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Antonio López Hidalgo | La necesidad de las palabras

Escucho a Cayetana Álvarez de Toledo, en mitad del Congreso, decirle a Pablo Iglesias que es hijo de un terrorista. La tal Cayetana, que nunca ríe –porque nunca ha reído– tiene siempre una expresión de mala leche que no da miedo. Da pena. También da vergüenza. Tiene aire de criatura avinagrada, una delgadez que no es secuela de la inanición –las marquesas no pasan hambre– sino de las dimensiones que absorbe el odio a los pobres en su estómago malherido y atrofiado también por tantos otros odios.



Cayetana tiene lengua viperina, un sentido del humor que solo alcanzan a entender los seres mediocres de una fuerza popular que pretende sobrevivir con el insulto, el argumento chusquero de un pasado vomitivo y un futuro incierto donde ya no cabe el franquismo sociológico.

Está enamorada –políticamente hablando– de Pablo Casado, que tiene por todo currículum un expediente académicamente adulterado o plagiado. Le gusta porque siempre anda también cabreado. Nada le gusta del país que nosotros amamos.

Vivió de las tetas del partido. Podría mostrarnos sus premios, sus artículos publicados en revistas indexadas, sus libros, sus conferencias. Pero no tiene. Nació para el estrellato electoral. Ahí no valen oposiciones ni concursos. Ni aduanas. Todo es vía libre. No hay nada como un buen padrino.

Pero hay estrellas que no brillan. Porque dentro de él –o de ellos– no hay nada. Un día José María Aznar se enamoró de él. Era joven, sonreía de vez en cuando y no sabía de nada. Aznar, que tampoco sabe de nada, le pareció un delfín fotocopiado para que su obra no naufragara en Las Azores.

Mientras lo pensaba, se hizo millonario –también su hijo– aprovechando la mala suerte de las criaturas desahuciadas en otra crisis que ya olvidamos. Cuando la covid-19 nos amenazó, el expresidente se escabulló y acabó –sin querer, claro– en Marbella con su esposa, su perro y sus guardaespaldas. Rajoy, más digno, creyendo que no vulneraba ninguna norma, siguió corriendo a su ritmo en un empeño inútil de crear una nueva modalidad en el deporte olímpico.

Cayetana nunca ríe. Y no se entiende. Porque lo que ocurre en su partido es de risa. Siempre están cabreados. Todos y todas. Con ellos. Con el país. Con los rojos en el poder. Como les pagaron los estudios sus padres o sus abuelos –y les fue fácil y bien–, no acaban de enterarse de qué va la vida. Y cómo se puede sobrevivir en el tumulto del mundo sin amuletos familiares.

Heredaron apenas sin un rasguño el cabreo de los abuelos. Genéticamente, están fabricados para insultar. Los educaron en buenos colegios, pero en aquel entonces las monjas –solo algunas, claro– se dedicaban a robar bebés y no a educar a niñas y niños de mamá y de papá.

Hoy están tristes. Porque andan extraviados y extraviadas en el ruedo de la política sin saber qué decir y qué hacer. Es lo que tiene abrir el micrófono y solo derrochar mala leche. O frases incorrectas, incómodas, en las que la educación de clase no deja más tarde la más mínima huella. Tampoco deja una delgada y sutil metáfora en estos tiempos de confinamiento en los que tanto se agradece una frase bien construida.

Cayetana, que seguro se duele cada noche de la muerte incomprendida e injusta de nuestro caudillo Franco, dice que el padre de Iglesias era un terrorista. Ya la Antigua Grecia hablaba del derecho al tiranicidio. Pero, claro, ella, que nunca ríe, porque hay muertes que duelen tanto, es incapaz de entender la lucha contra un régimen que solo trajo a este país un tizne de infamia que no logramos borrar.

Pero ella ignora también que en este país hay una derecha educada, culta, que no se cabrea tan fácilmente y cuida muy mucho de operar con palabras de mal gusto y que hieren. Ella de esto no sabe. Porque, hoy, ser marquesa no significada nada. El título ya no derrama inteligencia, elegancia, el conocimiento por las palabras hábilmente expresadas para dignificarnos sin necesidad de que la propia frase nos defina como personas no gratas.

Estos días hemos escuchado –como tantos otros– en el Congreso el insulto, el desagravio, la palabra malsonante, el argumento vacío, la voluntad torpe de pretender romperlo todo, la verdad impostada. En mitad de una pandemia, donde solo debería importarnos la vida –y nadie escapa al mordisco de esta mosca– solo escuchamos palabras avinagradas, frases ácidas, metáforas desafortunadas, fruto todas de un programa político que huele a tiempo pasado y muerto, que huele a momia irreconocible. Esta derecha triste que nos deja la covid-19 ya no cuenta con ese conglomerado de esa otra derecha que no quiere aquella historia que todavía hoy nos denigra en Europa.

Por eso, a veces, y tantas veces, me encierro con mis libros y descubro en sus páginas otras palabras que no son estas; otras palabras en las que belleza brilla como estrellas en la noche y guían como luciérnagas en los sueños más contumaces.

Hay autores y libros que me mantienen ajeno y vigilante de esta otra vida que unos cuantos se empeñan en quitarnos y que deben aprender ya que ese empeño solo es una vocación frustrada e inútil. Porque si la felicidad que la derecha busca implantar no es compartida, no tendrá lugar en ese futuro que todavía está con por construir. Y que tal vez no se parezca tanto al que dejamos atrás, pero que tampoco será una fotocopia de esa historia miserable que heredamos hasta ahora. Y que tan mal huele. Esto, desgraciadamente, ya no es de risa. Visto así, igual Cayetana acierta a entenderlo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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