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24 de abril de 2020

  • 24.4.20
Este hombre, sentado en la terraza de su apartamento, vive un confinamiento apacible. Eso sí, deseando que abran los bares para, guardando las distancias establecidas, beber tres cañas de cerveza helada en el mínimo tiempo posible. Como si se tratara de un concurso, vamos. Mira el tráfico que se ha diluido en ninguna parte y escucha la fiesta de cantos de los pájaros que han invadido las carreteras, las calles y los jardines, tan dichosos de recuperar un paraíso del que serán expulsados en unas semanas.



Vive una soledad medida y buscada estos días, hasta que una llamada al móvil le ha recordado la voz de aquella mujer y se ha metido de lleno a escudriñar las formas tan dispares de cómo se puede hacer compatible el amor con el confinamiento.

Del poliamor en el que se sumerge buena parte de los más jóvenes, hemos sucumbido en el autoamor o en el no amor. Tal vez dependa del amor propio –que no se trata de hacer el amor con uno mismo, precisamente– y de cómo venzamos la ausencia de otras personas, para que salgamos indemnes de este vía crucis con nosotros mismos.

Quienes viven solos, como este hombre que está sentado en su terraza, se acomodan a sus propios horarios, a sus lecturas variadas, a soñar en una salida viable cuando por primera vez de nuevo podamos cruzar las calles a nuestro antojo.

Solteros y solteras se han escondido emocionalmente en las aplicaciones de citas. En Meetic, por ejemplo, la aplicación líder en esta materia, tiene petado el mercado del corazón para nuevas relaciones con propuestas tan variadas como increíbles.

Si atendemos a cuanto se cuentan enamorados/-as y seductores/-as por el móvil, los primeros meses de pospandemia serán un nido de pasiones apretadas y de desbarajustes sentimentales y desordenados que, con toda seguridad, nos darán a conocer nuevos métodos y herramientas plurales que harán más amables y sugerentes las prácticas amatorias.

Los hay también a quienes les ha tocado vivir estos días con la pareja de para siempre, tanto en la enfermedad como en la pandemia. Con toda seguridad, los curas andarán buscando una variante para quienes piensen contraer matrimonio próximamente.

Aquí derivan dos modalidades bien encontradas. Los amores recientes que aún piensan que sobrevivirán a los excesos de las hormonas descarriadas y al Covid-19 a base de alcohol de romero y revolcones sin límite. Y aquellos otros, ya chamuscados por la monotonía del tiempo y la desidia, que aspiran a una soledad mansa como agua de mayo. La fecha de mayo, claro está, será puro azar. Aquí la ciencia no propone apuestas.

En el diagrama de otras posibilidades habría que reseñar a aquellas otras parejas que les ha tocado en suerte vivir en ciudades distintas o en país colindantes o no. También aquí podríamos incluir a aquellos amores que no han hecho nada más que nacer, que apenas se abrazaron y se revolcaron en cualquier motel cuando la ley les impuso injustamente la vigilia como el peor de los castigos. Hay en estos amantes una espera incontenida, en la que la desesperación y la esperanza no abren paso a la desesperanza.

Y una tercera posibilidad –muy excepcional, por cierto– podría ser la de aquellos amores ya muertos por inanición que refulgen por puro azar o por el miedo a otros tiempos que desconocemos. La apunto, solo, por si a nadie se le ha ocurrido y le ocurriera u ocurriese por mor de las hadas o de las brujas. Mi dirán que no es tiempo de milagros. Y llevarán razón.

Pero a este hombre que, sentado en su terraza, mira un paisaje quieto, no se le puede ubicar en ninguna de las categorías ya mencionadas. No le ha llamado suspirando su exmujer. Tampoco ninguna de sus amantes apremiando con que acabe el tiempo muerto y volvamos a la misma jugada, que el fin del partido apremia. Y eso que las amantes tampoco fueron pocas.

Al instante ha reconocido la voz de esa mujer. Hace tiempo, tanto tiempo que no sabe de ella. En otros días pudieron haberse amado, pero los vientos del desatino soplaban entonces en la misma dirección. Hubo miradas y frases para incluir en el mejor libro de amor de estos tiempos. Hubo mensajes subterráneos, frases de doble sentido, alguna broma certera que la hizo sonreír.

Desde entonces no sabe de ella. Ahora, sí. Ahora ella también vive sola. Es feliz a su modo, engañando a los años para que no mancillen su inquebrantable belleza de criatura maravillosa. Ella le dice que, durante todo este tiempo de ausencias, supo de él por los periódicos, por las imágenes emitidas en los telediarios.

Le dice ella que no hubo nada entre nosotros, pero que no logró olvidarlo. No sabe bien por qué. Él, observando un sol que maniobra por escapar de entre las nubes en un día gris, le ha dicho antes de apagar el móvil que él tampoco la olvidó. Le ha dicho que se verán cuando todo esto pase, cuando el tráfico otra vez vuelva a aportar su cuota de polución al calentamiento global y los pájaros se escondan también de un cielo inmenso al que no tendrán acceso.

Y tal vez entonces, en esa mañana de mañana, que cada cual administra a su modo y manera, él ya piensa en un primer encuentro, en un tiempo de estío que se le escurre entre las manos, en la posibilidad urgente de un abrazo imposible y necesario. Y piensa también, sentado en la misma terraza, en las diferentes variables que siempre ofrece el arte de amar, incluso en tiempos del Covid-19.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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