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30 de marzo de 2020

  • 30.3.20
Llevamos más de dos semanas enclaustrados a cal y canto en nuestros domicilios para protegernos de un virus sumamente contagioso. Se trata de una pandemia que ha llevado la infección, el shock social y la muerte allá por donde ha pasado, desde China, núcleo inicial de la epidemia, hasta España, donde el número de afectados no deja de crecer.



Un tercio de la humanidad, como titula un periódico, vive ya confinado a causa de esta enfermedad: 2.600 millones de personas que tratan de eludir este virus encerrándose en sus casas. Es por ello que la atención y la preocupación de la gente y de los medios de comunicación están concentradas en este problema, tal vez el más grave, extenso e intenso que haya conocido nunca el mundo moderno.

Desde las antiguas pestes (bubónica, negra...), la última de las cuales también se originó en China, hasta la pandemia del sida, la población actual ignoraba la absoluta vulnerabilidad a la que está expuesta en estos tiempos caracterizados por la globalización, fenómeno que también alcanza las enfermedades, por la que una infección asiática se contagia al resto del mundo con la rapidez de nuestros desplazamientos y medios de transporte.

Jamás la actual generación viva del planeta se había enfrentado a un problema sanitario de semejante envergadura, y sin medios para combatirlo. Son tiempos, pues, de estupor y miedo. No resulta extraño, por tanto, que este asunto, que afecta a la salud de todos, eclipse todos los demás de la actualidad.

Pero la realidad, sin embargo, es diversa y compleja, y sigue ahí influyendo, de manera latente, en nuestras vidas y en la gobernanza mundial. Hay otros asuntos, menos urgentes si se quiere, que también forman parte del marco en el que se desenvuelve nuestra convivencia, como colectividades interrelacionadas e interdependientes, y condicionan nuestras expectativas de futuro.

Uno de esos asuntos es la monarquía: un tema muy espinoso, pero silenciado por el protagonismo de la pandemia. Se trata de la presunta actividad delictiva del Rey emérito, que está siendo investigada por la Justicia suiza a causa de una cuenta a su nombre utilizada para blanquear capitales y eludir impuestos.

Es un tema grave porque pone en cuestión la integridad moral de esta institución que encarna la Jefatura del Estado en España, un pilar básico del sistema democrático surgido con la Constitución de 1978. Tan grave para el crédito y la confianza de la Corona que el actual Rey de España, Felipe VI, se ha visto obligado a hacer público un comunicado oficial de la Casa Real para desvincularse de las actuaciones de su padre y renunciar a cualquier herencia que pudiera corresponderle, fruto de esas actividades presuntamente delictivas.

De esta manera, vuelve aflorar a la opinión el debate social sobre el régimen político del Estado, lo que acabará condicionando, no solo la política, sino también la convivencia serena y reflexiva de la población.

Porque la redefinición de nuestro Estado coexistirá con las tensiones territoriales que alimentan algunas regiones. No hay que olvidar que, aunque estemos confinados, el independentismo catalán vive sus horas bajas, pero sigue coleando. Continúa presionando donde y como puede para no ser ocultado por la coyuntura.

Así, un día exige, por ejemplo, el cierre de las fronteras catalanas –como si fuera un territorio independiente– para aislarse de la pandemia que asola España. Y otro día rechaza la colaboración que el Ejército pueda prestar en Cataluña durante la pandemia, viéndose obligado a rectificar más tarde, cuando se desbordan los casos, para solicitar la ayuda de la Unidad Militar de Emergencia (UME) para desinfectar instalaciones.

Con todo ello, el Govern no persigue proteger a los catalanes, sino conseguir iniciativas que puedan interpretarse favorables al objetivo secesionista. No cejan en el empeño de utilizar el mal que a todos nos afecta para sus fines políticos, dividiendo a la sociedad en su conjunto. Un espectáculo sumamente triste.

Mientras tanto, el mundo sigue girando. En EE UU, donde su presidente, Donald Trump, se permitió minusvalorar la gravedad de la pandemia y aprovechar su aparición en China para profundizar su guerra comercial con aquel país, han tenido que adoptar también el aislamiento de la población, el uso de las mascarillas y el cierre de muchos comercios. Trump es reacio a tales medidas porque, para él y para muchos empresarios y magnates, lo que prima es la economía, no la salud y las vidas humanas.

El presidente de EE UU comparte el gen más radical o ultra de algunos republicanos, que se ofrecen hipócritamente a morir por el mercado, cuando los que mueren son las víctimas de sus políticas contrarias a una sanidad universal y a las ayudas a los más necesitados.

Sin embargo, hasta Donald Trump también ha tenido que rectificar, entre otros motivos, porque en noviembre los estadounidenses vuelven a las urnas. Trump es hábil con enemigos inventados –China. Venezuela, inmigrantes...– que le sirven para envalentonarse y lanzar amenazas apocalípticas de nulo efecto, pero es incapaz de lidiar con los problemas reales, como la pandemia del coronavirus.

La próxima campaña electoral le ha obligado a impulsar el plan de rescate económico más importante, por su cuantía, en la historia de EE UU. Ha tenido que abandonar su ideología de que el mercado satisfaga las necesidades de los ciudadanos para asumir la que permite al Estado protagonizar la atención de tales necesidades, como preconizan los “socialistas”. Es decir, ha debido de hacer lo contrario de lo que pregona el neoliberalismo que él lidera.

Y, para colmo, ha tenido que pedir la colaboración de China para compartir información con la que hallar soluciones a este problema mundial. Es una mutación absoluta de su ultranacionalismo aislacionista hacia un internacionalismo multilateral. Y todo para no verse sobrepasado como un completo inútil en la gestión de esta pandemia que ya ha convertido a EE UU en el país con mayor número de infectados del mundo. ¡Cuántos sapos para ganar la reelección!

Pero no reniega a su condición de matón. Para compensar tantas renuncias ideológicas, cual sheriff del Oeste, Trump ha puesto precio a la cabeza de Nicolás Maduro, ofreciendo una recompensa a quien consiga derrocarlo en Venezuela. ¡Quince millones de dólares por su captura! Lo que no consigue con la política, incluso con los embargos, lo quiere lograr con la avaricia de los mercenarios.

Es la única estrategia que le queda para expulsar a Maduro, al que considera un dictador, del poder del país sudamericano, y que cuestiona la política y el derecho que se arroga el poderoso vecino del Norte para interferir en el resto del continente.

Es probable que el presidente venezolano pueda ser considerado un dictador, pero tanto como pueden serlo Putin en Rusia o Netanyahu en Israel, incluso Xi Jimping en China y, desde luego, Mohamed bin Salmán en Arabia Saudita. Todos ellos pretenden eternizarse en el poder y/o manipular las elecciones a su antojo para mantenerse en el cargo. Pero a ninguno, sin embargo, EE UU le ha puesto una recompensa para liquidarlos, como a Nicolás Maduro.

¿Qué ojeriza tiene Trump con Venezuela? Simplemente, intereses geopolíticos en una región que cree de su incumbencia, como considera a todo el continente americano. Ningún país gobernado por líderes o partidos de izquierdas han sido tolerados en ese “patio trasero” de EE UU y, tarde o temprano, máximo si poseen capacidad de autosuficiencia y de irradiar su ejemplo, como Venezuela con su petróleo, han sido barridos a las malas o a las buenas del poder. Como las cañoneras están mal vistas en estos tiempos, se recurre a manijeros locales, a los embargos y, ahora, a los cazarrecompensas, antes que acudir a las bombas de crucero y los marines.

Todo esto –y más– sucede mientras permanecemos en nuestras casas desde hace más de dos semanas, sin que apenas nos demos cuenta. La repercusión de tales hechos se notará en nuestras rutinas cuando vuelvan a la normalidad, ya sea cambiando las reglas en las relaciones internacionales, en la política nacional o en el precio de las energías. Así que preparémonos para cuando recuperemos la capacidad de seguir la actualidad en toda su complejidad y diversidad. No ha dejado nunca de actuar e influir en nuestras formas de vida.

DANIEL GUERRERO

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