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COLEGIO PROFESIONAL DE PERIODISTAS DE ANDALUCÍA

25 de octubre de 2021

  • 25.10.21
Leo el título del reportaje de Sandra López Letón y me pongo a temblar, a pensar que la historia se repite sin que apenas algunos años se hayan deslizado sobre nuestra piel y a intentar prever el cataclismo que se cierne sobre nuestras vidas: “La vivienda en el mundo vuelve a calentarse”. Explicación: la pandemia ha creado el caldo de cultivo para que algunos países tengan mayor riesgo de burbuja inmobiliaria. La razón es ancha y de peso: la previsible quiebra del gigante chino Evergrande, la promotora más endeudada del mundo. ¿Y España se ha sumado ya a esa hecatombe de la que ya comienza a escribirse? El precio de la vivienda sube y el salario de los ciudadanos baja o se mantiene congelado en el mundo. La fórmula ideal. Más pobres al canasto.


La pandemia, escribe esta periodista, ha sido la tormenta perfecta: la amplia liquidación por unos estímulos fiscales y monetarios nunca vistos capaces de mantener en pie la economía global, el sabroso ahorro de las familias acumulado desde el comienzo de la pandemia, los bajos tipos de interés favorables al endeudamiento y las sospechosas expectativas diseñadas de recuperación económica. Súmese a este diagnóstico de diseño la necesidad de viviendas y la falta de mano de obra y de materiales, así como los altos costes de construcción.

Al parecer, antes que nosotros, otros países se mecen en el borde del acantilado: Nueva Zelanda, Canadá y Suecia. Pero no están solos. Les siguen Noruega, Reino Unido, Dinamarca y Estados Unidos. España alcanza ya el puesto 17.º en este listado del peligro. Libre de peligros, escribe la periodista, pero no de sustos. De sustos, por supuesto que no. Con lo que nos gustan los ladrillos en este país, bastará con que nos esforcemos un tanto, tampoco mucho, para que escalemos sin esfuerzos la cúspide del descalabro. En el segundo trimestre de 2021, el precio de la vivienda subió un 3,3 por ciento, pero se esperan más subidas en España.

Que yo sepa, los jóvenes españoles no pueden acceder a una vivienda. No porque les dé urticaria pensar en el tema, sino porque han heredado de nuestros mediocres sueños las migajas menos sustanciosas. Así que el mercado se lo han dejado al antojo que quienes invierten sus ahorros en ladrillo para vivir de la renta de su alquiler. España, ya lo sabemos, es muy dada a prodigar rentistas que no saben hacer otra cosa. Y no son pocos. El mismo reportaje señala que en julio se pagaron casi 15.000 casas al contado, sin hipoteca.

Pese a todo, los más entendidos advierten que en España, al menos de momento, no se ven señales de burbuja. Si bien José Carlos García Montalvo, economista y catedrático de la Universidad Pompeu Fabra, destaca que “eso no quiere decir que mañana no estemos como EE UU”. Por su parte, el organismo de la OCDE advierte sobre el aumento gradual de los precios de la vivienda durante 2021. Los datos aparentan ser tranquilizadores: los precios están a un 20 por ciento por debajo de los máximos de 2007. Pero esta es una verdad parda. Es decir, oscura sin miramientos. 2007 fue el año del polvorín. Alcanzar esa cima supondría enterrar para siempre el futuro de este país en un montón de escombros predecibles. Se niega, pero la sombra de la burbuja es alargada en un país sin horizontes donde el ladrillo y el turismo chabacano y masificado son las únicas y torpes salidas a la desesperación. Carlos Martín Urriza, director del Gabinete Económico de CCOO, lo tiene claro: “Cuando el coste de un bien como la vivienda se desacopla de la capacidad de pago de la población llega un momento en el que el ajuste de la burbuja se vuelve inevitable”. No quiero ser pesimista, pero hacia allá vamos.

Nada más cruzar la próxima esquina, nos tropezamos ya con una nueva ley de vivienda y con novedades para una nueva regulación del alquiler. El alquiler, ese otro problema tan emparentado con el ladrillo. ¿Es la solución? Difícilmente. De siete millones de jóvenes, uno de cada tres de entre 25 y 35 años cobra menos de 1.000 euros. Que yo sepa, todavía no se han construido en las grandes ciudades pisos que se puedan alquilar con sueldos tan esquilmados. La solución, que ya la practicamos nosotros a su edad, está inventada: compartir piso. Con amigos o con pareja, si ella tiene acceso a un sueldo ruin como el nuestro. ¿Pero hasta cuándo?

Se ha escrito, y todos lo sabemos, que la vivienda, como el trabajo, es un bien básico. Mientras tanto, las familias más modestas mudan sus años de jubilación a las periferias de las ciudades. La sociedad, cada día, es más desigual, en salarios y en viviendas. Los conoceréis por los ladrillos en que viven, parece decir la publicidad del futuro. Y junto a los ladrillos alquilados, conviven en buena armonía los ladrillos desocupados, vacíos. Algunos datos son estremecedores. En 2001, España contaba 3,1 millones de casas desocupadas. Diez años después, y gracias al impulso benéfico de los desahucios, la cifra creció hasta los 3,4 millones. Pese a las medidas adoptadas en algunas comunidades autónomas –incentivos para quienes alquilan pisos y sanciones o expropiaciones de uso para quienes practiquen lo contrario– el problema sigue latente.

Lejos o cerca de nuestras vidas, la burbuja inmobiliaria es una gaviota que pivota sobre nuestras playas como un mal endémico, que nunca abandona de manera elegante nuestra economía cotidiana y que se cierne sobre nuestras ciudades como un ave de presa presta a engullir el futuro apenas repuesto de otras crisis que nunca quisimos. Han bastado tan solo unos meses de sosiego económico –o de paréntesis caótico de nuestras finanzas maltrechas– para que la sombra siempre alargada de la sospechosa burbuja inmobiliaria cierna sobre nuestras cabezas otro apagón de esperanza.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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