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6 de agosto de 2020

  • 6.8.20
Alfonso XIII fue un rey que sí que tuvo que exiliarse para evitar el derramamiento de sangre –y porque estaba solo, las cosas como son–. En su despedida, ofreció lo más parecido a una disculpa que España había oído hasta entonces de un Borbón, y que no sería superado hasta la pillada de Juan Carlos I en Botsuana: "Un Rey puede equivocarse, y sin duda erré yo alguna vez, pero sé bien que nuestra patria se mostró en todo momento generosa ante las culpas sin malicia".



La malicia de las culpas es una realidad en la que no vamos a entrar. Desde luego, culpas tuvo él, tuvo su hijo y, ahora, su nieto. En cualquier caso, quisiera rememorar la abdicación de 1977. Este hecho es irrelevante desde el punto de vista del flujo de los acontecimientos, pero lleva aparejado una intrahistoria familiar interesante.

Juan Carlos I fue reconocido rey, conforme a la Tradición, el 14 de mayo de 1977, más de año y medio después de su coronación oficial, en noviembre de 1975. Para los monárquicos más recalcitrantes y los puristas, daba igual que Juan Carlos hubiese sido proclamado en Cortes. Era su padre, Don Juan, el que tenía todos los derechos dinásticos. Es más, hasta esa fecha, Don Juan no había reconocido a su hijo como rey, ni había cedido la jefatura de la Casa Real.

En junio de 1975, a pesar de que Juan Carlos había sido nombrado sucesor por la legitimidad del Régimen, no dudó en recordar su existencia en un polémico manifiesto: "Como depositario que soy del tesoro político secular que es la Monarquía española, no me he sometido a ese poder personal, dilatada e inconmoviblemente ejercido por quien fue encumbrado por sus compañeros de armas para la realización de una misión mucho más concreta y circunstancial".

Esta declaración incluía dos verdades incómodas para el sucesor de Francisco Franco. La primera, que conforme la voluntad que expresó Alfonso XIII en 1941, él era el legítimo rey de España. No heredero, sino rey, con el nombre de Juan III. Un hecho que el relato épico y deliberadamente exagerado de la Transición no ha dejado de rememorar como una de las complicaciones del joven heredero.

Un relato en el que Don Juan también tiene un rol de redención monárquica. Su padre, Alfonso XIII, no hizo nada por impedir que los monárquicos se unieran a las fuerzas más ultraconservadoras del país tras el Golpe de Estado que encumbró la dictadura. Él mismo apoyó al Golpe en sus inicios.

En 1941, por puro tacticismo –su ideología personal solo la conocían él y los suyos–, el padre del Rey Emérito apoya públicamente a los aliados en la II Guerra Mundial y comienza a separarse de la figura del dictador. En 1945, exige en el Manifiesto de Lausana su salida del poder. Sin embargo, España no es atacada, por lo que el rey exiliado queda aislado y busca, a lo largo de su trayectoria política, el apoyo y la simpatía de unos derrotados que tampoco lo respetaban.

Por tanto, la abdicación de “Ioannes III, comes Barcinonae”, tal y como refleja su tumba en el Panteón Real en San Lorenzo de El Escorial, fue más que una reconciliación familiar o una anécdota histórica. Fue el último acto de legitimación del reinado de Juan Carlos I. Un acto que, sin duda, estuvo presente en la abdicación del propio Rey Emérito en junio de 2014. En el discurso del conde de Barcelona, éste expuso:

"El respeto a la voluntad popular, la defensa de los derechos personales, la custodia de la tradición, el deseo del mayor bienestar posible promoviendo los avances sociales justos, han sido y serán la preocupación constante de nuestra familia, que nunca regateó esfuerzos y admitió todos los sacrificios, por duros que fueran, si se trataba de servir a España. En suma, el Rey tiene que serlo de todos los españoles".

Es difícil evitar una sonrisa sarcástica sobre la declaración de los intereses políticos de la “familia” Borbón. El conde de Barcelona falleció en 1993, dejando este último título a su heredero. Un título que, siempre pensé, debería de haber mantenido, en vez del peculiar ‘Rey Emérito’.

Hoy, Carmen Calvo se muestra osada cuando afirma que el ex jefe del Estado “no huye de nada porque no está inmerso en ninguna causa”. Lo segundo es cierto, sin duda. O, al menos, en el momento en que se están escribiendo estas líneas. Si bien, no olvidamos las disculpas que tuvo que expresar por otros actos. En cambio, la afirmación de que el Emérito no ha huido supone una falsedad que roza la obscenidad.

Casi tanta, como la calificación de ‘exiliado’ que diferentes medios de comunicación le han otorgado. Por otro lado, no son pocos los editoriales de prensa escrita que han alabado su huida para evitar que sus “asuntos personales” salpiquen al actual monarca. ¿Asuntos personales?

Juan Carlos I fue jefe de Estado y no ha huido por sus affaires amorosos, sino por sus supuestos business financiados con dinero público. Precisamente él, al que la tradición y el deber constitucional exigían ejemplaridad. Y su sucesor ha avalado su decisión, demostrando con ello, también, poca ejemplaridad.

La “familia” a la que hacía referencia el conde de Barcelona ya ha demostrado sobradamente su escaso interés en “servir a España”. Ojalá unas elecciones sirvieran a Felipe VI, igual que ocurrió con su bisabuelo, para que a éste le quedara claro que no tiene “el amor de su pueblo”, y marchara, este sí, a un exilio que nos trajera la III República. Sin embargo, la posición del Partido Socialista deja esta opción bastante lejos. Progresismo lo llaman…

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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