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24 de enero de 2020

  • 24.1.20
Gabriel García Márquez escribió alguna vez que todo ser humano tiene, en realidad, tres vidas diferentes: la pública, la privada y la secreta. Por alguna razón que el destino aún nunca ha decodificado, en ocasiones estas tres ramas de cada uno se unifican en una sola verdad.



Salman Rushdie, por ejemplo, vivía en todo su esplendor literario, cuando se salió del mundo para esconderse en una vida clandestina. El ayatolá Jomeini declaró su cuarta novela, Los versos satánicos, una blasfemia contra el islam, decretó en 1989 una fetua contra el escritor y ofreció una recompensa a quien lo ejecutara. Desde entonces, y hasta que se levantó la fetua, vivió en la sombra, rodeado de guardaespaldas.

La publicación de Gomorra en 2008, la primera obra de Roberto Saviano, conmocionó al mundo y cambió para siempre la vida de su autor. Este increíble y fascinante relato real es un viaje al imperio empresarial y delictivo de la Camorra. Publicado en 52 países, ha vendido 2.250.000 copias en Italia, y unos 10 millones en el resto del mundo, y fue elegido por la RAI como el libro del año de 2008 en Italia. Desde su publicación, Saviano ha vivido una vida paralela a la Rushdie. Huidos y condenados por escribir.

Thomas Pynchon, a quien solo le persiguen las leyendas, es el más elusivo de los escritores vivos. Se sabe que sus obras no las escribe un genio oculto ni un escritor famoso que esconde su nombre detrás de su propio nombre. Salman Sushdie lo conoció en una cena. Dice de él que es alto, de pelo blanco a lo Einstein y dientes de Bugs Bunny. Creyó que a partir de entonces se verían a menudo. Pero no. Nunca más supo de él.

Se le conoce por su narrativa compleja y laberíntica, así como por su aversión a los medios de comunicación. De él solo se conoce media docena de fotos de cuando era estudiante y recluta en la Marina. Su obra El arco iris de gravedad fue rechazada por el jurado del Premio Pulitzer por considerarla obscena y ganó el National Book Award; ajeno a la polémica, el autor mandó a recoger el premio a un comediante.

Citado periódicamente como candidato al Premio Nobel de Literatura, el crítico Harold Bloom citó a Thomas Pynchon como uno de los más grandes novelistas estadounidenses de su tiempo, junto a Don DeLillo, Philip Roth y Cormac McCarthy. Efectivamente, se merece el Nobel de Literatura, lo que nadie sabe es quién lo recogería en su nombre, en caso de que se le concediera, ni por qué rehuye tanto prestigio reconocido.

En estos tiempos en que todos exponemos nuestra intimidad en las redes sociales, cuesta entender a alguien como Thomas Pynchon, que preserva su intimidad al alcance de cualquiera. No importa las razones. Pepa Flores –o Marisol, como más gusten– también un día se escondió huyendo del flash, del papel cuché, de las tertulias del corazón, de quienes pretendían devorar sus vísceras para alimentar sus necesidades fagocitadoras. Quería que nadie se acordara de ella. Quería preservar los hilachos que conservaba de su intimidad mancillada y vivir lejos de los focos, de los fogones, del éxito mal entendido.

Ahora la gala de los Goya le rinde homenaje. ¿Aparecerá en aquel escenario? Claro que no. Ella no quiere hablar de un pasado que pretende olvidar, y su presente y su futuro se balancean en otro espacio del que solo ella es propietaria.

Todos nos enamoramos de ella. Primero, nos sorprendimos con la niña malagueña, con la niña prodigio, con su voz aguda, con su desparpajo. De golpe, sin darnos cuenta de que el tiempo todo lo muda, se nos hizo mujer. Y la quisimos aún más, con su voz rota y aguardentosa, con su tristeza tan bella de criatura maltratada. Pese a tanta confusión, no perdió la firmeza de su mirada ni la tristeza la tiró a un lado del camino.

Dijo que no quería recordar aquellos años del éxito y de la niñez perdida, que quería olvidar tanto desatino. Fue cuando los demás descubrimos que detrás de la fama se puede esconder la infamia, y que detrás de los aplausos se amasa una soledad honda que no se puede descomponer ni con ácido. Hace 35 años dijo que no hablaría de todo aquello. En 1985, después de presentar en el Festival de San Sebastián la película Caso cerrado, como si el título fuera un pie de foto de su propia vida, calló hasta hoy.

Tal vez la pusieron en lo alto del escenario para olvidar de la corrala con letrina compartida en la calle de Rufino de la niñez. Fue la novia que todos compartimos sin que los celos se interpusieran entre nosotros. Solo el fotógrafo César Lucas se atrevió a mostrarnos una Pepa Flores en la portada de Interviú en 1976, si bien las fotos databan de 1970, tal como muchos la concebimos en sueños inútiles. Su belleza exterior solo estaba a la altura de su alma.

Su boda con Antonio Gades se celebró en Cuba. Ni siquiera Fidel Castro se la perdió. Después, cedió los derechos de sus discos y de sus películas a cambio del olvido. Ni siquiera así lo consiguió. Porque el privilegio del olvido nunca les será concedido a criaturas como ella, en quienes la ética y la estética se funden para que nos olvidemos todo lo que sobra: tal vez del resto del mundo.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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