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7 de noviembre de 2020

  • 7.11.20
Últimamente tengo menos ganas de escribir, por eso recurro menos a ti, querido diario. Y es que esta vida actual solo da para sobrevivir, para intentar no sucumbir ante toda la negatividad y el egoísmo reinante. A ver si lo entiendo: yo me tengo que quedar en casa, no puedo salir de la ciudad, no puedo abrazar y besar a la gente que quiero, no puedo estar con mi novio porque vivimos en ciudades distintas... Pero otros sí pueden hacer lo que le salga de los cojones. Pues no lo entiendo.


Pandillas de jóvenes sin mascarilla, pegados unos con otros y disfrutando como si no pasara nada y, mientras tanto, en los hospitales, los extenuados sanitarios que aún no se han recuperado de tanto estrés, de tanto miedo y de tanta muerte en soledad, siguen desbordados. 

Tenemos suerte de que esto no sea Estados Unidos. Aquí, los médicos –sobre todo los que tienen 40 o 50 años– adquirieron un compromiso fuerte con el paciente: hicieron un juramento y no estudiaron la carrera para forrarse. ¿Y qué decir del resto de sanitarios que se parten la cara todos los días para evitar el sufrimiento humano, para asustar a la muerte?

¿Dónde están los jueces como el señor Emilio Calatayud, que impongan sanciones ejemplarizantes? Lo primero es que, aunque sea una injusticia para ellos poner su salud en juego, los Cuerpos de Seguridad del Estado tienen que empezar a multar y a detener a todo aquel que se salte las normas. 

Las multas muchas veces no se pagan o las pagan los padres. Y esa no es la solución. El castigo tiene que enseñar a reflexionar y, para ello, nada mejor que tener que realizar trabajos para la comunidad, ya sea llevando comida la gente que está sola o ayudando en los hospitales, trasladando enfermos, llevando a muertos por Covid-19 a la morgue o viendo llorar a sus familiares.

Aquí también englobaría a los negacionistas, que se manifiestan poniendo en juego la salud de la Policía. Y no solo los jóvenes se están saltando las medidas: hay muchos adultos en terrazas haciendo lo que les viene en gana. Esta gente tiene que aprender a respetar al otro, a entender que el bien común está por encima de todo y, como dice la señora Merkel, que mientras no arreglemos el tema de la salud y no paremos la pandemia, no podremos reactivar la economía.

Estos días me vienen a la memoria los murales que hacíamos en clase por el Día de la Constitución, en los que distinguíamos entre libertad y libertinaje. Y es que mi libertad termina donde empieza la del otro. Vivimos en sociedad y estamos ante un momento histórico difícil, con un bicho que no conoce fronteras y que mata. Y todo el mundo se tiene que enterar, ya sea por las buenas o por las malas. Vosotros también os podéis morir, estúpidos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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