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23 de enero de 2020

  • 23.1.20
Hay épocas mejores o peores para vivir. Al cómico Aristófanes (444 a.C.-385 a.C.) le tocó una regular, tirando a malísima: la Guerra del Peloponeso. Atenas había alcanzado su máximo apogeo político, económico y cultural, y a Aristófanes le tocó vivir las zozobras de la crisis económica, política y social que se vivió durante la guerra, así como sus consecuencias.



El conflicto era habitual entre las polis griegas. Sin embargo, esta guerra tuvo un cariz distinto. Atenas y sus aliados –y sus colonias, habría que añadir– se enfrentaron a la disciplina de los espartanos y sus asociados, así como la amenaza de su sistema de gobierno autoritario. En aquel momento, se trataba de una crisis sistémica de la Hélade, que no se resolvió hasta la ocupación macedonia, pasando por la hegemonía espartana y, después, por la fugaz estrella tebana, Epaminondas.

Suele calificarse a Aristófanes de conservador, aunque lo cierto es que en sus comedias se metió tanto con lo humano como con lo divino. Igual ridiculizaba al populista Cleón en Las avispas o Los caballeros, que a los dioses en Las ranas. Ni siquiera se libraron los ejércitos de Atenas y Esparta en Lisístrata, donde los dejaba sin sexo hasta que resolvieran el conflicto.

Como suele ocurrir en los tiempos de crisis, la sociedad se polarizó y empezaron los etiquetamientos indiscriminados. Aristófanes pone en boca de Bdelicleón, “el que odia a Cleón”, una afirmación que nos es cotidiana:
Es fuerte cosa que, sea grande o pequeño el motivo, a todo lo hemos de llamar tiranía y conspiración. Durante cincuenta años, ni una sola vez oí ese dichoso nombre de tiranía; pero ahora es más común que el del pescado salado, y en el mercado no se oye otra cosa. Si uno compra orfos y no quiere membradas, el que vende estos peces en el puesto inmediato grita al momento: «Ese hombre quiere regalarse como durante la tiranía». Si otro pide puerros para sazonar las anchoas, la verdulera, mirándote de soslayo, le dice: «Puerros, ¿eh? ¿Quieres restablecer la tiranía? ¿O piensas que Atenas te ha de pagar los condimentos?».
Es curioso comprobar cómo la historia se repite una y otra vez. Hace treinta años estaba pasado de moda hablar de fachas y rojos, los “tiranos” de la actualidad. En cambio, hoy los demagogos engatusan en todas las esquinas, hay personas tan sumisas como para prestarles oídos y, lo peor, se está fomentando una polarización social que augura lo peor.

Cada vez hay personas más convencidas de que la política va de llevar razón, y no de llegar a acuerdos con los demás. La ‘razón’ que lo justifica todo. Y no basta con ser ‘progresista’ o ‘patriota’, sino que hay que demostrar el compromiso con el ‘sentido común’.

¿Qué supremo juez de la moral decide qué se puede calificar como “feminista”, “progresista”, “facha”, “patriota” o “rojo”? ¿Cómo hemos llegado a aceptar este discurso como algo cotidiano? Es la tiranía de las etiquetas. Material para la comedia.

No podemos olvidar un hecho: los discursos no se imponen, se aceptan. Hace años que Vox existe, y no es tan lejano el recuerdo de Falange. Izquierda Unida también es una vieja conocida. Salvo el Partido Socialista, nadie ha cambiado de discurso de manera significativa, ni han cambiado sus filias, sus fobias, ni sus etiquetas. ¿Por qué ahora la población está más dispuesta a aceptarlas? ¿Han cambiado los discursos o han cambiado las personas?

Estas preguntas no tienen respuesta fácil. En cualquier caso, vivimos tiempos de populismos. Sálvese quien que pueda, y consumamos buena comedia.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

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