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Pepe Cantillo | Circo sin pan

“Pan y circo” es una expresión que proviene del tiempo de los romanos. La frase es muy simple pero muy significativa. Alude a comida que por lo normal consistía en trigo o pan para calmar los jugos gástricos que rugen como leones cuando aprieta el hambre; la palabra "circo" hace referencia a jolgorio “regocijo, fiesta, diversión bulliciosa” (sic). A veces también repartían vino.



¿Daban fiesta y comida gratis? Era una forma muy complaciente de tener entretenido y lo más contento posible al pueblo. Se trataba de acallar protestas, de no montar bulla, de ser buenos, obedientes, depositando la confianza en los mandatarios y no meterse con el poder que, se supone, sabe lo que tiene que hacer por el bien del pueblo. Lo de gratis es otro cantar. Quede claro que no solo nos controlan con alimentos.

¿Gobierno altruista? El altruismo, en sentido estricto, se refiere a “la diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del bien propio” (sic). Lo de “a costa del propio bien” vamos a dejarlo de lado. En el caso que nos ocupa, tal capacidad “altruista” siempre es a costa del erario estatal dado que los caudales públicos no son de nadie. Eso nos venden. El poder debe ser estricto administrando, cuestión que parece olvidarse con facilidad.

Una curiosidad. Muchos de dichos espectáculos en la Roma Republicana tenían origen religioso con carácter sagrado y ritual recordando a los difuntos. Con el paso del tiempo pierden dicha sacralidad y se acoplan al gusto del público. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo” desplazará al evento religioso.

Las luchas encarnizadas se desarrollaban en los anfiteatros. El espectáculo solía ser sangriento y el público terminaba pidiendo la cabeza del vencido que podía ser un criminal, un prisionero o un gladiador. Los animales eran otro de los elementos a intervenir en dichos espectáculos.

Este divertimento y la distribución de alimentos de manera gratuita se convirtieron en las dos grandes herramientas de control social. Como ejemplo, por toda la Península hay restos de circos o anfiteatros. El circo Máximo de Roma tenía capacidad para 300.000 espectadores.

Santiago Posteguillo hace una interesante descripción en el capítulo cuarto del libro Yo, Julia. Nos describe un macabro espectáculo cargado de sangre y de crueldad contra animales y amagos mortales contra espectadores. Todo ello a gusto del emperador Cómodo, que controla hasta a los senadores.

La máxima “pan y circo” ha pasado a la posteridad con sentido peyorativo. Con su uso damos a entender que la autoridad, el Gobierno o el político en el poder escamotean la realidad a cambio de diversión, de entretenimiento que garantiza una cierta actitud de conformismo y de calma en el personal.

La política de pan y circo es atemporal y está muy activa en la actualidad. No pertenece en exclusiva a ningún país. Pervive adaptándose a las circunstancias del momento y al cambio de modas. En los tiempos que corren, una de las diversiones más popular es el fútbol, actividad que mueve gran cantidad de personal desde hace tiempo y una amplia gama de negocio chanchullero. Merece la pena prestar atención al siguiente video, La gran mentira del fútbol:



A esta actividad hay que añadir otros deportes como maratones, carreras pedestres, de bicicletas, todo ello estratégicamente programado y distribuido. Sería interesante hacer un análisis de diversiones selectivas en las que famosos y famosillos se embarcan para entretener al pueblo.

¿Preocupación por el personal? En pocas palabras, se trataba de tener entretenida y lo más contenta posible a la plebe. De dicha frase lacónica y fácil de comprender y retener por su brevedad, es posible que derive nuestro refrán “las penas, con pan, son menos”.

En resumen una pena será más llevadera con pan y con la ayuda de alguien, en este caso el “Poder”, que puede ser de todo menos tonto. ¿Caridad cívica? Dicho pan es un apoyo material y psicológico para compensar el malestar dentro de una sociedad descontenta y saturada de apuros que ahogan a los ciudadanos de aquella Roma o de esta Hispania.

No hay que ser un lince ni tener vista de lince para olisquear que nos están dando gato por liebre. Puede que no seamos, en general, tan astutos como el lince pero tampoco tan tontos ni tan papanatas como a veces nos hacen creer desde el poder. Aun así, nos dan con frecuencia gato por liebre.

Mañana… Lejos quedan las promesas hechas en el orden económico, social. Verdades a medias, mentiras camufladas, bulos, son parte del concierto que nos ofrece el panorama político, tanto si lo controla, como se dice ahora, una “casposa” derecha, como si lo promete una “suavizante” izquierda que se jacta de tener “ideas y actitudes avanzadas” que también se pueden calificar de casposas por su carácter “lenitivo”, es decir, capaz de “ablandar y suavizar”. Y pare usted de canturrear.

Para pregonar que se tienen ideas avanzadas hay que aportar hechos por aquello de que “obras son amores y no buenas razones”. De nada valen las promesas si no van de la mano de resultados. Hacer promesas es tan fácil como respirar: el problema estriba en cumplir con lo “pro-metido”. El panorama político que nos circunda podría ser ejemplo de promesas mil, que van “quedando en agua de borrajas”, es decir, “en nada”.

¿Verdad que en poco ha cambiado la situación desde los años de Maricastaña a hoy? En lo que atañe al circo, la fiesta puede que se haya dulcificado, en apariencia, un poco por aquello de que no deja mucha sangre. Hoy disfrutamos de espectáculos que aglutinan a una gran masa de personal.

Se han anulado las luchas contra animales feroces pero no entre animales humanos que en determinados eventos desarrollan una conducta feroz “brutal, agresiva, despiadada, cruel” (sic), por lo sádico de su comportamiento. Hoy no se pide la muerte del gladiador vencido pero a veces falta poco para que se haga presente.

La fiesta era la fiesta. Nuestros eventos de masas están, por lo general, más humanizados que aquellos sangrientos encuentros entre gladiadores o con fieras salvajes hambrientas. Es verdad que de cuando en cuando nos visita el terror.

Las carreras de coches o motos han sustituido a las de cuadrigas. No así a las carreras pedestres, entre ellas el maratón que no es romano pero está de plena actualidad. Tanto unas como otras consistían básicamente y siguen con la misma “monserga”, que no es otra que “tener entretenido y lo más contento posible al pueblo”. De ahí la razón de ofrecer el máximo de parranda. A más diversión menor preocupación.

Como botón de muestra un breve repaso por el maratón celebrado en Valencia a final del año pasado. Todos contentos, sobre todo las autoridades pertinentes, ufanas ellas, hablan de una multitud de miles de personas tanto autóctonas como venidas de otros rincones europeos. El evento contó con más de 30.000 participantes, según datos oficiales.

El maratón es una carrera de resistencia con el desafío de correr 42 kilómetros. Valencia es una ciudad normalita en lo referente a su extensión y por supuesto llana. La carrera parte de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Según palabras del director de Strava, Valencia es el corazón del running en España.

Un remate curioso. El poder, sobre todo local, en lugar de prohibir taxativamente fiestas arraigadas, ofrece novedades festoleras que intentan desplazar a las ya existentes. Hay veces que el cambio es fácil pero otras tantas se resiste. El pan ya no suele ser elemento de enganche a la fiesta.

PEPE CANTILLO
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