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18 de enero de 2020

  • 18.1.20
Alma está malita, tiene bronquiolitis. Es tan pequeñita, tan linda y dulce, que te parte el alma ver sus grandes ojos apagadizos, las medias lunas moradas que se dibujan debajo de sus largas pestañas y que tanto contrastan con su delicada piel blanca.



Sigue observando y escrutando todo pero sin esa vivacidad que la caracteriza. Sus párpados le pesan, los cierra e inmediatamente los abre por el estornudo que ha expulsado el chupe de su boquita rosa. Es precioso ver el desarrollo de un ser humano: antes mantenía siempre los puños cerrados y ahora utiliza sus manitas para volver a ponerse el chupe. Sus padres al principio no querían que lo utilizara y ahora están contentos de que tenga algo que calme su malestar.

Si la llamas por su nombre te mira, ya conoce su nombre. Cada día es una aventura nueva, un momento de aprendizaje. Pero hoy si la llamas te busca, dibuja una pequeña sonrisa y después se viene abajo por el esfuerzo.

Los moquitos vienen y van por su pequeña naricita, haciendo que le cueste respirar. Es tan chica... La cojo para abrazarla y decirle que siempre la voy a querer y proteger. Le hago una cuna con mis brazos y ella me mira con ese azul intenso, hoy levemente apagado. Se va sintiendo querida y segura, mientras se sumerge en un sueño reparador y sus pestañas dan sus últimos aleteos.

El corazón se me deshace con esa mirada de “estoy malita; por favor, cuida de mí”. Es muy buena, solo gime de vez en cuando para hacernos saber que no se encuentra bien. Todos lo sabemos porque su vitalidad y alegría contagiosa están hoy dormidas.

¡Cómo se puede querer tanto a esta muñequita! Ahora entiendo cuando mis amigas hablaban de que cuando tienes un hijo no quieres ni que le roce el aire. Yo no la he parido, pero me he convertido en una de sus guardianas: es tan fuerte lo que me remueve el corazón su fragilidad...

Sobre ella estaría todo el día hablando en diminutivos, con miles de adjetivos cursis y delicados y es que ella es la reina, no la princesa, de nuestros corazones, de todos aquellos que la miramos y contemplamos sus progresos. Con su sonrisa se te olvidan las malas noticias y este mundo se convierte en un sitio precioso donde siguen naciendo niños y niñas para que sigamos descubriendo que el amor y la bondad existen.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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