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5 de octubre de 2021

  • 5.10.21
Cien años separan el nacimiento de Greta Thunberg y Bertolt Brecht. Sin embargo, sus discursos, su lucha y su tesón están encaminados a un mismo objetivo: despertar nuestras conciencias, generar el debate, desenmascarar a los verdaderos causantes de los problemas mundiales y zarandearnos para que despertemos.


Si Greta utilizase las palabras de Bertolt no desentonarían en sus labios, a pesar de que sus reivindicaciones puedan parecer diferentes; aunque uno tenga la vitola de intelectual y combatiese al nazismo y, la otra, de una joven activista mal hablada que se enfrenta al cambio climático.

Estoy convencido de que si él fuese joven en este momento estaría firmando los discursos de ella, estaría en las calles abanderando la lucha contra la emergencia climática que, al final, es una batalla contra la manipulación del capital, del poder, que nos quiere ignorantes, atemorizados, incapaces, desinformados, sumisos, dependientes, suplicantes, frágiles y desesperanzados.

Porque si perdemos la esperanza, si dejamos de creer en sus promesas, si descubrimos su hipocresía, no tendríamos nada que perder para pasar al ataque. Y “las revoluciones se producen en los callejones sin salida”, justo donde nos encontramos ahora.

Greta ha vuelto a la primera línea con un discurso claro, conciso e incendiario, para burlarse, para ironizar y para señalar a los líderes políticos, sus mentiras, su incapacidad, su inacción, sus falsas promesas, sus palabras vacías, sus eufemismos, su vasallaje ante los poderes reales del mundo.

Lo ha hecho en la Conferencia Juvenil sobre el Clima de la ONU celebrada en Milán, donde 400 jóvenes de todo el mundo se han reunido para elaborar las exigencias que llevarán a la próxima Cumbre de la Tierra, la COP26, que se celebrará en noviembre en Glasgow.

Saben los jóvenes que volverán a darle unos minutos, que los escucharán, los aplaudirán y, compungidos, les darán la razón; asumirán sus denuncias y les prometerán soluciones que nunca llevarán a cabo. Por eso Greta aprovecha para llamarlos "ladrones", "mentirosos" y "asesinos" porque “el que conoce la verdad y la llama mentira, no es un ignorante, ¡ese es un criminal” y nuestros dirigentes tienen cientos de informes que demuestran el aumento de dos grados en la temperatura del planeta, las consecuencias a las que nos enfrentamos y las soluciones para evitarlas. Conocen la verdad, pero no hacen nada, salvo marear la perdiz, salvo reunirse para, como dice Greta, “bla, bla, bla”.

Desde que se publicó en agosto la primera parte del Sexto Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), hemos presenciado muchas de las consecuencias que nos esperan: huracanes, incendios forestales, riadas, aumentos del nivel del mar, entre otras.

Tragedias, desgracias, catástrofes, que llevan asociadas sequias, hambrunas, muertes, enfermedades, migraciones, guerras. Ya las estamos viviendo, pero en nuestro rincón privilegiado del mundo aún podemos disimularlas con ayudas y subvenciones, pero las que suceden lejos de nuestras cámaras preferimos no comentarlas, no vaya a ser que la gente despierte y se sienta acorralada.

Estoy seguro de que volverán las mofas, los desprecios, los insultos hacia Greta, pero ella es solo la cara visible de un movimiento de millones de jóvenes (y no tan jóvenes) en el mundo, que el pasado 24 de septiembre volvieron a salir a las calles para celebrar la Huelga Global por el Clima.

A pesar de que la gran parte de la población no se les una, aunque los miren pasar y se rían, lo siguen haciendo porque creen en lo que hacen, porque han entendido que estamos en una encrucijada y que a ellos les tocará sufrir las consecuencias de nuestra insensatez.

Tienen la esperanza de que reaccionemos y que, de una vez por todas, aprendamos que se hace política al andar y que (parafraseando a Brecht) "el peor analfabeto es el analfabeto político: el que no oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos; el que no sabe que de su ignorancia política nacen el cambio climático, sus desdichas y sus desgracias personales, a manos del peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales".

La obra de Brecht no acabó con el nazismo, pero sus palabras, su valentía por no esconderse y señalar a los culpables, consiguieron despertar –y siguen haciéndolo– a mucha gente. Por eso necesitamos a Greta, a los jóvenes, y a los que se han propuesto luchar toda la vida. Ellos son "los imprescindibles" porque saben que se enfrentan a una fuerza descomunal que solo podrá ser derrotada si nos unimos todos, si tomamos conciencia de que somos parte de la solución.

MOI PALMERO

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