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28 de noviembre de 2021

  • 28.11.21
Una de las características de la sociedad de consumo en la que nos encontramos inmersos es que a través de los mensajes publicitarios nos quieren hacer ver que todos, sin distinción de clases, vivimos en un mundo hipermoderno, en el que nuestros sueños más inverosímiles son posibles: basta con acceder, previo pago, a las nuevas tecnologías que todo nos lo resuelven, por lo que ya tenemos la ansiada felicidad, o algo similar, al alcance de la mano.


Así, día tras día, por ejemplo, nos anuncian los nuevos y maravillosos móviles que salen al mercado, por lo que si queremos ser rabiosamente actuales y disfrutar de las increíbles maravillas que nos proporcionan los últimos modelos, no podemos contentarnos con verlos en los escaparates de las tiendas que los exhiben.

Adiós, pues, al viejo móvil, que ha envejecido con insólita rapidez y con el que nos hacíamos los anticuados selfis, ya que ahora podemos aparecer en inimaginables planos y con singulares diseños que colgaremos para que amigos y conocidos nos vean lo interesantes que somos.

Estamos ya tan convencidos de que habitamos un mundo tan moderno que todo lo que existía antes de la llegada de esas fotos digitales para nada valía la pena. Lo recordamos como si fueran tiempos decrépitos en los que la gente ni siquiera podía retratarse a sí misma. En cualquier caso, eran instantáneas que te hacía un fotógrafo en su estudio, por lo que estabas expuesto a su mirada, a sus indicaciones y a sus gustos a la hora de registrar tu imagen –que, además, no podías seleccionar entre una amplia variedad, como ahora se hace–.

Pero, aunque nos cueste imaginarlo, no somos tan originales, ni tan interesantes, como ahora nos creemos. Si tenemos en cuenta que el Diccionario de la RAE define el término selfi como ‘autorretrato’, conviene saber que los autorretratos ya existían desde hace bastantes siglos atrás. Bien es cierto que solo estaban al alcance de una minoría especializada en las artes plásticas, como eran los pintores.

Recordemos que hubo un momento de la historia de la pintura en el que algunos artistas comenzaron a representarse dentro de escenas colectivas, de modo que no tenían ningún problema en dejar plasmados sus rostros o sus cuerpos de modo completo en lienzos en los que podían ser claramente identificados. A ellos les correspondía la creatividad y la originalidad de mostrarse en los lienzos que ciertos mecenas les encargaban.

Y si hablamos de originalidad, no creo que nadie le haya ganado a Diego Velázquez cuando se mostró en el cuadro que le encargó el rey Felipe IV como retrato de la Familia Real. ¿No es sorprendente que para ello acudiera a pintarse a sí mismo levantando la mirada, tras el enorme lienzo que tiene delante, para plasmar al rey y a la reina que se ven reflejados en un espejo que hay en la pared de atrás? ¿No es un maravilloso selfi registrar nada menos que a diez personajes, cada uno en sus cosas, sin que ninguno de ellos estuviera mirando a la cámara y sin las habituales sonrisas forzadas para parecer que todos estaban muy unidos y felices?

De momento, no conocemos algo que se le parezca a la genialidad del pintor sevillano, del que hemos visto en la portada un fragmento del cuadro, realizado entre 1656 y 1657, y que popularmente conocemos como Las Meninas.


Antes de que Velázquez imaginara esa singular representación, existió otro genial artista, en lo que hoy conocemos como Alemania, que acudió a pintarse a sí mismo en distintos momentos de su vida, fuera a través del dibujo o de la pintura, por lo que lo podemos considerar el pionero dentro de los autorretratos.

Se trata de Alberto Durero (1471-1528), que ya a la edad de 13 años se dibujó con la técnica denominada “pluma de plata” sobre papel impregnado. Sin embargo, son conocidos los tres autorretratos que acabamos de ver y que reflejan distintos momentos de su vida. Se muestra de medio perfil en los dos primeros y frontalmente en el que realizó en 1500, cuando contaba con 29 años.


A partir del Renacimiento, era frecuente que los artistas en alguna ocasión se inclinaran por el autorretrato, observando la imagen de sus rostros reflejados en los espejos en los que podían contemplarse con cierto detenimiento, tal como lo hacemos en la actualidad.

Pero si hubo alguien obsesionado en dejar constancia del paso de los años en su semblante, ese, sin lugar a duda, fue Vincent van Gogh. Del genio holandés se conservan más de cuarenta autorretratos que nos legó sin que fuera consciente de que la fama le llegaría una vez que se quitara la vida, tras una existencia tortuosa, a la edad de 37 años.


Sería complicado hacer una selección de los pintores que a partir del siglo XIX han acudido en alguna ocasión al autorretrato, por lo que cierro este breve repaso por esos selfis pictóricos con tres grandes nombres: Munch, Picasso y Frida Kahlo.

¿Quién no ha visto alguna vez las numerosas reproducciones que se han hecho por distintos medios de El grito del noruego Edvard Munch? El problema es que fuera de esa obra apenas se le ha prestado la atención que se merece al resto de su producción. En este caso, muestro la que lleva por título Autorretrato con cigarrillo, ya que es de las pocas en las que se pintó a sí mismo como motivo central del cuadro.

Pablo Picasso, aparte de su intensa actividad creadora, tuvo una vida longeva, por lo que son numerosos los cuadros en los que se autorretrató, siguiendo las distintas corrientes pictóricas por las que había atravesado al cabo de los años. El que hemos visto, con estética cubista, es uno de los retratos más conocidos del genio malagueño.

Para cerrar esta breve selección, nada mejor que acudir a la mexicana Frida Kahlo, artista que hizo de su propia vida el motivo de casi toda su obra. Son numerosos los retratos que conocemos de sí misma, siempre con ese rostro serio y de mirada frontal hacia el espectador, dado que el sufrimiento físico y psicológico se cruzó en un momento de su existencia, por lo que la pintura, en el fondo, le servía de terapia para seguir adelante.

Como hemos podido comprobar, no es tan actual ni tan moderno como creemos eso de dejar plasmada la propia imagen para que todo el mundo la vea. Lo que sucede es que ahora lo hacemos de forma obsesiva, como si nuestra existencia solo tuviera sentido si lo hacemos constantemente en los fugaces selfis que abarrotan los móviles.

AURELIANO SÁINZ

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