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22 de noviembre de 2020

  • 22.11.20
Uno de los efectos de la pandemia en la que actualmente nos encontramos es la ausencia de contactos físicos por el temor al contagio. Esto lo hemos notado no solo por la distancia que mantenemos al charlar, sino en algo tan natural en nuestras vidas como son los besos y los abrazos que de modo habitual dábamos en la familia o con los amigos. Sentimos, pues, una enorme extrañeza al tener que renunciar a estos contactos tan frecuentes en culturas como la nuestra, en la que nos solemos expresar con efusividad con aquellas personas a las que queremos.


Las mascarillas que ahora necesariamente llevamos puestas nos distancian y nos sirven de barrera no solo ante aquellos que nos son desconocidos, sino que también ante los más cercanos, dado que parecen ser una señal que nos indican que los abrazos y los besos se han aplazado hasta un tiempo futuro que no logramos precisar cuándo llegará.

Pensando en aquellos besos que se han ausentado durante estos meses tan gélidos, asomó a mi mente el recuerdo de uno muy apasionado que acabó convirtiéndose en la quintaesencia del beso de los enamorados. Me estoy refiriendo al que se muestra en un cuadro que lleva precisamente la denominación de El beso y que realizó el pintor austríaco Gustav Klimt. Título que pareciera que antes de que Klimt lo trasladara al lienzo ninguna mujer hubiera recibido esa expresión de amor tan intensa.

Esto lo pude comprobar la primera vez que visité Viena. En aquellos días, consideré necesario acudir a ver las obras del pintor más famoso de esa pequeña nación que es Austria. Bien es cierto que la propia Viena, ciudad maravillosa situada en pleno corazón de Europa, merece la pena ser visitada, ya que es un verdadero placer recorrer sus calles, contemplar sus amplias plazas cargadas de monumentos o ver los edificios que proyectó el genial arquitecto Adolf Loos, el mismo que preconizaba una nueva arquitectura alejada de todo ornamento superficial.

Acudir, pues, al Museo Belvedere, en el que se encuentra gran parte de las obras del pintor simbolista Gustav Klimt, se ha convertido en un rito casi obligatorio para todo visitante que arribe a la capital austríaca. Y ni que decir tiene que ese lienzo se ha convertido en un auténtico símbolo del país, por lo que es imposible desmarcarse de los múltiples souvenirs que aparecen por doquier de los enamorados que se están besando.

Este cuadro, cargado de un halo de romanticismo, nos muestra a una pareja en la que el personaje masculino envuelve en un abrazo amoroso a la mujer que le acompaña, al tiempo que besa el rostro de su figura frágil que, arrodillada, parece acoger con gozo ese estado de mutua entrega. Flores, hojas, vestimentas con adornos dorados, rodean a ambos, que acaban fusionándose entre sí, formando un todo perfectamente unido.

Una vez concluida la visita, es difícil regresar de Viena sin que uno no haya comprado algún objeto, grande o pequeño, que nos haga recordar a este célebre lienzo. En mi caso, fue un pequeño reloj de pared, de formato rectangular, que lo tengo colgado en el estudio y que siempre me trae a la memoria los espléndidos días que allí pasé.


Pero no solamente la obra de Gustav Klimt se ha convertido en el icono del beso de una pareja difundida a nivel planetario, ya que es posible rastrear más imágenes dentro del arte que nos recuerden a dos enamorados en las que ambos manifiestan el amor que se profesan.

Otro lienzo, que curiosamente también lleva por título El beso, fue el realizado por el pintor italiano Francesco Hayez (1791-1882). Obra cargada de un halo romántico en la que contemplamos a una pareja medieval en pleno beso amoroso, ya que el rostro del protagonista aparece ocultado parcialmente por el sombrero que porta.

Como detalle quisiera apuntar que el propio Francesco Hayez, convencido del valor simbólico de esta escena, hizo cinco versiones de esta obra, una de las cuales salió recientemente a subasta en la sala Christie’s de Nueva York dentro de una venta dedicada al arte europeo del siglo XIX.

Ciertamente, en las artes plásticas no son frecuentes las imágenes de parejas besándose, pues no recuerdo otras similares a las citadas. No sucede lo mismo dentro de la fotografía y, de modo especial, en el cine, donde son muy habituales los besos de los enamorados en distintos ambientes o en diferentes situaciones. Porque en las imágenes del mundo del celuloide hay todo tipo de besos: recatados, furtivos, atrevidos, cálidos… y, lógicamente, los apasionados.

Así, sin mucho pensar, me viene a la mente el beso que Burt Lancaster y Deborah Kerr se dan en la orilla de la playa en la película De aquí a la eternidad; o el de Rhett Butler a Scarlett O´Hara en Lo que el viento se llevó; o aquel con el que se despiden Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca.

Y dentro de la fotografía, un beso verdaderamente apasionado fue el que registró el fotógrafo alemán Alfred Eisenstaedt en el año 1945, con el que un marino y una enfermera celebran su reencuentro tras la victoria de las fuerzas de Estados Unidos sobre las japonesas.

Según se nos ha dicho, el fotógrafo envió todo el reportaje que había tomado durante ese día en las avenidas de Nueva York, pero fue precisamente esa escena la que a la redacción más le interesó por el romanticismo que transmitía. Le preguntaron a Eisenstaedt quiénes eran los jóvenes que allí aparecían; lógicamente, no supo decir de quiénes se trataba, dado que fue un hecho totalmente imprevisto que pudo registrar fortuitamente con la lente de su cámara. Pero, finalmente, ese beso fortuito quedó registrado para siempre como el de dos enamorados que se encuentran en medio de la gran ciudad.

Como he indicado, hay muchos tipos de besos. De ahí que se hable de besos apasionados, besos traicioneros (recuérdese el beso de Judas), besos esquimales, besos de compromisos, besos fraternales, besos dados con los dedos, besos furtivos, besos en los encuentros, besos en las despedidas…

No obstante, no quisiera cerrar este escrito sin citar esos besos anónimos que están cargados de enorme ternura: son los que espontáneamente dan los niños a sus padres o a sus abuelos. Son los más limpios, los más puros, los más inocentes. 

Son los que penetran en el corazón de quienes los reciben, porque no necesitan acompañarse de palabras ni de grandes declaraciones para sentir la franqueza y el cariño de quienes los manifiestan, sabiendo que llegan a las mejillas cargados de la alegría que solo los pequeños saben transmitir. Y estos, por suerte, durante estos tiempos tan distantes y tan glaciales no se han podido confinar.

AURELIANO SÁINZ

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