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18 de abril de 2021

  • 18.4.21
Algo que recientemente me ha llamado la atención es que durante unas semanas el nombre de Caravaggio se haya convertido en destacada noticia en los grandes medios de comunicación, intercalándose entre aquellas otras de carácter político o las referidas a la epidemia del coronavirus y los problemas derivados de las distintas marcas de vacunas.


Ya sabemos que un Ecce Homo iba a ser subastado por la cantidad de salida de 1.500 euros. No obstante, antes del inicio de la subasta se empezó a sospechar que su autor podría ser Michelangelo Merisi di Caravaggio, uno de los grandes pintores italianos que se convirtió en el maestro del claroscuro o del tenebrismo, como también se denominó a este estilo pictórico de los inicios del Barroco.

A pesar de la corta vida de Caravaggio, ya que falleció con solo 38 años, se convirtió en el gran representante de la pintura del Barroco italiano, corriente artística muy ligada a la Contrarreforma que llevó adelante la Iglesia católica con el Concilio de Trento.

Este concilio supuso una abierta ruptura dentro de la cristiandad europea, ya que enfrentó al papado con los postulados de los diferentes reformadores, caso del teólogo agustino Martín Lutero en Alemania, o de Juan Calvino y Ulrico Zuinglio en Suiza (aunque Calvino era de origen francés). No es de extrañar, pues, que los lienzos del pintor italiano estuvieran en su mayoría relacionados con temas religiosos, especialmente con algunos de los relatos de la Biblia.

De este modo, el Ecce Homo que se iba a poner a la venta presenta la técnica del claroscuro, tan querida por Caravaggio, al tiempo que la fisionomía de Jesús y los dos rostros de quienes le acompañan ofrecieron motivos para que su venta se paralizase, pues podría adquirir el rango de Bien de Interés Cultural una vez que se confirmara por los especialistas que la obra pertenece al pintor italiano.


Sobre Caravaggio quisiera apuntar que hace alrededor de cinco años, en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, se llevó a cabo una exposición antológica de este autor y a la que pude asistir. Es por lo que me parece oportuno, en estos días que su nombre está presente en los medios, ofrecer unas cortas líneas sobre su vida, al tiempo que comentar escuetamente algunas de las obras que pude contemplar de manera directa.

La vida de Caravaggio, tal como he apuntado, fue muy breve, pues nació en Milán en 1571 y falleció en Porto Ercole en 1610, aunque suficiente para dejar una clara impronta dentro del arte. Y si exceptuamos sus inicios pictóricos, gran parte de su obra es de corte religioso, por lo que se aleja de los temas mitológicos que eran tan frecuentes entre los pintores italianos del Renacimiento.

Lo indicado puede inducirnos a pensar que era un hombre piadoso. Gran error, pues como bien apuntó Floris van Dyck, pintor holandés coetáneo de Caravaggio, era “una persona trabajadora, pero a la vez muy orgullosa, terca y siempre dispuesta a participar en una discusión o pelea, por lo que era difícil llevarse bien con él”. No es de extrañar, pues, que, al estar habitualmente enfrascado en riñas, la noche del 29 de mayo de 1606 llegara a matar, posiblemente por accidente, a un hombre llamado Ranuccio Tomassoni.

Procesado por la justicia de Roma, lugar en el que tenía su taller de pintura, huye a Nápoles para buscar la protección de los Colonna. De este modo, y sin que esto hubiera estado en sus proyectos, se convierte en la estrella de la pintura napolitana, aunque no por mucho tiempo, ya que falleció cuatro años después de llegar a la ciudad.

A pesar de su gran prestigio como pintor, conviene apuntar que con frecuencia sus escenas escandalizaban y los lienzos eran rechazados por quienes se los habían encargado, ya que sus imágenes religiosas estaban cargadas de un fuerte naturalismo, lejos del idealismo que se esperaba encontrar en sus trabajos.

La razón provenía de que sus figuras procedían de gente de muy baja condición social. Así, en vez de plasmar bellas y etéreas imágenes para representar a los personajes de las escenas bíblicas, prefería escoger sus modelos entre las prostitutas, los muchachos de la calle o los mendigos.


Una de las obras de Caravaggio presente en aquella exposición antológica está basada El sacrificio de Isaac, tema del que realizó dos versiones y que ambas me parecen dignas de explicarse.

Pero antes de comenzar, quisiera apuntar que cuando yo era pequeño y escuchaba la historia de Abraham me impresionaba muchísimo, ya que no entendía que un padre pudiera sacrificar a su hijo porque Dios quería poner a prueba su fidelidad. Lo cierto es que el Dios que se narra en el Pentateuco, es decir, en los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, nos lo presentan en gran medida como a un ser fuertemente autoritario, cruel y vengativo.

Recordemos que a Abraham se le considera, dentro de las religiones judía, cristiana e islámica, el primero de los patriarcas, por lo que su nombre significa “padre de muchos pueblos”. Según el relato bíblico, tuvo dos hijos: Ismael e Isaac. De este segundo nacería Jacob, padre a su vez de doce hijos que son el origen de las doce tribus de Israel.

Diferentes pintores del Barroco abordaron la temática del sacrificio apoyándose en el texto del Génesis (22:2) en el que aparece escrito: “Y Dios le dijo: Toma a Isaac, tu único hijo, al que tanto amas, y vete a la tierra de Moria. Una vez allí, ofrécelo en holocausto sobre el cerro que yo te señalaré”.

A partir de esta cita bíblica (que parece contradictoria al apuntar a Isaac como hijo único, ya que en otras partes se hace referencia a Ismael que Abraham tuvo con su esclava Agar) se llevaron a cabo numerosas representaciones pictóricas.

El primer cuadro de Caravaggio de El sacrificio de Isaac, que acabamos de ver, fue pintado en 1598. Pertenece a una colección privada ubicada en la ciudad estadounidense de Princeton. En el mismo, el contraste de la luz y las sombras se muestra muy intenso, de modo que es el ángel el que protagoniza la escena ya que su rostro está claramente iluminado al ser el que transmite a Abraham que, finalmente, el sacrificio de Isaac no debe llevarse a cabo, dado que ha obedecido fielmente el mandato divino.


La segunda versión de El sacrificio de Isaac, pintada en 1603, y que estaba dentro del conjunto de lienzos seleccionados para la exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza, pertenece a los fondos de la Galería de los Uffizi de Florencia.

Esta obra causó bastante escándalo en los medios eclesiásticos de Roma, puesto que el rostro de Isaac muestra todo el horror y espanto ante la proximidad del degollamiento por parte de su padre. Para comprender el rechazo que suscitó, hemos de tener en cuenta que hasta ese momento todas las representaciones que se habían realizado de este tema mostraban al joven Isaac en una actitud dócil y sumisa ante la muerte.

Comprobamos que, tanto compositiva como cromáticamente, son dos obras distintas. La primera en más amable, pues el ángel parece hablarle a Abraham para indicarle que no es necesario que sacrifique a Isaac, dado que ha dado muestras de fidelidad al mandato divino; en la segunda, en la que predominan las tonalidades ocres, el ángel enviado agarra con firmeza el brazo derecho del padre a punto de degollar a su hijo, al tiempo que le señala el carnero que se encuentra junto a ellos. El dramatismo es evidente en el segundo caso.

Para cerrar, me gustaría indicar que en todos los cuadros que abordan esta temática siempre aparecen los cuatro protagonistas de la escena: Abraham, Isaac, el ángel y el carnero, puesto que una vez que el ángel le dice al patriarca que ha sido comprobada su fidelidad al mandato divino no es necesario el sacrificio de su hijo, por lo que finalmente será el carnero el que sea sacrificado.

Este es el origen de la fiesta del cordero que celebran todos los años los musulmanes en conmemoración de este hecho, aunque en el Corán no se cita a Isaac, sino a Ismael como el hijo que debería ser sacrificado por su padre Abraham.

AURELIANO SÁINZ

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