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22 de mayo de 2019

  • 22.5.19
El periodista José Luis Salas, conductor del programa 'No son horas' y Premio "Antena de Oro", comparte con los lectores sus recomendaciones cinéfilas para el fin de semana. Experto en cine de autor, José Luis Salas es un reconocido maestro del periodismo musical y todo un especialista en el Séptimo Arte. No en vano, ha retransmitido para Onda Cero decenas de galas de los Premios Óscars de la Academia de Hollywood, además de colaborar en distintas publicaciones y en portales de Internet dedicados al cine, la música y la crónica social.





Podrás verlas en tu cine...

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ALADDIN

Director: Guy Ritchie. Con Will Smith, Mena Massoud, Naomi Scott, Marwan Kenzari, Navid Negahban, Nasim Pedrad, Billy Magnussen y Numan Acar. Guy Richie dirige esta adaptación con personajes reales del ya clásico animado de la propia Disney, el taquillazo Aladdin de 1982. Si en la de dibujos el malogrado Robin Williams prestaba la voz al genio dibujado, esta vez es Will Smith quien se encarga de interpretarlo. Para pasar un buen rato con humor y aventuras en el cine.





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EL HIJO

Director: David Yarovesky. Con Elizabeth Banks, David Denman, Meredith Hagner, Matt Jones, Gregory Alan Williams, Jennifer Holland, Elizabeth Becka, Steve Agee, Becky Wahlstrom, Christian Finlayson, Stephen Blackehart, Jackson A. Dunn, Terence Rosemore, Annie Humphrey y Emmie Hunter. La premisa: ¿Qué pasaría si un niño con poderes de otro mundo aterrizara de emergencia en la Tierra, pero en lugar de convertirse en un héroe para la humanidad fuera algo mucho más siniestro? Y eso que tiene una amantísima madre adoptiva, igual que le pasó a Superman y a Superlópez. Para darse una buena dosis de terror con un buen injerto de ciencia ficción.





Otros estrenos de la semana

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LA VIUDA

Director: Neil Jordan. Con Isabelle Huppert, Chlóe Grace Moretz, Maika Monroe, Stephen Rea, Colm Feore y Angela Thompson. El encuentro inesperado entre una pianista viuda y una joven huérfana recién llegada a Manhattan no terminará quedando para tomarse un té con pastas. Para seguidores de un thriller con tintes claustrofóbicos.





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COMO PEZ FUERA DEL AGUA

Director: Riccardo Milani. Con Paola Cortellesi, Antonio Albanese, Sonia Bergamasco, Luca Angeletti, Antonio D'Ausilio, Alice Maselli, Simone de Bianchi, Claudio Amendola, Nicole Biondi, Giorgia Calderoni, Giuditta Cambieri, Silvia Cohen, Nicoletta del Principe, Paolo Di Clementi y Alessandra Giudicessa. Dos mundos, dos clases sociales muy diferentes, pero el amor no tiene barreras para la hija de un prestigioso y culto empresario y el hijo de una cajera de supermercado. Mientras los adolescentes viven su idilio, sus respectivos padres harán lo imposible por separarlos... Hasta irse juntos de vacaciones. Para seguidores de la más genuina comedia italiana.





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VIVA LA VIDA

Director: José Luis García Berlanga. Con Guillermo Montesinos, Pablo Chiapella, Cristina Perales, Ferran Gadea, Lola Moltó, Óscar Reyes, Diego Braguinsky y Laura Romero. La salida a un desahucio pocas veces fue más disparatada para una familia que se busca la vida a bocados y sin no poca guasa. Para amantes de la comedia española, realista y contemporánea.





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LA ÚLTIMA LECCIÓN

Director: Sébastien Marnier. Con Laurent Lafitte, Emmanuelle Bercot, Luàna Bajrami, Victor Bonnel, Pascal Greggory, Véronique Ruggia, Gringe, Grégory Montel, Thomas Scimeca, Thomas Guy, Adèle Castillon, Matteo Perez, Leopold Buchsbaum, Thelma Doval y Capucine Valmary. El juego siniestro de seis alumnos de Secundaria arrastra al profesor sustituto de su tutor, que se suicidó, arrojándose por la ventana de la clase. Para quienes gusten de un thriller psicológico a la europea.





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BLAZE

Director: Ethan Hawke. Con Ben Dickey, Alia Shawkat, Charlie Sexton, Josh Hamilton, Kris Kristofferson, Richard Linklater, Sam Rockwell, Steve Zahn, Gurf Morlix, Ethan Hawke, Alynda Segarra, Sybil Rosen, Nancy Roppolo, David Hinson y Aaron Augustus. El actor Etahn Hawke escribe y dirige este peculiar biopic sobre Blaze Foley, una de las figuras más legendarias de la música country. Para locos por la música y una buena historia que contar.



JOSÉ LUIS SALAS

21 de mayo de 2019

  • 21.5.19
Promover el conocimiento y la apropiación de la Agenda 2030 por parte de la gobernanza del territorio y, en especial, entre la ciudadanía resulta fundamental para la implementación y localización de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Para poder alcanzar este propósito es necesario promover campañas de sensibilización y difusión masiva, entre otros recursos.



Y es que si queremos una estrategia ambiciosa, habrá resistencias que romper y la complicidad con la ciudadanía debe considerarse un importante elemento de cambio. En todos los medios de comunicación –prensa escrita, digital, radio, televisión...– se debe incorporar el avance de los ODS mediante informaciones,  buscando alianzas con los medios privados para la sensibilización y la comunicación de los resultados.

Existe un claro consenso acerca de que uno de los grandes desafíos de la aplicación de la Agenda 2030 es el conocimiento e implicación de la ciudadanía con los ODS. Tanto los gobiernos estatales, autonómicos y locales como los medios de comunicación tienen la responsabilidad de abordar este desafío.

Será necesario, por tanto, que la ciudadanía vea que sus grandes preocupaciones, como el desempleo, la pobreza, la corrupción, el cambio climático, la violencia de género o la sequía, entre otras cuestiones, tienen una solución prevista en la Agenda 2030.

Pero hace falta algo más que buena voluntad para lograr este propósito. Los territorios españoles precisan una estrategia de desarrollo sostenible para un nuevo modelo de sociedad y de país que aborde los problemas más urgentes y que tenga como foco las personas y el planeta, no dejando a nadie atrás.

Los ODS son la hoja de ruta para luchar contra la pobreza y la exclusión social; para mejorar la sanidad; para promover una dieta sana para las personas; para garantizar derechos a todas las personas con independencia de su condición, de la región en la que vivan, de su ideología del color de su piel.

Sin duda, la Agenda 2030 es una oportunidad inmejorable para cambiar el paradigma en España. Y el momento es ahora. Por eso se precisan acciones rápidas e inminentes en el comportamiento de la ciudadanía, por la magnitud del problema planetario –por ejemplo, el cambio climático– para revertir las consecuencias catastróficas para el medio ambiente y para la vida en el planeta.

Se trata de comprender que la responsabilidad de la aplicación de la Agenda 2030 es del conjunto de la ciudadanía, que deberá sentir el respaldo de las políticas públicas y de las subvenciones a programas que busquen el cumplimiento de las metas establecidas sobre la base de los indicadores definidos por España, tanto por parte del poder público como del sector privado.

No hay más tiempo que perder. Las relaciones sociales, económicas y ambientales precisan ser reconsideradas y verse desde un prisma distinto, en una visión holística, realista y pragmática, que permita los cambios necesarios para evitar las consecuencias de tener resultados ambientales alarmantes, con índices de desarrollo humano por debajo de las potencialidades del capital social de España y de Andalucía en particular que, de no remediarse, se convertirá en una tierra rica con personas pobres.

Es necesario permitir la diversificación y el fortalecimiento de la actividad económica en el territorio andaluz, asegurando la incorporación de personas al campo, especialmente mujeres y jóvenes, y dotar de los servicios necesarios como escuelas, centros de salud, Internet de banda ancha o programas de desarrollo económico local, sin olvidar el fomento de la agricultura familiar, los mercados de abastos, los mercadillos, los comercios de cercanía y la labor de los artesanos. De este modo se potenciará el fortalecimiento del mundo rural.

A partir de 2020, todas las partidas de los Presupuestos Generales del Estado en España deben estar alineadas con las metas y objetivos de la Agenda 2030. De hecho, se deberá llevar a cabo un seguimiento económico de su implementación y, a su vez, se garantizará que los recursos llegan a los más vulnerables y a los grupos con mayor necesidad en cada uno de los territorios de este país.

De este modo, los Presupuestos Generales del Estado deberán contar con partidas dirigidas, por ejemplo, a promover la igualdad de oportunidades de colectivos especialmente vulnerables, como las mujeres, la infancia, la población migrante, los autónomos rurales, los trabajadores pobres, así como a reducir la desigualdad entre los territorios. Por ello hay que cuantificar los umbrales mínimos de inversión dirigidos explícitamente a la consecución de los ODS y monitorizar los resultados de las acciones y la aplicación efectiva de cada una de las subvenciones.

SANTIAGO MARTÍN GALLO

20 de mayo de 2019

  • 20.5.19
La herida es la última novela del escritor argentino Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, 1960), un thriller político encerrado dentro de una gran novela policial. Pero este libro es también una novela de aventuras y de misterios, así como un friso de personajes y de hechos de la nueva política. En definitiva, un diagnóstico de qué es la trastienda de la política y cómo funciona la mafia política.



En esta historia, una monja desaparece dejando un misterioso mensaje y un colaborador del Papa Francisco encarga a dos agentes de Inteligencia buscarla por cielo y por tierra. Uno de ellos es Remil, el polémico personaje de su anterior novela, El puñal.

Fernández Díaz, como analista político que es, lanza algunas pullas contra Bergoglio, pero no contra su papado, solo de lo que hace secretamente en Argentina cuando juega a la política. Pero también lo alaba cuando habla de los curas villeros, que andan por las zonas más pobres del país luchando contra los narcos, la prostitución y la pobreza.

Lleva treinta años en el periodismo de trinchera, como él lo llama, pero sus novelas son una batidora donde mezcla realidad y ficción. Piensa que en el financiamiento de los partidos políticos está la clave del resurgir y el germen de esta mafia. Dice que en el Vaticano leen de manera minuciosa sus textos y dice también, irónicamente, que Francisco nunca soñó con ser el Papa, sino que soñó con ser Perón en la década de los sesenta.

A los 19 años era de la llamada Izquierda Nacional que votaba al peronismo. Hoy es el más crítico con el peronismo. No es alto, pero es elegante. Tiene una mirada de haber consumido la vida a cada minuto y una apariencia de dandi exitoso. Amable, de oratoria que destila conforme construye cada frase.

Se siente argentino en España y español en Argentina. Arrastra una prosa florida de recursos múltiples que lo han consolidado como un grandísimo escritor. Su obra mezcla realidad y ficción, periodismo y literatura. Es autor, entre otros libros, de Mamá, La logia de Cádiz, Las mujeres más solas del mundo, Te amaré locamente o El puñal. Ha recibido la Medalla de la Hispanidad del Gobierno español, es académico de la Academia de las Letras de Argentina y académico correspondiente de la RAE.

—Comienza su novela describiendo cómo una monja se desnuda y desnuda baja al sótano y arroja sus hábitos a la caldera y, con ellos, “su antigua vida”. Como buen periodista, cuida el arranque de sus libros.

—Sí, sí. Porque cuando un libro me engancha, me engancha en la primera página. Y además me gusta que me creen intriga, misterio, algo que va a tirar de la trama hasta el final. Y esa escena, como verás, es fundamental para toda la historia.

—La herida es un 'thriller' político dentro de una novela policial, donde se cruzan cuatro misteriosas historias de amor.

—Sí. Sin revelar, porque todas esas historias de amor son secretas curiosamente. Así que no puedo revelar sin destruir la trama. He trabajado mucho los personajes femeninos. Me interesa muchísimo la mujer. He sido un cronista político durante 30 años pero también he hecho de cronista sentimental, en el sentido de que he hecho historias de amor de gente común en mis libros. He entrevistado a mi propia madre, que es asturiana. Y todo eso me dio una experiencia emocional y grande.

La mujer como personaje literario me parece fascinante, porque la mujer está en un momento de revolución, donde está cambiando su relación con el mundo, con el mundo del trabajo, con el hombre. Y, bueno, por eso te digo que un hombre depredador es peligrosísimo; una mujer depredadora es letal, porque la mujer tiene la inteligencia emocional.

Yo he creado una serie de personajes. La monja es uno de ellos. Beatriz Bella, una operadora política, es otra. Y después, una actriz, la diva. Hay una serie de personajes secundarios, mujeres que las he trabajado muy minuciosamente. Conozco sus historias, aunque no están contadas en el libro, pero era necesario que alguna tuviera una historia y un modo de moverse, etcétera.

Y son, porque soy muy admirador, primero, de los grandes pintores, que siempre han dedicado mucho a las pequeñas figuras secundarias, tanto o más inteligencia, intenciones, talento y tiempo que a los personajes centrales de las grandes figuras. Y, además, porque soy admirador de las viejas películas de Hollywood de los cuarenta, de los cincuenta, de los sesenta.

Cuando vos ves esas películas, visceralmente las ves porque los personajes secundarios te deparan siempre alguna nueva sorpresa. No viste algo o lo ves de otra manera. Entonces, he trabajado mucho esas mujeres que viven historias de amor, en algún caso triangular, todas secretas, todas se han ido revelando a medida que avanza la investigación.

—Recupera a su agente Remil, a quien un colaborador del Papa Francisco le encarga investigar la desaparición de la monja con la que arranca la novela.

—Así es. Hay un vínculo ahora nuevo entre la Argentina y el Vaticano, que antes no existía, muy claramente. El Papa es argentino. En este caso, tengo algunas críticas de Bergoglio pero no a nivel de con su papado y lo que se ve a nivel mundial, sino lo que hace secretamente en la Argentina, que juega a la política. Yo soy un analista político, lo he criticado varias veces.

Lo que no puedo criticar, de ninguna manera, es lo que creó en las zonas más pobres de la Argentina, y es una red de curas, los llamados curas villeros. Estos curas son legionarios que van con la fe a luchar contra los narcos, contra la prostitución de la plata, la prostitución al pobre, y realmente son héroes a quienes he visto, entrevistado, los conozco personalmente.

La monja es un personaje surgido absolutamente de esa realidad. Yo te puedo asegurar que la monja no existió, porque es un personaje de ficción, pero es la radiografía de todo lo que aparece en La herida. O ya tengo un expediente, o me lo contaron, o lo vi personalmente. No lo hice de una manera en clave, sino con todo lo que conocía, con treinta años de periodismo en la trinchera, con todo eso que en periodismo no puede entrar, porque no puedes probar muchas cosas.

Yo realmente lo he metido todo en una batidora y he construido los hechos y los personajes. Yo empecé, bueno, una aventura de misterio y de repente se me heló el pecho. Y dije esta es la realidad. Esta es la realidad. Y efectivamente, es una novela de aventuras y de misterios que crea, sin embargo, un friso, una galería de personajes y de hechos de la nueva política, de lo que ocurre en la trastienda de la política, de cómo funciona la mafia política. Cada país tiene la mafia política que merece, pero todos los países la tienen. Todas tienen el mismo origen además. Que es el financiamiento de los partidos políticos.

—Paralelamente a esta historia, una operadora política es controlada por el gobernador de un feudo de la Patagonia para mejorar su imagen en las próximas elecciones.

—Sí. Ahí lo que quise mostrar es una mujer terriblemente inteligente, una gran operadora política. Lo que quise mostrar es cómo funcionan las nuevas técnicas de la teatralización de la política, de construcción de hegemonías. Cómo le crean un pasado heroico que no tuvo y crean una épica, dividen a la sociedad en dos.

Sobre esa épica hacen una campaña que hace cambiar su imagen, lo hacen trabajar sobre un guión, compran a una parte de la oposición, vigilan a los jueces, a los jueces que se portan bien los ascienden, a los que se portan mal los hunden. Y cultivan, sobre todo, los servicios de inteligencia para vetar dosieres, para vetar gente, para vigilar gente. Eso es algo que no creo que sea privativo de la Argentina, sino que es una tendencia.



—Dice usted que los periodistas solo cuentan el 20 por ciento de lo que saben. Con 'La herida' trata de ficcionar precisamente aquello que no puede contar como periodista.

—Es cierto. Es un límite que nosotros no debemos cruzar como periodistas. Nosotros tenemos un contrato de lectura con nuestros lectores que dice lo que no podemos comprobar no se puede publicar. Cuántas cosas sabemos los que hemos estado viviendo durante treinta años, que son cosas fundamentales de cómo funciona la trastienda, de verdad, del poder. Miles de cosas. Simple. Eso para mí fue un material interesante. Por eso que recurrí para contar ese material como literatura.

—Aquello que no cuenta como periodista puede tener dos razones para no hacerlo. Lo sabe, pero no tiene pruebas. Tiene pruebas, pero teme represalias.

—Claro. Sí. La más clásica es la represalia de tu propia empresa o algo por el estilo. Pero yo no he sentido nunca eso. He sentido, sí, el hecho de cómo voy a contar esto si no tengo más fuentes que un documento que lo respalda. Pero yo sí sé que es cierto. Yo sí sé que es verdad. Pero no puedo traicionar ese código férreo.

Me parece que hay dos cosas que no se deben traicionar en el periodismo. Una es esa. Y otra es no intoxicarse con los servicios de inteligencia, que es una gran tentación esta, porque te traen dosieres enteros que a veces son verídicos. Pero también estás sirviendo a alguien oscuro que quiere destruir a otro, digamos.

Así se ha hecho el periodismo de investigación de todos los tiempos. Pero yo he procurado contenerme a distancia de los servicios de inteligencia, a pesar de que ahora varios agentes de inteligencia son fanáticos de Remil.

—Esta subcultura del entramado mafioso, dice que, hace veinte años, era colateral pero hoy es central. ¿Argentina va hacia donde ya llegó México?

—Bueno, hay un gran peligro con la droga. Sí, sí. Hay un gran peligro. No sé si vamos a saber detenernos a tiempo, sobre todo porque hubo unos 12 o 14 años donde se miró para otro lado. Oficialmente no existía el narcotráfico. Y estaba entrando apoderándose de un montón de cosas. Así que me parece que va a ser difícil deshacernos de esto.

Todavía no somos un país productor de cocaína, sí productora de paco (pasta base), que es la droga de los pobres. Espero que no lleguemos nunca a México, pero aun así la mafia política está formada de otra cosa. Muchas veces los policías les cobran, a los narcotraficantes, comisiones por mirar para otro lado. Y muchas veces, parte de esa comisión sube al político para su política. Pero hay otras formas de corrupción. O sea, que las mafias, con o sin narcotráfico, las mafias políticas funcionan.

—Como ha dicho, usted ha sido crítico también con muchas políticas del Papa Francisco que le han acarreado algunos dolores de cabeza. Pero también elogia su lucha contra los narcos.

—Nunca tuve dolor de cabeza. Sería exagerado si dijera eso. No, no. Sé que ellos en el Vaticano leen minuciosamente los textos que yo escribo. Lo que pasa es que yo soy un analista político de los domingos. Y si ellos se meten en política, entonces intensamente caen en la mirada de los articulistas políticos.

Cuando yo les critico por algo que hacen, proceden hábilmente y dicen nosotros somos pastores. Son pastores, pero participan decididamente. Es totalmente desconocido para el mundo. Eso para el patio de atrás. Y yo siempre digo irónicamente que Francisco nunca soñó con ser Papa: soñó con ser Perón en la década de los sesenta. Y todavía le gusta mucho, mucho, la política de su país.

No tiene una enorme gravedad, pero sucede. En esta novela no se denuncia eso. Para nada. Te diría que esta novela reafirma la heroicidad de las personas y lo que les pasa a las personas que Bergoglio puso en la miseria, para confortar a la gente que vive allí.

—Sí condena la situación de su país. Para usted, 24 años de peronismo solo han permitido la proliferación de la pobreza. “Hasta han traicionado al primer Perón”, dice.

—Está claro que a los 19 años yo era de la llamada Izquierda Nacional que apoyaba al peronismo porque el peronismo era el proletariado y, bueno, por una serie de cosas, éramos trotskistas, una serie de trotskistas nacionalistas, cosa rara, y he votado al peronismo muchas veces. Primero, por convicción y estupidez. Luché todo el tiempo contra esa idiotez propia. Y después, por resignación. Hasta que el peronismo se convirtió en un solo partido, el partido hegemónico de la Argentina, que gobierna y que, cuando no gobierna, no deja gobernar.

¿Qué pasó en la provincia de Buenos Aires? La mitad de los que vienen a la provincia trabajan en negro, no tienen vacaciones, obras sociales, seguros médicos. O sea, no tienen nada. Eso es la negación del primer Perón que, justamente, vino a traer eso en 1945.

La provincia de Buenos Aires es la provincia más grande, es un país entero, el 70 por ciento de la población no tiene servicio de alcantarillado, no tiene lo básico. Si vos después de 25 años de gestión ininterrumpida en la provincia de Buenos Aires, lo que produjiste fue eso y, además, una pobreza que está oficialmente a nivel nacional en un 30 por ciento, que es enorme.

Pero nosotros sabemos que en la provincia de Buenos Aires esa pobreza es más grande, por lo menos del 40 o 45 por ciento. Bueno, ese es el partido que nos iba a sacar de la pobreza. Trabajó creando pobreza y que los pobres dependan de él. Creo que soy una de las personas más críticas del peronismo que hay en la Argentina. Eso sí me trae de vez en cuando dolores de cabeza (sonríe).

—Su libro 'Mamá' es el resultado de más de 50 horas sentado al lado de su madre, una asturiana emigrante, escuchando su historia de vida. Todo comenzó después de una consulta psiquiátrica. Mientras ella hablaba, el psiquiatra lloraba.

(Ríe). Sí. Eso me impactó muchísimo. Entonces fui corriendo y escribí “La mujer que hacía llorar a su psiquiatra”. Pensé: es una experta en calamidades, llora, mi madre tiene una historia que contarme. Por supuesto, yo conocía la historia. Yo me crié en el barrio de Palermo, donde nació Borges también, un lugar de clase media baja, donde eran todos estudiantes.

Mi abuelo disimulaba que no era español, porque no era fino español. Fino era ser un caballero argentino. Estoy hablando de cuando la Argentina era otra cosa. Y mi madre, claro, tuvo una historia muy dramática. La conocíamos, pero era la historia de nuestros padres.

Si vos y cualquier lector toma a su padre o a su madre, si tiene la suerte de que está vivo todavía, y si lo empieza a entrevistar como si fuera un periodista durante varios días, tomando notas, preguntándole a fondo, lógicamente no dejándole que salte, cuestionándole incluso algunas cosas que diga, bueno, lo que encontramos es impresionante.

Creo que en el árbol genealógico, si nosotros sabemos estudiarlo bien, estamos inscritos nosotros en ese árbol genealógico. Somos un pedazo de este primo, de este tío. Imaginariamente el árbol genealógico va formando nuestro propio rostro si uno tratara de dibujarlo.

Ese libro es un libro que no le iba a interesar absolutamente a nadie, que era la historia de una persona desconocida y fue un longseller impresionante. Vendió muchísimo en distintos países, incluso en España vendió 18.000 ejemplares, que es muchísimo. Lo publicó RBA hace 17 años. Ya está inencontrable. Ahora lo va a publicar Alfaguara. Actualizado, va a tener otras partes porque siguieron sucediendo cosas.

Eso te digo que me cambió mi vida, porque descubrí la importancia de la emocionalidad en el periodismo y la idea de que el periodismo y la literatura podían ir juntas, no escindidas, juntas, porque eso es una novela-reportaje, es una novela verídica, es todo eso junto.

—Igual que le ocurrió a Vargas Llosa, su padre, Marcial, no quería que usted perdiera la vida escribiendo. Hasta se retiraron la palabra. Aunque después todo se arregló.

—Sí. Fue un episodio que yo digo que es la herida fundamental. De eso hablo en este libro. Es un libro de espionaje pero Remil tiene que transferir un problema emocional que yo he tenido. Esa siempre es la clave. Yo le transfiero a estos canallas superprofesionales problemas personales que yo tengo.

En la primera, la desesperación amorosa –quién no ha tenido una desesperación amorosa– se la transmito a Remil. Y en la segunda, el conflicto con su jefe, que es el conflicto que yo he tenido con Marcial. Marcial, a sus 15 años, decidió que la literatura y la vagancia eran lo mismo. Y te digo que fue algo grave, grave. Y cuando te digo grave, es que no nos hablamos durante ocho o nueve años de verdad. No hablábamos. Él me dio por perdido y me profetizó la ruina. Por perdido. No quería saber más nada conmigo.

Realmente lo que pasó es que era un camarero de bar. Yo lo comprendo perfectamente porque traía otra cultura. A los 25 años, cuando yo era cronista de sucesos, escribí una novela negra por entregas y en un capítulo hay un periodista que lleva un dinero para un rescate, lo deja en un piso en el bolso y se da la vuelta, y pasa corriendo un chico de la calle y se lo roba. Termina el capítulo dramáticamente.

Ese día suena el teléfono en la redacción, yo atiendo y mi padre me dice: “Te quiero hacer una pregunta. ¿Va a recuperar el dinero?”. Y yo le digo: “¿Por qué lo preguntas, papá?”. “Porque aquí todos los parroquianos me están diciendo que quieren saber qué va a pasar mañana. ¿Va a recuperarlo?”. A mí se me saltaron las lágrimas. Disimulé que no lloraba y le dije: “Sí. Lo va a recuperar”. “¿Estás seguro?”. “Sí, sí”. Cortó. Yo me fui al baño a llorar. Y la literatura, que nos había distanciado, nos unió.

Y yo tomo este conflicto y lo traslado a Cálgaris y a Remil. Remil, durante toda la novela, va a intentar demostrarle a su padre simbólico que está equivocado y a sí mismo. Todos nosotros tenemos una herida que nos infligieron en la infancia, en la adolescencia. A veces, consistente o inconsistente, no tiene que ser algo muy grave. Pero siempre es algo serio. Todos nosotros luchamos fantasmalmente con esa herida.

—En el ritmo de sus textos ha tenido mucha influencia Tomás Eloy Martínez, uno de los mejores narradores de América Latina. Dicen que inventó la escritura de leyendas basadas en la realidad.

—Así es. Así como he tenido en Arturo Pérez-Reverte una relación muy grande, la he tenido con Tomás Eloy Martínez. Experiencia doble, cosa de periodistas y escritores de ficción también. Él usaba también los materiales de otro modo, pero usaba los materiales que le había dado el periodismo para ficciones. Santa Evita, la novela de Perón, crea un Perón y crea una Evita que son hoy para mí más verdaderos que el propio Perón y que la propia Evita. Es impresionante lo que hace.

Yo lo traje de Estados Unidos a Buenos Aires para que volviera a hacer unos suplementos, que hemos hecho con mi mujer y con él, el suplemento ADN Cultural de La Nación. Y he tenido una relación en los últimos tiempos áspera porque él hace mucho que no volvía a las redacciones y, bueno, quería hacer las cosas a su manera y su manera era anticuada.

Yo ya me fui hace cuatro años de la redacción y ahora vuelvo y estoy seguro que estoy oxidado, seguro. Pero al final de su vida, tuvo un final horrible pero muy poético también. Es decir, tuvo un tumor en el cerebro que se le fue cerrando como compuertas, como si se estuviese quedando paralítico pero con una lucidez absoluta. No podía mover nada. Y él mandó llamar un día para despedirse de mí.

Como siempre nos contábamos los libros que íbamos a escribir y mirándonos a los ojos él sabía que me estaba contando un libro que no lo iba a escribir. El libro que no iba a escribir era que el periodismo y la literatura eran lo mismo si uno los trataba como arte verdaderamente. Un ensayo que nunca sabremos cómo sería lo que él hubiera querido escribir. Y me acuerdo que él se tiraba de la cama y se arrastraba por el piso cada día para escribir una línea más. Eso siempre me pareció una metáfora de la vocación esencial, volcánica, de un escritor verdadero.



—En Argentina nada más salir vendió 80.000 copias de 'La herida', en un país donde un 'bestseller' se cuenta a partir de los 2.000 ejemplares.

—Bueno, nos ha sorprendido a todos. Yo salí el mismo día que Braun, que es como estrenar tu película al lado de La guerra de las galaxias más o menos. La gente volvía a comprar El puñal. Entonces, los dos libros subieron en el ranking de ventas. Es la primera vez en la Historia que hay, pongámoslo así, un detective, un personaje de la novela negra, que es un fenómeno editorial en la Argentina. Es la primera vez.

—Sus novelas están basadas en expedientes que ha leído porque necesita el sabor de la realidad. ¿A partir de qué momento empieza a ficcionar?

—Todo lo que vos leés ahí es ficción. Ahora, muchas veces solo con la ficción se puede contar la realidad. Esta es la gran paradoja. Solo haciendo ficción se puede contar la verdad. Eso es lo que buscan estas novelas. Nunca transcribo cosas directas de la realidad. No me interesan historias verídicas, porque si no las haría del periodismo. Y si no las pudiera probar, no las haría. Pero siempre que veo algo que no se puede contar en la realidad, busco un equivalente ficcional a eso.

Un día me llamaron y me dijeron hay un club de fútbol que lo compró un cartel de la droga y a los jugadores de fútbol los llevaron de fiesta a todos juntos a Las Vegas con putas a jugar y qué sé yo. Pero no lo puedo probar. Y no se pudo probar nunca. Hasta ahora. Pues yo lo introduzco en La herida.

—Remil, como usted, es huérfano. Sus lectoras se enamoran de él y los lectores se tomarían una copa con él. ¿Hay mucho de él en usted?

(Ríe). No, no. No. No es que las mujeres se enamoran de mí. En ese sentido, no. Qué tengo yo que ver con Remil, nada. Remil es un agente capaz de matar, de torturar, de cualquier cosa. Sin embargo, no es cierto. Nadie escribe finalmente sobre lo que no es. Por supuesto, yo no soy ese canalla, pero llevo ese canalla dentro. Ese canalla que llevamos y que, por suerte, no dejamos salir. Ese que mataría, ese que tiene como arrebatos que, por supuesto, los reprimimos gracias a dios.

Déjame decirte que la novela me parece que yo la planteé como una cacería. Él es un cazador que atraviesa una jungla de asfalto, la que describe, y va buscando una presa. Creo en verdad que toda la novelística policial es eso, es una novelística de la cacería, donde el detective es el cazador. Hay presas, hay huellas, hay depredadores. Y si es una buena novela, en general, describe la sociedad.

—Todos tenemos una herida, consciente o inconscientemente. Usted también tiene la suya, como dice. ¿Ya cicatrizó o se ha abierto alguna nueva?

—No, no. Creo que hay heridas a lo largo de la vida. Pero esa fundamental hay que trabajar mucho, mucho, para eliminarla. Yo no creo haberla eliminado. De hecho, yo soy un trabajador adicto. Mi padre murió hace más de diez años, pero yo le sigo respondiendo fantasmalmente. Acojonante, verdaderamente.

—¿'El puñal' pronto llegará a las pantallas?

—Me lo compraron. Se lo dieron a un montón de guionistas. No les gustó a ninguno. Es muy difícil hacer una adaptación de una novela. Y ahora estoy haciendo yo el guión. No sé si sirvo para hacer un guión. Vamos a ver. He hecho algunas colaboraciones. Es otro tipo de lenguaje.

—Eres argentino de padres españoles.

—Yo me siento muy español en la Argentina y muy argentino en España. Todavía mi cultura española es muy grande. De hecho, me condecoró el Rey y el Gobierno de España por los vínculos, por la cultura española, porque todos los escritores importantes de España han sido presentados por mí allí. Tengo una relación directa, además de las relaciones humanas con mis amigos y con mi familia que todavía sigue aquí, allí en Asturias. Leo todos los días periódicos españoles, conozco a los personajes más estrambóticos de España, así como conozco a los argentinos. Estoy muy ligado a España, sí.

—¿Qué escribirá ahora?

—Primero, voy a tratar de terminar el guión y después sí me voy a poner con la tercera novela de Remil, que necesita mucha planificación. Como todas estas, no son improvisadas. Tienen estructuras especiales que no son las lineales absolutas, pero a la vez tienen que ser populares, tienen que tener una serie de enigmas descubiertos siguiendo una premisa de Borges, que decía que, cuando le das una sorpresa a un lector, cuando revelas el enigma, que no sea estrambótico, que no sea raro, que él no lo vea venir, pero que, cuando llegue, diga es lógico, no podía ser de otra manera.

Y aquí en La herida hay cuatro o cinco de esas sorpresas. Una detrás de otra en las últimas cien páginas. Para estudiar eso, me lleva un tiempo largo. No te diría que de documentación. Como diría García Márquez, la carpintería. Tiene que funcionar, tiene que ser fluida, verosímil y a la vez emocionante. Muchas cosas al mismo tiempo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

19 de mayo de 2019

  • 19.5.19
Una vez más (¿cuántas?), los “sentimientos religiosos” (eufemismo para referirse a creencias) han de acudir a un Código Penal obsoleto para que nadie ose, en uso de su libertad de expresión, ni siquiera de forma artística, opinar, valorar, cuestionar o recrear (pintura, teatro, música, etcétera) lo que no dejan de ser simples creencias o supersticiones que se consideran intocables, como si fueran verdades absolutas irrefutables e indiscutibles, cual la Ley de la Gravedad.



Otra vez, una fe (insisto: una creencia, legítima pero particular), sumamente suspicaz y aparentemente débil o vulnerable, ha de ser protegida por un Código Penal que distingue como delito cualquier manifestación que pueda interpretarse como “ofensiva”, es decir, que rebaje el absolutismo de una verdad religiosa que ni es absoluta ni es verdad, sino simple elucubración mental con ambición de trascendencia, semejante a la de quienes consideran “sagradas” a las vacas y, por ende, intocables y divinas. El sentimiento religioso de los que veneran a las vacas también podría sentirse “ofendido” si cuestionas que son simples animales que a la parrilla están sabrosísimos. ¡Blasfemia!

Los quisquillosos de una fe tan frágil han vuelto a acudir a la Justicia para que retire (censure) una exposición en Córdoba (la ciudad sede de una Mezquita que el Obispado provincial se empeña en rebautizar como Catedral) que muestra obras pictóricas de 14 artistas con las que reivindican, bajo el título Maculadas sin remedio, una feminidad más profunda que “critica” el mito religioso de la Inmaculada Concepción y otros estereotipos patriarcales que ocultan la sexualidad de la mujer.

Tras el dedo acusador de la denuncia, presentada –¡cómo no!– por el Partido Popular, Ciudadanos y Vox (partidos “constitucionalistas” que velan por la religiosidad de un país que la Constitución declara “aconfesional” –parece que a esta parte de la Constitución le prestan menos atención–), surge el fanatismo inquisidor, transformado enseguida en el luterano malleus Dei (martillo de Dios), que la emprende a navajazos contra los “herejes”: en este caso, la obra Con flores a María, que apareció al día siguiente rajada de arriba abajo, como haría todo buen talibán que se precie.

Y todo porque la fe es intocable y, a pesar de que el sentido común, la biología y la ciencia demuestren lo contrario, cree que una mujer inmaculada y virgen fue madre de Dios y, por creerlo así, no tolera que sea representada con la mácula irremediable de su feminidad, sus pulsiones sexuales y sus síntomas menstruales, como todas las mujeres “maculadas sin remedio” por imperativos fisiológicos de su organismo.

Los vigilantes de la fe –exclusivamente católica, por supuesto– elevan el grito al cielo por el presunto “escarnio” que supone la exhibición de un cuadro que presenta a una mujer con apariencia de la Virgen María levantándose el manto y tocándose su zona genital, lo que de inmediato es considerado un insulto a los sentimientos religiosos y los dogmas de la fe católica de la mayoría de los cordobeses.

Pero, en vez de no ir a la exposición, como haría cualquier tolerante con lo que no le gusta o disgusta, estos émulos del Santo Oficio prefieren prohibir la exposición para que nadie pueda contemplar unos lienzos, provocadores pero artísticos, que cuestionan dogmas establecidos, aunque sean religiosos.

Pierden, así, la oportunidad de respetar, ellos también, esa libertad de expresión y opinión que la Constitución reconoce a todo ciudadano, cordobés o de cualquier lugar de España, sea creyente o no. Exigen respeto quienes no respetan las opiniones de los otros, demostrando una intolerancia impropia en una democracia. Y apelan a unos intangibles y subjetivos “sentimientos religiosos” como motivo suficiente para silenciar y hasta penalizar cualquier crítica o cuestionamiento de la doctrina o ritos religiosos.

Algo inconcebible –sentirse ofendido– con otras ideas o convicciones, tanto políticas y económicas como culturales, sociales y hasta éticas o morales (menos las religiosas), en las que la crítica y la confrontación de opiniones enriquecen el debate y aclaran “sombras” que predisponen a la manipulación. Por ello, resulta obsoleto un Código Penal que contemple la ofensa al sentimiento religioso como ilícito punible.

Tampoco se entiende una fe que precisa ser defendida por los tribunales de justicia cuando se siente cuestionada por los incrédulos que no la profesan. Una fe que exige la aceptación indiscutida de su credibilidad, so pena de condenas administrativas –penales– o espirituales –el infierno– en vez de reclamar respeto, que no la sumisión, como cualquier opinión personal que, por legítima que sea, es susceptible de ser discutida, rebatida y, por supuesto, rechazada por quien no le convence ni quiere verse obligado a asumirla.

Los creyentes pueden organizar sus vidas en función de su fe, pero no imponer sus ideas a la totalidad de la población ni blindar sus creencias con una protección penal para acallar o impedir toda crítica o disenso. La fe no es ninguna ley, sino una creencia que se limita al ámbito particular del ciudadano. Como ser vegano y, no por ello, sentirse “ofendido” –y reclamar castigo penal– por quienes cuestionan y representan lo opción vegetariana críticamente en obras literarias y artísticas e, incluso, en manifestaciones públicas.

Si se puede discutir del rey, de la política económica, del aborto o de la configuración territorial de España, por ejemplo, ¿por qué no se puede disentir del mito de la inmaculada concepción o de la religión –cualquier religión– como constructos surgidos de nuestra imaginación que nos aportan consuelo y esperanza ante el misterio de la muerte y la trascendencia?

¿Por qué no reírnos de nuestros miedos? Pues eso es lo que hacen las artistas de Maculadas sin remedio: desvelar nuestras tendencias mitológicas, enfrentándolas con la realidad de nuestra naturaleza biológica. Si ello hiere su fe, ¿qué fe es esa que se ofende tan fácilmente?

DANIEL GUERRERO
  • 19.5.19
Montilla-Moriles es mucho más que sus finos, sus Pedro Ximénez o sus olorosos, vinos de reconocido prestigio que hacen las delicias de los paladares más exigentes. Conscientes de las nuevas tendencias entre los consumidores, Bodegas Navarro, una de las firmas vinícolas de referencia en Andalucía, ha querido dar un paso más con propuestas originales e innovadoras, dando lugar a La Solé, un vermú elaborado con uvas pasas de la variedad Pedro Ximénez.




Este nuevo producto se enmarca en el proyecto Las tres mujeres, que engloba las tres nuevas marcas de Bodegas Navarro: Pilycrim, conocido por ‘Pily’, el verdejo joven Flor de los Patios, ‘Flor’; y el vermú La Solé, que busca atraer a nuevos consumidores por medio de sabores, aromas y matices presentados en envases con un formato y una imagen más atractiva.

"Nuestro objetivo es llegar a la gente joven con una buena imagen y con un producto de calidad que, poco a poco, les ayude a iniciarse en el consumo del vino", detalló Miguel Jesús Herrador, director-gerente de Bodegas Navarro, quien confió en que las ‘tres mujeres’ de la firma ayuden a acercar a los nuevos consumidores hasta los diferentes vinos gourmet con los que cuenta la bodega, así como al propio marco Montilla-Moriles.

La Solé fue presentada recientemente en el Hotel Miguel Ángel de Madrid, durante el transcurso de un selecto evento que reunió a expertos enólogos, sumilleres y críticos gastronómicos. El nuevo vermú se caracteriza por su proceso de elaboración, cien por cien natural, con uvas pasas de la variedad Pedro Ximénez, que han sido sometidas al tradicional proceso de la soleá –origen de su nombre–, aportando así un sabor agradable al paladar.

Un vino sencillo que se representa con la imagen de una joven cordobesa, casual y desenfadada, que invita al consumidor a disfrutar de una tradición tan arraigada en la provincia como es la hora del vermú y que vuelve a estar en auge. "Es una imagen fresca que invita a los jóvenes a descubrir el universo sensorial de nuestros vinos", destacó el gerente de Bodegas Navarro, quien se mostró convencido de que la "evolución natural" de quienes se acercan al universo enológico de la mano de un producto como el vermú les lleva luego a valorar y disfrutar del fino, del amontillado, del Pedro Ximénez, del oloroso y del palo cortado.




La presentación en sociedad de La Solé representa un nuevo hito en el proceso de transformación y renovación que Bodegas Navarro inició hace seis años con el objetivo de llegar a nuevos consumidores de la mano de sus productos gourmet y a nuevas apuestas, especialmente dirigidas a potenciar el consumo moderado de vino entre el público más joven.

Una bodega centenaria

Bodegas Navarro es la segunda firma más antigua del marco Montilla-Moriles. Fundada en 1830 y con una trayectoria avalada por innumerables galardones, a mediados de la pasada década de los noventa fue adquirida por la familia Herrador Veredas que, en su tercera generación, ha apostado por rejuvenecer su excepcional carta de vinos y, de paso, la propia empresa que, en la actualidad, emplea a una docena de personas con una media de edad que roza los 30 años.

Hoy por hoy, la firma está presente en una veintena de países gracias a una amplia selección de vinos como el Fino Andalucía 1957, el Palecream o el Vino de Misa, productos gourmet como su vino Solera Fundación 1830 o sus vinagres o la nueva línea de vermús, en la que sobresale el prestigioso Premium Rosso Vermouth.

I. TÉLLEZ / REDACCIÓN

18 de mayo de 2019

  • 18.5.19
La concesión del Premio Pritzker de Arquitectura del año 2016 fue una auténtica sorpresa puesto que, por un lado, recaía sobre un arquitecto muy joven que contaba solamente con 48 años y, por otro, el país al que pertenecía, Chile, no se encontraba dentro del conjunto de lo que podríamos denominar como potencias arquitectónicas.



Lo cierto es que Alejandro Aravena era el cuarto latinoamericano en recibir este galardón, considerado como el Nobel de la Arquitectura, después que lo recibieran el mexicano Luis Barragán (en 1980) y los brasileños Oscar Niemeyer y Paulo Mendes da Rocha (en 1988 y 2006, respectivamente).

Después de 40 años, dado que este premio fue creado en 1979 por el estadounidense Jay A. Pritzker en Chicago, el que solamente cuatro veces fuera para arquitectos de América Latina nos da una visión de la distancia tan grande que hay en este tema con otras partes del mundo. Por otro lado, quisiera apuntar que, al igual que los premios Nobel en sus distintas modalidades, el Premio Pritzker solo se les concede a los arquitectos vivos, por lo que en la relación de los nominados faltan grandes nombres de la arquitectura contemporánea que han fallecido.



Como habitualmente suelo hacer, antes de conocer la obra, conviene realizar una breve semblanza del autor que comentamos. Quizás, Alejandro Gastón Aravena, al nacer en Santiago de Chile en 1967, tuviera la suerte inicial de contar con unos padres que eran profesores en el Colegio Alemán de esta ciudad, puesto que sus estudios iniciales los realizó en este centro, lo que es de suponer la atención que le prestaba el resto del profesorado.

Tras finalizar los estudios de bachillerato, al pasar a la Universidad se decanta por continuar con los de arquitectura, de modo que se matricula en la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Universidad Católica de Chile.

Una vez que se gradúa como arquitecto en 1992, realiza un posgrado en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. Dos años después, comienza a ejercer profesionalmente en su país de manera independiente. En 2001, junto con otro arquitecto, Andrés Iacobelli, crea el estudio Elemental, ubicado en la capital del país andino: Santiago de Chile. En la actualidad, aparte el propio Aravena, forman parte del estudio otros cuatro arquitectos: Gonzalo Arteaga, Juan Ignacio Cerda, Diego Torres y Víctor Oddó.

Otro dato a tener en cuenta es que Alejandro Aravena forma parte de los arquitectos que alternan sus trabajos como proyectistas con la función docente, por lo que, a partir de 1994, ejerce como profesor en la Escuela de Arquitectura de la Universidad en la que llevó a cabo sus estudios universitarios. Por otro lado, y para dar a conocer su relevancia internacional, apuntaría que de modo habitual es invitado como profesor en la Universidad de Harvard.



El reconocimiento de Alejandro Aravena, y que le granjeó el Premio Pritzker, proviene de sus trabajos relacionados con las viviendas sociales en distintas localidades de su país, puesto que ha proyectado más de 2.500 en distintos lugares de Chile.

Las que se muestran en la imagen anterior pertenecen a la denominada Quinta Monroy, viviendas muy modestas inacabadas, puesto que a los futuros propietarios se les ofrece lo más básico de la construcción para que puedan iniciar sus vidas, de forma que, a medida que ellos dispongan de más recursos económicos puedan completar aquellas casitas en las que comenzaron a habitual. De este modo, la obra inicial se modifica según las necesidades de las familias, ya que ellas mismas pueden acabar las viviendas.





El criterio descrito para la Quinta Monroy es el mismo que se sigue en las Casas de Villa Verde de la localidad chilena de Constitución. Como puede apreciarse, con módulos constructivos similares, para abaratar costes, se les entrega a los modestos propietarios una vivienda en la que la mitad aparece vacía para que la vayan completando, según sus posibilidades familiares y económicas.

Así pues, lo que inicialmente es un conjunto de viviendas que se muestra repetitivo, acaba modificándose por las intervenciones de los propietarios, tal como vemos en la segunda imagen de las Casas de Villa Verde.





Pero no son solo las viviendas sociales las que ha dado fama a Alejandro Aravena. También los edificios de las nuevas facultades de Matemática, de Medicina y de Arquitectura para la Universidad Católica de Santiago de Chile, en la que estudió, han tenido una importante proyección internacional.

Así, en Estados Unidos, uno de los proyectos más relevantes del arquitecto chileno es la creación de las nuevas instalaciones de St. Edward’s University de Austin, en Texas, construidas entre los años 2007 y 2008.

Para comprender el significado de esta obra, acudo a las palabras del propio Aracena: “Pensamos que una residencia de estudiantes es como un monasterio: la idea es organizar una serie de pequeñas celdas que se repiten (…) y relacionarlas con el refectorio y la capilla. Aquí teníamos las habitaciones, el comedor y los espacios comunes. Ambas instituciones aluden a viejas y atávicas situaciones: dormir, estudiar y comer. O por decirlo de un modo más sugerente: alimentar el cuerpo y el alma y realizar la digestión”.

De todos modos, la sobriedad que presenta la piedra del exterior del edificio cambia cuando se pasa a los espacios interiores, en los que el acristalamiento de los espacios en tonos azules y rojos provoca una intensa vivacidad cromática, que contrasta con la mesura externa.







Quisiera cerrar este breve recorrido por la semblanza de Alejandro Aravena con la presentación de una obra de enorme singularidad, puesto que si hay una casa que haya proyectado y que llama poderosamente la atención es aquella que se realizó para sí mismo y que se encuentra ubicada en un tramo de la costa norte de Santiago.

Así, en un entorno denominado Ochoalcubo se reúne un conjunto de viviendas proyectadas por el propio Aravena y por los arquitectos japoneses tan conocidos como son Sou Fujimoto y Toyo Ito.

La casa de Aravena, que parece una enorme escultura formada por tres grandes bloques de hormigón armado, bien podría haberla firmado Eduardo Chillida. Los tres grandes volúmenes se apilan y se apoyan entre sí, con evocaciones a los estadios primitivos del ser humano, cobijado en cavernas formadas por grandes rocas, aunque ese primitivismo se rompe cuando se percibe el gran mirador acristalado que se abre hacia el mar o las puertas y ventanas que perforan el bloque vertical.

AURELIANO SÁINZ

17 de mayo de 2019

  • 17.5.19
Ayer tuve todo el día el corazón encogido. Todos los días, a las siete y media de la mañana,  hay un mendigo de pelo blanco y barba larga de nieve sentado con su perro, un bonito pastor alemán, y un trocito de cartón en el que reclama alguna ayuda a los viandantes. Pero ayer estaba solo y esta vez el mensaje del cartón era distinto: "Me han robado a mi perro".



Un hombre que leyó su desesperación, se paró e intentó animarlo. "Seguro que aparece", le decía ante la incredulidad del otro. Un hombre mayor que deambula por las calles, con un amigo que lo quiere y acompaña. Y ahora su único amigo había desaparecido. Y entendí el amor de mucha gente a los animales, a su lealtad y cercanía.

Recuerdo la confesión de Eduardo Galeano sobre el dolor que la muerte de su compañero perruno le había provocado, él que siempre lo obligaba a volver a la realidad tras horas absorbido por las páginas de nuevos escritos...

Y, en este caso, el dolor era más grave: el hombre de la calle no posee nada, no tiene ninguna seguridad en su vida. Solo le acompañan los ojos oscuros y las orejas puntiagudas de su perro.

Pero esta mañana se ha obrado el milagro. Nada más salir a la calle, allí estaban los dos amigos de nuevo. Los pelos del animal daban cobijo a la fría mañana del anciano. Me he ido contenta... pero con la sensación de que algo estamos haciendo mal para que haya gente viviendo en la calle y para que las personas prefieran los animales a los humanos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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