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8 de agosto de 2021

  • 8.8.21
Entramos en el mes de agosto de un verano muy caluroso. Miro en el calendario y, al llegar al día 2, martes, me tropiezo con una noticia que aconteció muchos años atrás. Por un momento regreso al pasado y traigo a mi mente recuerdos inolvidables de mis inicios como arquitecto. Uno de ellos aconteció en el año 1976.


Yo estaba trabajando en el estudio de arquitectura que tenía en Sevilla. Era un grato espacio compartido con otros compañeros con los que comenzaba a caminar por el incierto sendero de la profesión. Todavía no había tomado vacaciones, de modo que el sonido de fondo de la radio me ayudaba a concentrarme en el trabajo en aquella mañana.

De pronto, escucho que Cecilia, una joven cantautora que ya se había afianzado en el mundo musical, había fallecido a las 5.40 de la madrugada. Había sido en un accidente de coche en un pueblecito cercano a Benavente, en la provincia de Zamora.

Paré un momento, y me sentí conmovido. La razón de fondo es que ambos teníamos la misma edad: 27 años. Me resultaba difícil, mirando hacia mí mismo, entender que con solo esos años, cuando uno comienza a despertar al mundo del trabajo, se pudiera truncar inesperadamente la vida. Una sensación de arbitrariedad, de irreparable injusticia, recorrió mi cuerpo. Al rato continué con los planos. Las canciones de Cecilia sonaban de fondo mientras me incorporaba a la actividad pendiente.

Desde la lejanía del tiempo transcurrido, rememoro a aquella figura que había logrado en poco tiempo ser reconocida por su voz y sus letras, que se movían entre la denuncia y cierto lirismo. A Evangelina Sobredo, que era su verdadero nombre, bruscamente se le apagó la vida, no sin antes dejarnos un puñado de canciones que apuntaban a ser una de las grandes cantautoras del panorama de nuestro país.

Por aquellas fechas, tras el accidente, estuve pensando en otros cantantes o miembros de bandas de rock que, con anterioridad, habían fallecido contando tan solo con 27 años. Parecía que esas dos cifras empezaban a presagiar una edad fatídica, ya que la lista de nombres muy conocidos no dejaba de ampliarse.

Quienes, por entonces, seguíamos con bastante pasión la música que nos llegaba de las Islas Británicas teníamos muy presente que Brian Jones, miembro fundador de los Rolling Stones inició esta trágica lista [3 de julio de 1969]. Atravesando el Atlántico, le seguirían Jimi Hendrix [18 de septiembre de 1970], Janis Joplin [4 de octubre de 1970] o Jim Morrison, líder de The Doors [3 de julio de 1971]. Es decir que en el espacio de solo dos años habían fallecido cuatro de las grandes figuras del rock con esa edad.

Pasados los años, y también con 27 años, encontrarían su final Kurt Cobain, líder de Nirvana [4 de abril de 1994] o, ya más cerca de nuestros días, Amy Winehouse [23 de julio de 2011], una de las figuras emergentes del soul contemporáneo.

Recordando estos grandes nombres que dejaron claras huellas en el mundo del rock y de la música popular, quisiera hacerles un pequeño homenaje trayendo a esta columna las portadas de algunos de sus discos, al tiempo que realizo un breve comentario de ellos.


Quiero comenzar por el de Cecilia, autora de canciones inolvidables como fueron Un ramito de violetas, Mi querida España y Dama, dama. Aquí muestro la portada de su primer álbum, aparecido en 1972, en el que contenía Dama, dama, y que grabaría dentro del sello CBS. Sería Daniel Gil, uno de los grandes diseñadores gráficos de nuestro país, el encargado de mostrarla con una sencilla camiseta blanca, en pantalones vaqueros y portando en su mano derecha un guante de boxeo, como indicando que venía a luchar y a ganarse un puesto dentro de los cantautores españoles.


Nadie imaginaba que uno de los componentes del grupo que, junto a los Beatles, acaparaba las listas de éxitos falleciera con solo 27 años ahogado en una piscina. Lo cierto es que Brian Jones, uno de los fundadores de los Rolling Stones, inesperadamente, dejó fatídicamente la banda en la cumbre de los primeros años.

Ahí le vemos, en la derecha de la parte baja de la portada de su tercer álbum de estudio: Out of our heads (que traducido al español podría ser Desquiciados). Y la razón por la que lo he elegido es muy sencilla: contiene el tema The last time, que siempre me ha entusiasmado.


El impacto de Jimi Hendrix, inicialmente, fue mayor en Inglaterra que en su propio país: Estados Unidos. Sin embargo, su intervención en el verano de 1967, en el mítico festival de Monterey, cambió las tornas. Allí estaban nada menos que The Who, Jefferson Airplane o Grateful Dead. Pero fue Hendrix el que acabó haciendo historia quemando su guitarra mientras interpretaba Like a Rolling Stone.

Al año siguiente, 1968, apareció su segundo disco, Axis: Bold as Love, junto a sus dos acompañantes Noel Redding y Mitch Mitchell, es decir, su parte llamada Experience. Brillante e inolvidable álbum, en el que aparecen baladas, incursiones al blues y al free jazz, como Little Wing, Spanish Castles o Wait Until Tomorrow.


Otra de las grandes artistas que se despidió con solo veintisiete años fue la inolvidable Janis Joplin, no sin antes dejarnos maravillas como Pearl, su cuarto disco que vería la luz en 1972, meses después de su fallecimiento. Y entre los temas de Pearl es inevitable hablar de la desgarradora versión que realizó de Me and Bobby McGee, tema compuesto por el cantante de música country Kris Kristofferson, y popularizada por el canadiense Gordon Lightfoot, canción que llegó a alcanzar el número uno en las listas del Billboard. Pero no solo fue la música de Pearl, sino también la portada, diseñada con una fotografía de Barry Fenstein, la que alcanzó gran popularidad, llegando a ser un verdadero icono dentro de los amantes del rock.


Hay bandas con un líder indiscutible que se alza muy por encima del resto de sus acompañantes. Es lo que aconteció con The Doors, puesto que la fuerte personalidad de Jim Morrison se imponía al resto del grupo. No es de extrañar, pues, que en su primer álbum, aparecido en 1968, el rostro del propio Morrison apareciera en un destacado primer plano, al tiempo que Ray Manzanek, Robby Krieger y John Densmore parecen salir del fondo del cuadro de la portada.

Si alguien tiene dudas de la genialidad del grupo y de su líder, conviene que escuche The End, tema de 11 minutos que cierra el álbum. No sé si es el complejo de Edipo o la voz de una mente tortuosa la que nos introduce en una senda oscura y escabrosa de un tema que finaliza con un grito alargado de angustia final.


¿Qué es lo que pensaba Kurt Cobain, otra mente atormentada, cuando se le ocurrió la portada de Nevermind, una de las más icónicas del mundo del rock de todos los tiempos? La verdad es que nunca terminó de explicarla, ya que tres años después de la salida de este segundo disco de la banda al mercado, es decir, en 1994, el líder de Nirvana encontró en el suicidio el adiós definitivo de una existencia angustiosa contando solamente con tan solo 27 años. A diferencia de las otras portadas que he mostrado, en este caso, Kurt Cobain no aparece en ella. Quizás deseaba eludir ese rostro hostil, dolorido y evasivo que mostraba en sus actuaciones.


Cierro estas breves líneas acudiendo a otra de las grandes voces que se despidieron tempranamente de la vida que todos la podemos imaginar totalmente inconclusa. Me refiero Amy Winehouse, que tiene un enorme parecido con la de Janis Joplin: eran voces femeninas muy unidas a la música negra (blues, soul, jazz, R&B); las dos eran adictas a las drogas y al alcohol; alcanzaron altas cotas de fama; y ambas fallecieron a los 27 años, resultado de sus adicciones. Pareciera que la historia de Janis se volvía a repetir en la de Amy cuatro décadas más tarde.

Como en el caso de Janis Joplin, su producción es corta, ya que su primer disco, Frank, lo publicó en 2003; el segundo de estudio, Back to Black, lo hizo en 2006; al tiempo que el tercero, Back to Black: B-Side, lo graba dos años después. El 23 de julio de 2011 se la encuentran sin vida en su apartamento. Cinco meses después se edita Lioness: Hidden Treasures, su testamento musical.

AURELIANO SÁINZ

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