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2 de noviembre de 2020

  • 2.11.20
Me siento perimetralmente enganchado a la vida. Como un adicto sin cura. También perimetralmente solo. Aislado de los otros en los bordes impuestos. Leo mis propios pensamientos en el abismo de sus mismos límites, como si escapar unos centímetros más afuera implicase abordar sin justificación el cerebro de un vecino y trastocarles sus proyectos de vida; sacudirle en lo más íntimo mis más hondas sospechas acerca de todo este dolor que circunda nuestras vidas desde hace ya meses; imponerle, quién sabe, tantos sueños desbaratados que se me escapan por doquier cuando despierto. Siento que mis dudas bordean sus contornos con intenciones muy poco confesables, pretendiendo, tal vez, asaltar la corteza de sus contornos buscando otro hábitat más diáfano.


El cauce de los ríos transita entre dos orillas, pero la vida que nos desborda ahora ha crecido sin fronteras, creyéndose libre y todopoderosa, entendiendo que los perímetros y otros límites no van con nosotros, desoyendo el coro de musas que nos enajena y nos rompe. Ahora, exhaustos, más exhaustos, entendemos que las restricciones vienen a imponernos que la voluntad se someta a este tiempo de incertidumbre que ya no es tal.

España es el tercer país de Europa con más mortalidad por el virus desde julio. Ya no nos asustan las cifras. Vivimos, desde hace meses, midiendo las estadísticas para ver si andamos en ellas. Hay que sentir un respeto por este virus. Ha venido para quedarse. Es una frase que está en boca de todos. 

Ahora, ya perimetralmente aislados, sabemos que no es necesario logísticamente atiborrarse en la compra de papel higiénico. Lo dice un vecino mientras paga con la tarjeta de crédito: “A este virus hay que tenerle su miedo, pero tampoco es para cagarse”. Así que el buen señor sale del establecimiento sin papel higiénico y provisto con dos botellas de cava. Irá, con toda probabilidad, a celebrar su propio descubrimiento, su desahogo personal.

La luna naranja ayuda, en parte, a dibujar un círculo de nostalgia en mitad de una noche que vemos diferente. La noche ayuda a entender que mañana, cuando amanezca, no podremos viajar a ninguna parte. Esbozaremos un espacio delimitado por normas invulnerables y por un espíritu cívico que cuesta arraigar en esta esquina del mundo. 

Dicen las crónicas, impresas y digitales, que esta segunda ola nos llevará a Navidad con 8.000 fallecidos más. Pasarán las fiestas y estaremos más viejos, como decía la canción, e iremos sumando días sin esperanza a un futuro contorneado con fuego en nuestras propias narices.

El Día de Todos los Santos nos ha traído este año un recuerdo diferente de las pérdidas, de aquellos seres que no conocieron este tiempo de pandemia y que creyeron abandonarnos en un mundo seguro e iluminado. Cada vez más, a costa de palparnos la epidermis, mutamos las sensaciones por otras más creíbles y modestas, porque los sueños tampoco son tan grandes y libres como quisiéramos. Ahora se nos vienen en la proporción que estos días nos deparan, más chiquitos y reales, más asequibles incluso, más austeros y cercanos. Sobre todo, más reales.

Nos cuesta, cada día más, componer un mañana sin brechas, esbozar una primavera ausente de enfermedades olvidadas, añadir al quehacer cotidiano unas briznas de modesta felicidad. En una carpeta, hasta ahora en blanco, vamos anotando nuestros deberes por cumplir o incumplidos, las pesadillas recurrentes de días vacíos, las ventanas sin horizonte que circundan nuestra vida. 

Perimetralmente hablando, pisamos las calles y respiramos el mismo aire envenenado de ayer, y bebemos cerveza congelada en la misma mesa del mismo bar, pero sabemos, más adentro, que los días se repiten con otros números y otras variables posibles, que aquí, después de todo, la espera –o la cuarentena, depende a quien le pille– no hay quien se la salte. Hay un perímetro interior que ahora sí nos aprieta el cuello y nos doblega a entender cómo es este dolor compartido.

Tenemos aforo limitado para casi todo, menos para entender, para solidarizarnos, para emprender nuevos retos, para abrir la fiesta si hay razones sólidas, para inaugurar celebraciones convincentes y seguras, para comprender el sinsentido de las cosas. 

De nuevo, sentados en las terrazas, nos encontramos con nuestras propias sombras. Volvemos a llenar el frigorífico como si otra guerra estallara a nuestros pies. Aprendí con el anterior confinamiento a congelar el pan. Antes no se me había ocurrido. Después pasé a congelar los sueños truncados, los encuentros pospuestos, los amores siempre alerta, los libros que siempre vivieron congelados en mi alma y en los anaqueles.

A estas alturas, la casa se asemeja a un iceberg. Y solo escribo de la parte que flota y se ve. Más abajo, sumergida, conservo esa otra parte de la vida que nadie conoce, que yo mismo construyo en horas muertas, en esos momentos en que la realidad me abandona y logro sobrevivir a tantos proyectos que sé que serán tangibles cualquier día. 

Lo sé tanto más en estos días en que perimetralmente mis sensaciones cruzan las orillas de otros ríos sin que mi voluntad pueda contenerlas. Y más allá, donde se agota una luna naranja, sé que el vuelo no atiende a perímetros posibles. Y ese pensamiento ayuda. Claro que ayuda.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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