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22 de agosto de 2020

  • 22.8.20
Estoy convencido de que, por muchos años que vayamos cumpliendo, nunca es tarde para disfrutar de la infancia, ese baúl en el que guardamos los tesoros de los deseos y de las ganas de vivir. ¿Recuerdas –querido amigo José Tomás– aquella época infantil en la que, desvalidos, no teníamos inconvenientes para pedir y para aceptar ayudas?



Cuando, quizás con un tono despectivo, algunos amigos dicen que los ancianos somos “unos niños pequeños”, a poco que lo pienso llego a la conclusión de que tienen más razón de lo que ellos imaginan. Por eso, deberíamos recuperar algunas de aquellas pautas de comportamiento que, grabadas en nuestras conciencias –en nuestras neuronas– facilitan las actividades y hacen más grata la convivencia con los familiares y con los amigos.

Tras observar detenidamente algunas de las reacciones de compañeros y de amigos de diferentes profesiones y de diversos estatus sociales, he llegado a la conclusión de que los mayores requieren un trato peculiar, diferente al que les dispensábamos cuando se encontraban en plenitud de facultades físicas y mentales, y algo parecido al que damos a los niños o los adolescentes.

Si les prestamos atención, podemos aprender de ellos lecciones importantes. Me he fijado, por ejemplo, en los que, en el atardecer de las vidas, tanto los que han descendido de las confortables poltronas y se han despojado de ornamentos, de capisayos, de insignias y de galones, como quienes son personas sencillas, solo conocidas y apreciadas en los ámbitos familiares –esos hombres y mujeres que no han sido beatificados en procesos canónicos ni santificados oficialmente por las curias políticas, periodísticas o académicas– nos transmiten unos valores importantes –los realmente importantes– que pueden orientar nuestros comportamientos y, quizás, curarnos de esas suficiencias y tonterías que caracterizan a las personas “importantes”.

Estoy convencido de que a todos nos resulta saludable y gratificante sacar a la luz esas virtudes sencillas que dotan de consistencia y proporcionan solidez a las vidas normales de los seres mayores que conviven con nosotros y que ya están alejadas de las convenciones sociales más o menos arbitrarias.

Es ahora cuando podemos descubrir la verdad que llevan dentro, esas cualidades escondidas que definen su talante más que su talento, su ética más que su estética, su bondad más que su santidad, su sencillez más que su grandeza, su sobriedad más que su exuberancia, sus silencios más que su elocuencia y su discreción más que su pedantería.

¿Por qué los he comparado con la infancia? Porque tengo la impresión, de que, en gran medida, los rasgos principales de los mayores coinciden con los de los menores como, por ejemplo, la menor necesidad de alimentos, la torpeza al andar, la identificación de la realidad y lo imaginario y, sobre todo, la disminución del nivel egocéntrico, el aumento de la vulnerabilidad y la importancia del tacto, sí, el tacto sensorial y, sobre todo, el tacto sentimental.

Para lograr una ancianidad satisfactoria hemos de cuidar el organismo con el fin de prolongar su capacidad de movimiento y de aumentar la sensibilidad, esa facultad de disfrutar con los olores, con los sabores, con los sonidos, con las texturas, con las luces y con los colores, pero, sobre todo, hemos de cultivar nuestra mente y nuestra sensibilidad con el propósito de lograr que se desarrollen las destrezas de recordar y de olvidar, de esperar y de soñar, de hablar y de callar, de amar y de crear.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO


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