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10 de agosto de 2020

  • 10.8.20
El pasado jueves se cumplió el 75.º aniversario de la primera vez que se utilizó un arma nuclear durante una guerra. El 6 de agosto de 1945, el bombardero norteamericano Enola Gay dejaba caer una bomba atómica, que se acababa de inventar semanas antes, sobre la población civil de Hiroshima, matando al instante más de 70.000 personas y otras 100.000, posteriormente, a causa de la radiactividad.



Tres días más tarde, otra ciudad japonesa, Nagasaki, recibiría el mismo castigo, dejando un balance menor de víctimas, pero significativo en comparación con su población: 40.000 muertos por la explosión y otros tantos como consecuencia de la radiación.

Nadie hasta la fecha ha pedido perdón por las víctimas civiles de una atrocidad que no estaba justificada. La devastación sufrida por las dos ciudades determinó la rendición de Japón y el final de la Segunda Guerra Mundial.

¿Fue necesario el sacrificio de tanta gente inocente? La lógica de cualquier guerra se aparta de cualquier razonamiento racional, si se permite la redundancia, en el que imperan valores morales y éticos que no se tienen en cuenta para conseguir la victoria.

Porque si no se arrojaron las bombas sobre complejos militares e instalaciones gubernamentales implicadas en el conflicto, la única finalidad que se deduce de dicha decisión es que se usó la bomba atómica para demostrar la superioridad armamentística norteamericana y ocasionar un shock en el enemigo de tal magnitud que lo abocara a la rendición incondicional, como en efecto sucedió.

Japón, que solo mantenía una fuerte resistencia en el combate por tierra, se rindió el 15 de agosto, después de que la entonces URSS atacara a las tropas niponas estacionadas en Manchuria (China), infligiéndole grandes pérdidas y, lo que fue peor, desbaratando las intenciones de Japón de conseguir una posible mediación soviética, con quienes no estaban en guerra, para una paz negociada con Estados Unidos.

Los hongos nucleares que se elevaron sobre las dos ciudades no permitieron otra paz que la incondicional ni otra vía para alcanzarla más que la militar, aunque los “daños colaterales” provocados entre la población civil fueran inmensos y descomunalmente crueles y despiadados.

Ojalá este capítulo ignominioso de la última Guerra Mundial sirva para extraer lecciones acerca de que no todo está permitido en ninguna guerra, instando a la reflexión en el 75.º aniversario de aquella locura humana, precisamente en un momento, como el actual, en que existen demasiadas tentaciones bélicas por todo el planeta y ciertos mandatarios que presumen de poseer armas aún más destructivas.

DANIEL GUERRERO

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