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18 de noviembre de 2020

  • 18.11.20
En este cuadro realizado en Inglaterra a finales del siglo XVIII, podemos ver a unas angelicales criaturas practicando la cristiana caridad con un niño pobre. Es notorio el contraste en el tratamiento pictórico de los personajes: las ricas vestiduras de los hijos de sir Francis Ford y los lastimosos harapos del pobre vagabundo, los tonos sonrosados en los rostros de los niños ricos y el tono macilento en la cara del indigente. Hasta la luz está desigualmente repartida, favoreciendo (como era de esperar) a los radiantes jovencitos.

Beechey: Retrato de los hijos de sir Francis Ford dando una moneda a un vagabundo, 1793

Pero quizás lo más interesante es lo que no se ve directamente. El evidente bienestar de los afortunados niños proviene de su no menos afortunado padre, el ya citado sir Francis: rico hacendado perteneciente a la cuarta generación de propietarios de productivas plantaciones en Barbados. Productivas, muy productivas, gracias al trabajo esclavo. Naturalmente, sir Francis era también un enérgico defensor de la esclavitud en sus actividades políticas como miembro del Parlamento.

Estos niños tan bien vestidos, y suponemos que bien alimentados, pueden gozar de una vida llena de lujos y privilegios gracias al sufrimiento de muchos seres humanos que fueron arrebatados de sus paisajes y de sus seres queridos. 

Por si hubiera alguna duda respecto a la fuente de su riqueza, el señor Ford especifica claramente en su testamento que lega todas sus tierras y esclavos (“All my lands and slaves”) a su hijo mayor Francis, que no es otro que el mozalbete que aquí vemos vestido de rojo. Ahora ya sí podemos apreciar la hipocresía que trasluce esta obra de Sir William Beechey, probablemente sin que él tuviera intención alguna de reflejarla y mucho menos de criticarla.

La esclavitud y su práctica como origen de grandes fortunas ha sido y sigue siendo invisible en muchos otros lugares y momentos. Particularmente en España, donde la práctica de la esclavitud y su comercio se han convertido en una realidad histórica prácticamente imperceptible en los manuales y textos de estudio de colegios e institutos. 

Y eso, aunque tuvo un papel muy destacado en el tráfico de esclavos desde el siglo XVII al XIX. Tan destacado que puede considerarse como la cuarta nación en el poco honorable ranking del comercio de esclavos de la Edad Moderna.

En el siglo XVIII sí que era visible la práctica de la esclavitud, sobre todo en ciudades como Cádiz, Madrid o Barcelona. Solamente en Madrid, hacia 1760 había unos 6.000 esclavos, aproximadamente un 4 por ciento del total de su población.

La monarquía borbónica potenció notablemente esta comercialización de seres humanos. Y por supuesto, obteniendo notables beneficios: Felipe V obtenía un 25 por ciento de los ingresos netos de las compañías esclavistas. El ilustrado y sumamente elogiado Carlos III llegó a ser el mayor propietario de esclavos de España: aproximadamente 20.000 en las colonias de América y unos 1.500 en la península.

Y es que en 1763, el Gobierno de Carlos III decidió trasladar al Caribe español el modelo “productivo” de los ingenios azucareros que ya habían establecido franceses y británicos. Para optimizar los ingresos era necesario crear compañías nacionales para el tráfico de esclavos y lograr el libre comercio de los mismos, que se consiguió en 1789.

Mengs: Carlos III, hacia 1765

El número de esclavos introducidos en la colonia española de Cuba crece sin cesar hasta que en 1820 España decreta la abolición de la esclavitud, pero ¡solamente al sur del Ecuador! Así que los esclavos siguen llegando a Cuba y Puerto Rico: más de 300 barcos negreros transportando unos 60.000 esclavos, de 1821 a 1831.

La reina regente María Cristina de Borbón fue también, junto a su marido Agustín Fernando Muñoz, una de las mayores negreras de la época, enriqueciéndose ambos con el tráfico de esclavos y su explotación en las plantaciones de azúcar que poseían en Cienfuegos, Cuba.

Otros españoles que obtuvieron grandes beneficios con la esclavitud fueron: Antonio López y López, primer marqués de Comillas y fundador del Banco Hispano Colonial; Josep Xifré, el catalán más rico del siglo XIX; Julián de Zulueta, apodado “el príncipe de los esclavistas”, que tenía plantaciones enormes y tres ingenios azucareros en Cuba y para el que fue creado el título de marqués de Álava por Alfonso XII; y un largo etcétera.

Pero hubo uno que, a principios del siglo XIX, se convirtió en el mayor comerciante de esclavos del mundo: el malagueño Pedro Blanco, que modernizó las formas de comercialización con el uso de barcos más rápidos y nuevas formas de organización. Su vida ha dado lugar a un par de libros: Mongo Blanco, de Carlos Bardem (2019) y El negrero: vida novelada de Pedro Blanco Fernández de Trava, de Lino Novás (1933).

Un magnifico y detallado documento sobre las condiciones del tráfico de esclavos en el siglo XIX podemos encontrarlo en Los pilotos de altura de Pio Baroja. En forma novelada, se puede acceder al papel jugado por los comerciantes españoles afincados en Cuba y a la participación, por activa o por pasiva, de las autoridades coloniales. 

Se pueden leer con todo lujo de detalles las provisiones que los tratantes deben realizar para afrontar su empresa. En este aspecto parece que se ha avanzado bastante y… los “esclavos” actuales se pagan su viaje a Europa. Ya no es necesario invertir grandes sumas en fletar barcos y aprovisionarlos.

Para ampliar la información:
  • José Miguel López García: La esclavitud a finales del Antiguo Régimen. Madrid 1701-1837. Alianza Editorial, 2020
  • José Antonio Piqueras: La esclavitud en la Españas: Un lazo transatlántico. Catarata, 2011
  • Laberintos de libertad. Entre la esclavitud del pasado y las nuevas formas de esclavitud del presente. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, s/f.
JES JIMÉNEZ

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