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12 de diciembre de 2019

  • 12.12.19
Como historiador del Periodismo comparto la idea de que este oficio siempre ha estado en crisis. Siempre. Los cambios y amenazas han sido el día a día de la prensa desde los tiempos de la carta informativa manuscrita hasta la era del tuit. Incluso en los tiempos dorados en los que se vendían dos ediciones diarias, o más, han existido amenazas y cambios a los que enfrentarse. Si bien, en toda la Historia del Periodismo hay una constante que, cada vez que es amenazada, hace saltar por los aires el sistema informativo del momento: el contrato de veridicción.



Imaginemos que un periodista informa en una noticia de un suceso. Una parte del contrato, el periodista y, por extensión, el medio que lo avala, garantizan que lo narrado se basa en la verdad o, al menos, tiene intención de hacerlo. Por el otro lado, el lector acepta el pacto y cree, con mayor o menor ojo crítico, que lo que le están contando es cierto o pretende serlo. Si el periodista o el medio mantienen su credibilidad, el lector aceptará lo narrado, aunque sea falso. Este es el contrato de veridicción.

Pido disculpas por una explicación tan chapucera para un concepto tan complejo, pero entenderlo es fundamental para comprender parte de la crisis que vive en la actualidad el Periodismo, así como la que ha vivido en otros momentos.

La crisis de credibilidad del Periodismo en todos los momentos históricos ha dado lugar a la ruptura de ese contrato no escrito entre los profesionales y la ciudadanía. Ya a finales del siglo XVIII, cansados de las mentiras vertidas por las gacetas oficiales, los lectores decidieron no seguir renovando el contrato de veridicción.

Al no ser creíble la información, el lector apoyó un tipo de publicaciones que, aunque no siempre desterraba la información, sí daba preeminencia a una opinión que consideraban más o menos honesta. Empezaron los tiempos del Periodismo Opinativo. Fue un momento dorado que coincidió con las revoluciones liberales y en el que cristalizaron los principales géneros de opinión, desde el editorial a la columna, pasando por el artículo y la crítica literaria.

En los tiempos de las fake news y la poscensura, el contrato de veridicción vuelve a estar en entredicho de manera sistémica. Ya no es cuestión de un periodista o un medio. Todo el sistema informativo está en entredicho.

Ahora bien, no creo que el único culpable de la crisis del contrato sea el periodista o el medio, aunque sí sea el principal responsable. El ciudadano consume lo que demanda.

En el momento en que se vende opinión como si fuera información, no hay un contraste suficiente de fuentes y se prioriza la inmediatez frente a la seguridad, es innegable que el medio no está cumpliendo con su parte.

Sin embargo, el periodismo se sustenta en el principio capitalista de la oferta y la demanda. No solo narra la realidad, sino que narra lo que es de interés y, dentro de las posibilidades tecnológicas, lo hace de la manera que le da más beneficios. De hecho, hasta las formas de narrar la realidad ya están cambiando como evolución natural de la tecnología y los intereses de los lectores.

Es un caso similar a la televisión. Un colectivo inmenso se queja de programas como Gran Hermano, que ha sido acusado, incluso, de ocultar una violación por negocio. Sin embargo, lo cierto es que sigue existiendo porque tiene un amplio público que lo sigue.

La ciudadanía no consume buena información. No porque no la haya, que la hay, sino porque no la requiere o no sabe identificarla. En la era del tuit y la infoxicación, la información es consumida de manera compulsiva, sin contrastar y, muchas veces, sin más lectura que el titular.

Un contrato requiere de dos partes. El ciudadano medio se siente defraudado por la falta de ética de numerosos medios pero este, a su vez, rara vez sabe o se preocupa de leer críticamente lo que se le cuenta. Es más, el lector ni siquiera sabe jerarquizar o valorar la información. ¿Cómo es posible mantener el contrato de veridicción en estas condiciones?

Si a estas circunstancias le sumamos la crisis económica, la precaria situación de numerosos profesionales y el creciente deseo del público de escuchar solo lo que quiere oír, nos encontramos con una información cada vez más sesgada y de peor calidad.

El sistema informativo global tiene dos retos por delante para salvar la presente crisis. La primera implica a los propios medios. La lucha contra los fake news y la voluntad de aportar productos informativos de calidad es importante. Sin embargo, saber inculcar el espíritu crítico en los consumidores de información —que no es sinónimo de criticar todo lo que se mueva—, y dotarlos de herramientas para jerarquizar y valorar tanto la información como la opinión es un desafío que no se está sabiendo abordar. Y no es por la ausencia de iniciativas.

El contrato de veridicción entre medios y ciudadanos se está rompiendo y nadie puede saber cuál será la evolución exacta del Periodismo para salvarlo. Sin embargo, lo que tengo claro es que no es tarea exclusiva de los medios, que también, sino que debe involucrar a una ciudadanía que consume con el mismo tenedor un análisis de política internacional que una noticia falsa y sin fuentes.

RAFAEL SOTO

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