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3 de noviembre de 2020

  • 3.11.20
Llevamos meses escuchando a medios de comunicación y a personas de nuestro círculo más próximo decir algo así como: “Pobrecitos los jóvenes de hoy en día, que no han salido de la crisis del 2008 y ya están entrando en otra peor”. Confieso que me siento identificado con esta afirmación, pero no me representa porque en esa frase hay una lamentación implícita con un ápice de compasión.


Y que la sociedad sienta compasión por la juventud sería admitir que se ha criado y se ha educado a toda una generación débil, pasiva y sin instinto de mejora. ¿Qué generación lo ha tenido fácil? De sobra son conocidas las “batallitas” de nuestros abuelos y abuelas, compartiendo con nosotros sus aventuras de postguerra y cómo pudieron sacar adelante a sus familias, pese a las circunstancias. Sin saberlo, nos estaban contando cómo hicieron para tener la sociedad y los avances que hoy disfrutamos. 

Así que, cuando se nos pase por la cabeza pensar que “el coronavirus nos va a robar los mejores años de nuestra vida” estará bien responder con un par de preguntas: “¿Y cuántos años nos han regalado? ¿Cuánto hemos luchado, nosotros los jóvenes, para conseguir lo que tenemos?”. 

La queja, siempre que no esté acompañada de una solución, no sirve para nada. Pienso en todo lo que he recibido de mis padres, de mis abuelos y, definitiva, de todos mi antecesores. Y me siento muy afortunado. Porque no he tenido que levantar la voz para poder optar a unos estudios o a un sueldo digno: los que se han levantado a primera hora de cada mañana han sido mi padre y mi madre, todos los días, para conseguir un sueldo y, a través del mismo, la posibilidad de darme una vida aún más digna. 

Y la mejor forma que tengo de agradecerles su esfuerzo es seguir esforzándome yo para tener mejores condiciones de vida. Pero ocurre que cuando me relaciono con mis iguales (cuando digo "iguales" me refiero a un grupo de personas situadas en una franja de edad entre los 20 y 40 años), las conversaciones que me encuentro son de queja, sin solución aparente, y rebelándose contra “Papá Estado”, sin ser muy conscientes de que, realmente, todos formamos parte de tal entidad, y que la mejora de nuestras condiciones parte de nosotros mismos. 

Porque entendemos que ser rebelde hoy en día es no ponerse la mascarilla, saltarse el toque de queda, quedar con un grupo de amigos para beber, reír y bailar hasta las 6.00 de la mañana y, con el vaso en la mano, decir: “Por mucho que quieran los políticos, a mí no me van a quitar los mejores años de mi vida”. 

Esto no es rebeldía, no. Esto es cobardía. Porque nos han regalado todo lo que tenemos, porque nos quejamos de que nos pueden quitar lo que nos han regalado y, nosotros, lo único que hacemos es quejarnos entre nosotros para alimentar la visión de que todos los derechos laborales, sociales, judiciales e individuales se nos deben poner en bandeja como los Ferrero Rocher a Isabel Preysler: sentaditos, con el brazo estirado y la palma de la mano bien abierta, esperando a recibir lo que consideramos nuestro. 

¿Cuándo hemos salido a la calle a reclamar unas mejores condiciones laborales? Nuestra generación, nunca. Nos hemos ido a otros países a generar economía. ¿Pero a la calle a luchar por mejores condiciones? Nunca. Como generación “maltratada”, nunca hemos salido a la calle a poner al sistema entre las cuerdas. Y quien me lea me dirá: “¿Y qué significó entones el 15-M?”. 

Al cabo de los años he descubierto que los precursores del 15-M utilizaron el malestar general de una generación como herramienta para crear un nuevo partido político. Nos hicieron ver que la única forma de cambio estaba en la organización de las personas que habitan la queja y llevan esa queja al Parlamento a base de votos. 

¿Y si toda la energía puesta en todos esos movimientos hubieran desembocado en la acción de barrio? Pues seguro que tendríamos una sociedad mucho más activa. Dudo que fuéramos mejores, pero tendríamos una actitud productiva, conociendo los problemas de nuestro vecino, teniendo contacto en la rutina con los que nos rodean y proponiendo soluciones reales a problemas reales. 

¿De qué me sirve hablar de la bajada del PIB si tengo personas que conviven conmigo que no tienen para pagar el recibo de la luz? Tras estos movimientos del 15-M a los jóvenes se nos alineó de una forma muy inteligente hacia un nuevo modelo político, situándonos como agentes del cambio siempre y cuando les votáramos. Nos querían hacer ver a toda una generación que tendríamos portavoces dentro del Gobierno, pero eran portavoces de quejas, simplemente, no de soluciones. 

Y es lógico, porque las soluciones depende de nosotros: de nadie más. La solución solamente depende de cada uno de nosotros, siendo conscientes de que la rebeldía se tiene que actualizar de acuerdo con la época. Ser hoy rebelde no significa lo mismo que serlo en los años de la Transición. 

Ser hoy rebelde sería montar una empresa, comprar una casa o crear una familia, porque las circunstancias no lo permiten y no favorecen ninguna de estas tres cosas. Ser rebelde, por mucho que nos duela, no es estar de fiesta saltándonos el toque de queda con un vaso en la mano, quejándonos de todas las restricciones. Nunca hemos tenido tantos derechos para poder seguir consiguiendo libertades. 

DANY RUZ

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