –líder del partido ultranacionalista que provocó el referendo de la discordia– responder con “taza y media” a los negociadores burócratas de Bruselas. Esta fue su manera de tratar a los anfitriones de su visita oficial al Reino Unido, con una cortesía propia en establos, además de mostrar su particular visión sobre las relaciones internacionales y la consideración que le merecen los países aliados de EE UU.

Aquella regla no escrita de la diplomacia, relativa a obviar en las visitas de Estado cualquier alusión que pueda considerarse una intromisión en los asuntos internos del anfitrión, fue olímpicamente pisoteada por el impulsivo presidente Trump. A él no le van las sutilezas.

Claro que su comportamiento tampoco ha cogido por sorpresa a nadie. A estas alturas de su mandato, el mundo entero conoce al procaz presidente norteamericano y su forma de proceder, en la que no escatima insultos, amenazas y descalificaciones groseras para conseguir sus propósitos.

Con esa estrategia fue al Reino Unido, obsesionado por conseguir que el país consuma su separación de la Unión Europea, ofreciéndole para ello el mejor y más goloso acuerdo bilateral de ayuda comercial jamás firmado entre ambos países, como si el resto de Europa sea el enemigo.

Es la misma estrategia que está llevando a cabo con su plan-haraquiri de Palestina, a la que también promete ayuda futura, si firma la rendición que su yerno le ofrece para acabar con su conflicto con Israel, al que todo le consiente sin rechistar. En suma, es su forma de hacer negocios: presionar, amenazar y chantajear. Y cree que gobernar se hace de igual modo.

Los ingleses deberían tener en cuenta, antes de firmar nada, la validez que Trump concede a los acuerdos y tratados que asume, como el de Libre Comercio con México y Canadá, el cual ignora a la hora de elevar arbitrariamente los aranceles de lo que importa del país centroamericano para chantajearlo por el problema migratorio.

Ni la palabra ni la firma del actual presidente norteamericano sirven para garantizar ningún compromiso, sea económico o político, que permita unas relaciones entre países en condiciones de respeto y equidad. Ya lo demostró con el abandono del Acuerdo sobre el Cambio Climático, su desvinculación con el suscrito con Irán para el control de su plan nuclear y hasta con su denuncia del Tratado de limitación de misiles balísticos con Rusia.

Su “America first” se traduce como “el negocio, lo primero”: ganar en todos los campos en los que EE UU está implicado, aunque ello comprometa el equilibrio y la convivencia pacífica entre las naciones.

Y por eso fue al Reino Unido: a apoyar, prometiendo en tal caso un acuerdo “fenomenal”, un Brexit duro cuestionado por una mayoría de ingleses –de ahí las resistencias a celebrar un segundo referendo–, y que debilita el proyecto de una Europa unida, a la que combate por todos los medios posibles y a la que amenaza con represalias si continúa con los planes para dotarse de una fuerza militar conjunta y autónoma que de alguna manera escape de la dependencia, no militar pero sí comercial, con la poderosa industria armamentística yankee.

Más que la seguridad, persigue el beneficio y la preponderancia comercial. Si la moneda europea y Airbus ya hacen competencia al dólar y a la industria de aviación y aeroespacial de EE UU, Donald Trump no está dispuesto que la UE se fortalezca en otros ámbitos, como el militar y hasta el automovilístico.

Busca dividir a los países miembros de la UE con sus proclamas ultranacionalistas y aislacionistas, alentando por un lado el Brexit británico e incubando, por el otro, la eurofobia a través de partidos ultraderechistas que, con ayuda de Bannon, esparce por todo el Continente. Su exigencia de que los países europeos destinaran mayores recursos a Defensa no significaba que se fortalecieran, sino que aumentaran sus compras militares a empresas norteamericanas.

Su mentalidad empresarial, que no de hombre de Estado, es la que lo impulsa, también, a abrir una guerra comercial con China, no por los peligros de seguridad a los que alude como pretexto –el país que más espía a través de Internet, telefonía y redes sociales es EE UU–, sino por su aventajado dominio en tecnología 5G, la que impulsará un salto cualitativo en la comunicación, las redes sociales y en el ecosistema del Internet de las Cosas.

Huawei no representa mayor peligro para los usuarios que Google, Facebook o Microsoft, cuyos abusos de posición empresarial dominante y por utilización de la información supuestamente confidencial que disponen de sus clientes han sido repetidamente demostrados. El peligro real es la política expansiva de China como potencia emergente a escala internacional, capaz de competir con la supremacía estratégica de USA en el mundo. Pero Trump sólo advierte de la competencia económica y comercial que representa China para los intereses de EE UU.

Su capacidad intelectual y sus modos rústicos no dan para más, para disgusto de sus compatriotas más ilustrados y preocupación para las personas sensibles del mundo, las cuales temen acabar sufriendo las consecuencias de sus bravuconadas.

No es de extrañar que su visita oficial al Reino Unido desatara las manifestaciones ciudadanas en su contra, aunque él las considere fake news, los recelos de buena parte de la clase política, incluidos los conservadores –Boris Johnson evitó fotografiarse junto a él– y la incomodidad de la monarquía y el Gobierno británicos, a pesar de su flema, con la presencia de un presidente tan imprevisible como osado (como la ignorancia), al que la propia May tuvo que explicarle cómo es el Sistema Nacional de Salud inglés ante su pretensión de incluirlo en las negociaciones sobre el futuro acuerdo “fenomenal”.

Aparte de entrometerse en la decisión de un probable abandono de Gran Bretaña de la UE y su interés por causar la división entre los países europeos, muchos se preguntan: ¿A qué fue Donald Trump al Reino Unido? Parece evidente que no fue a conmemorar el 75 aniversario del desembarco en Normandía, del 6 de junio de 1944, con el que dio comienzo la fase final de la II Guerra Mundial hasta la rendición del Ejército de Hitler.

No ofreció ni un discurso en el Parlamento –donde no fue invitado– ni una ofrenda de flores por aquellos luchadores aliados, liderados por unos EE UU diametralmente opuestos a la mentalidad que encarna Trump (insolidario, aislacionista, unilateral, xenófobo y reacio a liderar la lucha por la democracia, la libertad y la paz en el planeta), que entregaron sus vidas por liberar a Europa de las garras del nazismo.

Es lo que hubiera hecho un político de talla de gran estadista, pero lo que no se le ocurre a un mercanchifle de luces cortas metido en política. Como si lo empujaran para figurar, sólo acudió, junto a otros 15 líderes mundiales, al acto celebrado en la ciudad de Portsmouth, desde donde partieron las tropas aliadas rumbo a Normandía. La mayor hazaña de EE UU en defensa de los valores occidentales por un mundo libre, sin importar el precio, quedó relegada a los intereses mezquinos y sectarios del populista Donald Trump. Para eso, mejor que no hubiera ido al Reino Unido.

DANIEL GUERRERO

15 de junio de 2019

  • 15.6.19
La arquitectura contemporánea no puede entenderse sin la obra de cinco gigantes que marcaron un nuevo rumbo de la construcción en el siglo XX, tanto en el empleo de los nuevos materiales (hormigón armado, acero, vidrio y plástico) como en el significado mismo del propio hecho arquitectónico. Me refiero al suizo Le Corbusier, al estadounidense Frank Lloyd Wright, a los alemanes Walter Gropius y Mies van der Rohe y al finlandés Alvar Aalto.



De los dos primeros ya he hablado con anterioridad. En esta ocasión voy a hacerlo del tercero, el mismo que proyectó el pequeño Pabellón Alemán de la Feria Internacional de Barcelona de 1929, y que fue reconstruido exactamente igual al original en el año 1986, como recuerdo de una obra emblemática para que fuera admirada por las generaciones que seguirían a quien un día fue el director de la Bauhaus alemana.

Como suelo hacer, comienzo por una breve reseña biográfica, para acercarnos al perfil de quien fuera uno de los iniciadores del Movimiento Moderno en arquitectura. Ludwig Michael Mies nació el 27 de marzo en 1886 en Aquisgrán, la ciudad más occidental de Alemania, que se encuentra ubicada en el estado de Renania del Norte-Westfalia, al tiempo que colindante con la frontera francesa.



De una familia de canteros de religión católica, a los catorce años empezó a trabajar en el taller de piedra de su padre, siendo a los dieciséis años capataz de una obra, lo que le acercó tempranamente a la construcción. En 1905, se traslada a Berlín para colaborar como dibujante de adornos en el taller de un estucador, antes de iniciarse como ayudante de Peter Behrens, uno de los grandes arquitectos alemanes de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

El largo trecho profesional de Mies van der Rohe puede dividirse en dos grandes períodos: el que va de 1908 hasta 1938, es decir, treinta años correspondiente su periodo alemán, y el que se extiende de 1938 a 1969, que corresponde a su estancia en Estados Unidos, tras marcharse de su país de origen por el avance del nazismo en su patria.

Como suele ser frecuente en la biografía de los arquitectos, sus primeras obras se corresponden con residencias unifamiliares, como son la casa Riels (1907), la casa Perls (1911) y la casa Werner (1912), en las que todavía se puede apreciar que sigue los criterios tradicionales de la arquitectura germana.

Tras la Primera Guerra Mundial, que pasa en Frankfurt, Berlín y Rumanía, se establece en Berlín. Durante esos años, un gran cambio se produce en sus concepciones arquitectónicas, especialmente, cuando se presenta al concurso que fue convocado en 1922 por la empresa Turmhaus Aktiengesellschaft. Mies propone la idea de un edificio claramente innovador, que, finalmente, no llegó a construirse, ya que suponía un cambio radical en las concepciones constructivas dominantes de aquella época.



Conviene apuntar que el reto que se les planteaba a los 144 arquitectos que participaron en la convocatoria del concurso partía del hecho de que había que construir un edificio en un solar triangular destinado a oficinas. Tres de las exigencias de las bases consistían en los siguientes puntos: era necesario aprovechar al máximo el terreno, puesto se hablaba de un solar en el centro de Berlín; la altura máxima a alcanzar sería la de 80 metros; y se buscaba el máximo de luz natural para que los oficinistas no tuvieran que estar trabajando todo el día con luz eléctrica.

La propuesta de Mies partía de un edificio formado en planta por tres rombos, cuyo punto de encuentro estaba formado por una forma circular que serviría de núcleo de acceso a las distintas plantas (para que el lector pueda visibilizar la planta del edificio convendría ver el logotipo de la marca de motor Mitsubichi, de forma que el punto de encuentro de los tres rombos fuera sustituido por un círculo). Por otro lado, todo el edificio estaría construido con una estructura de acero y de cristal en su exterior, lo que suponía un planteamiento absolutamente nuevo en las edificaciones.

El edificio no llegó a construirse, pero quedó como referencia para el futuro, de modo que, décadas después, en su período estadounidense, pudo plasmar las nuevas ideas que por entonces parecían una provocación.



Aunque Mies van der Rohe fue director de la Bauhaus de Dessau solo durante dos años, entre agosto de 1930 y agosto de 1932, es imprescindible aludir a su paso por la gran escuela que fundó otro arquitecto, Walter Gropius, y que ha quedado como referente de la innovación y la creación integradora de las diferentes manifestaciones artísticas.

La Bauhaus, inicialmente creada en Weimar en el año 1919, no tuvo una existencia excesivamente larga, pues la llegada del nazismo a Alemania dio al traste, en 1933, con una de las iniciativas más importantes que se han dado en el mundo de las artes.

El edificio que aquí se muestra, proyectado por Walter Gropius en Dessau, aparece con todos los elementos formales y constructivos que definen al Movimiento Moderno arquitectónico: apuesta por la geometría en la edificación, grandes superficies vidriadas, líneas puras y paredes desprovistas de todo ornamento, como rasgos principales.



Ante una de las obras más representativas de Ludwig Mies van der Rohe cabe preguntarse: ¿Cómo es posible que un pequeño pabellón se convirtiera en la obra emblemática de un arquitecto, el mismo que, posteriormente, llegó a proyectar grandes rascacielos en las urbes estadounidenses?

Lo cierto es que el Pabellón de Alemania, que en el año 1929 diseñó junto a Lilly Reich, se convirtió en uno de los símbolos de nueva arquitectura, puesto que en el mismo se plasmaban con toda rotundidad las ideas del Movimiento Moderno, que también se expresaron en el citado edificio de la Bauhaus, en la Ville Savoie de Le Corbusier o en la Casa de la cascada de Frank Lloyd Wright.

Tal como he apuntado, su reconstrucción en el año 1986 fue un gran acierto para la ciudad de Barcelona, pues en esta pequeña construcción, punto de encuentro de muchas visitas, quedan sintetizadas todas las ideas de la nueva corriente arquitectónica.



En el mismo año de 1929 que en España se contempla la única obra (reconstruida) que tenemos del arquitecto alemán, Van der Rohe nos deja otro de los grandes ejemplos del Movimiento Moderno: la casa Tugendhat en Brno, ciudad de la actual República Checa. Sería otro de sus grandes ejemplos de diseño de casas unifamiliares, antes de su marcha a los Estados Unidos, donde ya se implicaría en los proyectos de grandes edificios.

Considero que la semejanza de esta casa con la Ville Savoie de Le Corbusier es enorme, algo que no debe extrañar, ya que ambos arquitectos compartían los postulados de una arquitectura exenta de adornos y en la que la geometría debe estar al servicio de la función. En la actualidad a este planteamiento lo denominaríamos minimalismo, aunque esto es lógico, pues una frase del arquitecto alemán que quedó para la posteridad fue “Menos es más”.



Tal como indiqué al comienzo, en 1938 se instala en Estados Unidos. Dado su prestigio, muy pronto, a partir de 1940, se convierte en el director de la Escuela de Arquitectura del Armour Institute (Illinois Institute of Technology o ITT) de Chicago. Hasta 1959, Mies impartirá allí, con la ayuda de antiguos miembros de la Bauhaus, una enseñanza rigurosa basada en el aprendizaje de los nuevos materiales aplicados a la construcción.

Después de haber trazado según un principio modular el plan general del campus del ITT, construye en él con un lenguaje derivado de la arquitectura industrial, el Centro de Investigaciones sobre Minerales y Metales, así como el Crown Hall, del que mostramos una imagen.



En 1944 obtiene la ciudadanía estadounidense. En este período sus proyectos están mayoritariamente destinados a grandes edificios de oficinas. Así con esos monolitos de acero, vidrio y materiales relacionados de la gran industria “elabora en sus tipos iniciales y en su declinación categorías de edificios tan simbólicos del modo de producción capitalista como los palacios florentinos lo eran de la sociedad mercantil del Quattrocento”, en palabras de Jean-Louis Cohen, arquitecto y profesor de la Escuela de Arquitectura de París.

Y dentro de estos grandes rascacielos, el Seagram Building de Nueva York, proyecto compartido con su alumno Philip Johnson, acabado en 1958, se convierte en el prototipo de los edificios para oficinas diseñadas por el arquitecto germano-americano. Este edificio, con sesenta años de existencia, es admirado por muchos de los visitantes que acuden a Nueva York y desean conocer el prototipo del denominado ‘estilo internacional’.

AURELIANO SÁINZ

14 de junio de 2019

  • 14.6.19
A medida que voy conociéndome y aceptándome, soy menos proclive a juzgar a los demás. Sigo viendo y reconociendo a las malas personas, a esas a las que los demás no les importan y solo miran por ellos. Gente capaz de hacer cualquier cosa por poder, dinero o egoísmo. Las veo y las aparto.



Me refiero más bien a esas personas cuyo comportamiento no sigue la media social, no responde a la llamada “normalidad”. Cualquiera de nosotros puede tener un comportamiento irracional, fuera de tono o “extraño”. Todos somos producto de nuestras vivencias. Venimos a este mundo con una genética determinada, que nos hace más susceptibles a la hora de sufrir algunas enfermedades o a desarrollar determinados comportamientos.

Suerte tienen los optimistas de serie, a los que ya desde niños todo les parece bien. Tocados por la varita de la alegría y con unas gafas que solo enfocan la parte buena de la vida. Como suele decirse, todo lo ven “de color de rosa”.

Los demás vivimos entre el equilibrio y el desequilibrio perpetuo y aspiramos a esa “normalidad” de la que se habla, que nadie sabe cómo es o en qué consiste. Nadie habita en la cabeza del otro, nadie puede saber qué piensa o siente otro ser humano.

La mayor frustración viene cuando lees frases sobre lo que debería ser la vida, de cómo ser feliz. En definitiva, conseguir unas metas, lejanas y prácticamente inalcanzables. No hablan de mirar alrededor sino de visualizar un camino con una serie de etapas para conseguir un estado que parece estar fuera de uno mismo. Nunca dentro.

Cada uno llevamos una trayectoria, la mejor que hemos podido llevar en función de cómo estamos en cada momento. Quizás parezca incoherente, quizás lo vea raro, quizá no lo entiendan… Quizás esté sufriendo mucho por dentro. ¿No sería mejor no tener expectativas propias o ajenas y disfrutar de lo que hay? ¡ Qué pena que en el colegio o en casa no nos ayuden a aceptarnos y a querernos tal y como somos! Todo sería tan bonito...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


13 de junio de 2019

  • 13.6.19
Existen varios proverbios orientales que indican que, cuando te subes a un tigre, es difícil bajarse de él. La razón es obvia, puesto que si logras bajarte, las opciones de ser mordido son altas. Y es en este lío en el que encontramos a Ciudadanos y a su líder, Albert Rivera.



Si somos justos, lo bueno de la extrema izquierda y la extrema derecha es su capacidad para ver la paja en el ojo ajeno. En una reciente entrevista, con su natural aplomo, el “clásico” Julio Anguita, exlíder de Izquierda Unida, afirmó que las tres derechas eran como la Santísima Trinidad. Cada cual tenía sus matices, pero al final los tres defendían lo mismo, por lo que resultaban uno y trino. En lo que se refiere a Pablo Iglesias, nos quedamos con la lindeza que le dedicó en sus primeros momentos en el Congreso de los Diputados: el señor Rivera es “de lo que haga falta”. Ya entonces, lo tenía bien calado.

Tanto, que hasta Santiago Abascal, líder de Vox, sigue la estela de Iglesias, denominando “veleta” a Rivera. Es más, la propia estrategia ofensiva del partido de extrema derecha se ha basado en las inseguridades de Ciudadanos. Estrategia que, ahora, demuestra estar justificada.

Cuando dos partidos opuestos se ponen de acuerdo en algo, es para hacérselo mirar. Y es que Rivera y sus compañeros de partido no han podido llevar a cabo una estrategia más errónea.

Ciudadanos era la esperanza de parte de la derecha moderada. Un partido limpio —por ahora—, que sirviera de partido bisagra y contrarrestara el populismo podemita y la ponzoña independentista. Un partido capaz de pactar tanto con PSOE como con PP, según las necesidades de España y los mercados. Y de hecho, encontró un fuerte impulso en su valiente cruzada antindependentista en Cataluña, donde la ciudadanía le recompensó con la victoria electoral. Un victoria insuficiente, debido a la Ley d’Hondt y a los iluminados que aceptaron tal aberración en la ley electoral.

Sin embargo, el endurecimiento de su discurso y su coqueteo con la extrema derecha a través de relatores, —perdón, quería decir, de intermediarios—, no solo no le han permitido desbancar al Partido Popular en las Elecciones Generales, sino que lo han puesto en serios apuros tras las Locales. Tiene que decidirse entre romper su promesa de no pactar con el Partido Socialista de Pedro Sánchez o firmar su giro a la derecha pura y dura.

En el primer caso, perdería el voto conservador y daría la razón a sus contrincantes políticos. Por otro lado, no es lo mismo pactar con un arribista como Pedro Sánchez, que renunciar a pactos locales y autonómicos con barones y personajes socialistas. Sin duda, sería arriesgado. Su única ventaja sería su posición antindependentista, que de poco le vale para los que miren a la diestra.

En el caso de priorizar los pactos a la andaluza, comenzaría una guerra a cara de perro con un partido debilitado, sí, pero con amplia tradición, como es el Partido Popular. Casado no está solo, tiene sólidos barones territoriales y asesores experimentados.

Por otro lado, esta opción le haría perder el voto moderado, pues no se puede pretender que arranque esta guerra sin un discurso populista y agresivo. Un discurso que, dicho sea de paso, no le pega a Rivera y que dará alas a Inés Arrimadas, cada vez más aclamada en el sector duro del partido.

Ciudadanos solo tiene un arma efectiva contra el PP y es peligrosa: su relativa limpieza. La moralización de la política tiene dos condiciones: la coherencia y la ejemplaridad. Ciudadanos no tiene todavía casos importantes de corrupción. Sin embargo, sí que ha tenido alguna complicación local. En especial, en algunos supuestos fraudes en primarias locales y regionales. Si juega esa carta, correrá el riesgo de la desacreditación, tal y como ha ocurrido en Podemos con las purgas, el chalé de Iglesias y otras meteduras de pata e incoherencias.

El tigre se muestra fiero y Ciudadanos ya no puede mantenerse en su lomo. Haga lo que haga, está fastidiado. En la derecha española no caben tres partidos. Eso es así. Y si conviven, vivirán una y otra vez lo ocurrido durante las Elecciones Generales: se estorbarán entre ellos. Bonito trío de violines para la decimotercera Legislatura. Se les hará larga a los naranjitos, muy larga...

RAFAEL SOTO

12 de junio de 2019

  • 12.6.19
El periodista José Luis Salas, conductor del programa 'No son horas' y Premio "Antena de Oro", comparte con los lectores sus recomendaciones cinéfilas para el fin de semana. Experto en cine de autor, José Luis Salas es un reconocido maestro del periodismo musical y todo un especialista en el Séptimo Arte. No en vano, ha retransmitido para Onda Cero decenas de galas de los Premios Óscars de la Academia de Hollywood, además de colaborar en distintas publicaciones y en portales de Internet dedicados al cine, la música y la crónica social.





Podrás verlas en tu cine...

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

MEN IN BLACK: INTERNATIONAL

Director: F. Gary Gray. Con Rebecca Ferguson, Tessa Thompson, Chris Hemsworth, Liam Neeson, Emma Thompson, Rafe Spall, Kumail Nanjiani, Davina Sitaram, Viktorija Faith, Nasir Jama, Bern Collaço, Anatole Taubman, Joakim Skarli, Natasha Culzac y Ruth Horrocks. Nueva vuelta de tuerca de la exitosa saga, que esta vez cuenta con nuevos personajes que harán las delicias de respetable. Todo con tal de proteger a La Tierra de la escoria del universo, y esta vez el enemigo puede estar dentro de la secreta organización. Para quienes necesitamos de más aventuras de los Hombres y Mujeres de Negro.





® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

TOLKIEN

Director: Dome Karukoski. Con Lily Collins, Nicholas Hoult, Mimi Keene, Genevieve O'Reilly, Pam Ferris, Craig Roberts, Laura Donnelly, Derek Jacobi, Colm Meaney, Patrick Gibson, Anthony Boyle, Tom Glynn-Carney, Harry Gilby, Ty Tennant y Albie Marber. Los años en que el joven huérfano y escritor, andaba formándose y forjando una carrera. El estallido de la Primera Guerra Mundial fue el catalizador esencial en la confección de las famosas historias de la Tierra Media. Para amantes de Tolkien y sus orígenes.





Otros estrenos de la semana

® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

KIN

Directores: Jonathan Baker y Josh Baker. Con Carrie Coon, Zoe Kravitz, James Franco, Jack Reynor, Dennis Quaid, Bree Wasylenko, Myles Truitt, Lily Gao, Jonathan Cherry, Romano Orzari, Ian Matthews, Gavin Fox, Khalid Klein, Shawn J. Hamilton y Ivan Wanis-Ruiz. Inspirada en un cortometraje titulado Bag Man, el personaje de Kin, un adolescente afroamericano adoptado por un viudo compasivo aunque severo, se topará con lo que cree que puede ser un arma procedente de otro mundo. Para amantes de una original película bien repleta de aventuras y crímenes.





® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS RECHAZADOS

Director: Rémi Bezançon. Con Fabrice Luchini, Camille Cottin, Alice Isaaz, Bastien Bouillon y Louis Descols. Entrañable trama sobre la peculiar biblioteca que alberga libros rechazados por las editoriales en la Bretaña. El hallazgo de un libro magistral, pone a la búsqueda de su enigmático autor a una joven editora. Para seguidores de dramas diversos y originales.





® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

PEQUEÑO GRAN PROBLEMA

Director: Tina Gordon. Con Justin Hartley, Regina Hall, Marsai Martin, Tone Bell, Issa Rae, JD McCrary, Mikey Day, Luke James, Caleb Emery, Noree Victoria, Kausar Mohammed, Abbie Gayle, Jonathon Watson, Kayte Giralt y Katelyn Farrugia. Mil y una veces el cine viene explotando este argumento de persona adulta que se despierta en su cuerpo de la adolescencia, justo cuando se enfrenta a una importante decisión profesional o personal… Pues de eso va la cosa. Para necesitados de comedias muy, muy livianas.





® AD ENTERTAINMENTS ||| PROHIBIDA SU REPRODUCCIÓN

SAUVAGE

Director: Camille Vidal-Naquet. Con Félix Maritaud, Eric Bernard, Nicolas Dibla, Philippe Ohrel, Pavle Dragas, Mehdi Boudina, Azir Mustafic, Hassim Mohamed Saleh, Morad Ammar, Noureddine Maamar, Camille Müller, Lou Ravelli, Lionel Riou, Lucas Bléger y Laurent Berecz. Este es uno de los primeros dramas sobre la prostitución masculina del actual cine europeo, y con una merecida nominación a la Mejor Ópera Prima en los Premios Cesar de este 2019. Para quienes quieran meterse en un drama, crudo pero de inmensa sensibilidad.



JOSÉ LUIS SALAS

11 de junio de 2019

  • 11.6.19
En el marco de la consecución de los Objetivos y metas de la Agenda 2030, la participación de las organizaciones de la sociedad civil y de todos los actores del territorio es primordial. Los movimientos sociales, oenegés, plataformas, sindicatos, medios de comunicación y otras organizaciones del territorio tienen un papel protagonista en una agenda internacional de desarrollo sostenible que requiere del compromiso urgente de todos los actores del planeta.



Por una parte, las entidades de la sociedad civil contribuyen a la consecución de la Agenda 2030, llevando a cabo proyectos y programas para acabar con la pobreza, reducir desigualdades y apoyar a colectivos vulnerables, entre otros. Este tipo de acciones, sin duda, tendrán un impacto positivo en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y, por tanto, es importante identificar y medir este impacto para poder evaluar su desempeño y establecer objetivos a largo plazo.

Otro de los roles esenciales de los actores sociales es su función de sensibilización e incidencia política para alinear la acción de los poderes públicos con la Agenda 2030, su capacidad de incidir en la elaboración de políticas públicas y su monitorización para el cumplimiento.

Las organizaciones de la sociedad civil son un excelente canal de comunicación para trasladar el mensaje de la Agenda 2030 a la ciudadanía, y el sector de las comunicaciones y nuevas tecnologías tienen un papel fundamental en el proceso de difusión y sensibilización de la Localización de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

A través de estas acciones, las organizaciones pueden aumentar el conocimiento de la Agenda por parte de la sociedad, un paso esencial para lograr su consecución en el 2030. Por último, para el logro de los Objetivos y metas de la Agenda es fundamental la creación de alianzas.

La meta 17.17. se basa precisamente en este paradigma, incorporando a la sociedad civil como uno de los principales actores para llevarlas a cabo. En concreto, la meta indica la necesidad de fomentar y promover la constitución de alianzas eficaces en las esferas pública, público-privada y de la sociedad civil, aprovechando la experiencia y las estrategias de obtención de recursos de las alianzas.

Aquí, tanto la Sociedad Civil como el Sector Privado deberán también contribuir, a partir de la información que generan y relevan para sus operaciones. El rol del Sector Privado será bidireccional, ya que deberá nutrir con datos a estos Objetivos, pero a la vez, podrá verse beneficiado de la reutilización de los datos que emitan otros actores involucrados (principalmente Gobiernos y Sociedad Civil) para orientar sus Estrategias de Sostenibilidad.

Por tanto, no cabe duda de que es esencial que los actores que forman parte del Tercer Sector Social asuman plenamente los desafíos de la Agenda, ya que su papel es crucial para que esta sea viable en todos los niveles: local, autonómico, estatal y global.

Los ODS proporcionan un marco universal para guiar las contribuciones al desarrollo sostenible, debiendo identificar cada organización sobre qué objetivos y metas tienen capacidad de influencia y realizando acciones, programas y proyectos que contribuyan a su consecución.

La ayuda a las entidades a contribuir a los ODS puede hacerse realidad a través de la adaptación a una metodología que tiene un enfoque transversal, propuesta por Global Compact y es de aplicación para todo tipo de entidades, independientemente de su tamaño y sector. Se compone de cinco pasos:
  1. Entendiendo y apropiándose de los ODS: como primer paso, las organizaciones deben familiarizarse y apropiarse de estos objetivos.
  2. Definiendo prioridades: se estimula a las organizaciones a que definan sus prioridades, basándose en una evaluación del impacto de sus acciones, programas y proyectos.
  3. Estableciendo objetivos: el establecimiento de objetivos es fundamental para ayudar a promover prioridades compartidas y a mejorar el desempeño en toda la organización en relación a la responsabilidad social empresarial.
  4. Integrando: es clave integrar la sostenibilidad dentro de la gestión interna de la organización, en especial, a los colaboradores y funcionarios.
  5. Reportando y comunicando: los ODS permiten a las organizaciones divulgar información sobre sus acciones en el logro de la Agenda.
Estas consideraciones simples posibilitarán el análisis y, con esta metodología de la hoja de ruta, de las acciones que serán necesarias, entre otras por supuesto, se podrá hacer que las organizaciones de la sociedad civil puedan actuar de forma participativa del proceso de localización de los ODS y contribuir desde su territorio y con responsabilidad social y ambiental al cumplimiento de lo establecido en la Agenda 2030.

España y Andalucía precisan recorrer todavía un largo camino para poder incorporar a los actores de la sociedad civil al proceso de territorializacion de los ODS y esto debe traducirse en políticas y medidas que tengan como objetivo la participación permanente, orgánica y sistemática de la sociedad civil en el proceso de localización de la Agenda 2030.

SANTIAGO MARTÍN GALLO

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