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29 de diciembre de 2018

  • 29.12.18
Y llegó la Navidad. Como un componente del eterno retorno del que nos hablara Friedrich Nietzsche, ya nos encontramos en el ecuador de un ciclo que, año tras año, nos convoca a su cita. Papá Noel ha visitado los hogares de muchos niños; en los de otros, los padres les han dicho que es mejor esperar a los Reyes Magos, que vienen a la vuelta del nuevo año y que sobre sus camellos vienen cargados de esos juguetes con los que tanto sueñan.



Pero en estos tiempos de ávidos consumos, la Navidad nos la anticipan cuando las ciudades las iluminan con pequeñas bombillas multicolores, colocan abetos en lugares estratégicos y cuando acudimos a los supermercados a comprar y comprobamos que nos animan con villancicos cantados en inglés que se escuchan en toda la superficie de los mismos.

Hablando de luces navideñas, este año el primer edil de Vigo, Abel Caballero, con todo el entusiasmo del mundo, y de modo anticipado, nos decía que iba a llenar la ciudad de luces, de no sé cuántos millones de bombillitas led, tantas que para nada tendría que envidiar la ciudad gallega al mismo Nueva York. También los alcaldes hacen publicidad a su manera.

Y en ese eterno retorno que vivimos, no podría faltar el tradicional Sorteo de Navidad del 22 de diciembre, que todos los años, desde décadas inmemoriales, se celebra puntualmente con el método de la extracción de los números de los bombos para que no se perdiera ese sabor que emerge de los recuerdos familiares y de la infancia.

Como el Estado se lleva un pellizco nada despreciable de lo recaudado, es decir, muchos millones de euros (antes eran de pesetas), a algún directivo se le ocurrió que, ante la competencia que se abría con otros sorteos y tipos de apuestas que se multiplicaban por la geografía española, bien podría Lotería Nacional gastarse un buen dinero en una campaña publicitaria que fuera lo suficientemente impactante, para que los españoles no perdiéramos el hábito de comprarnos algunos décimos.

Bajo esta idea, nacieron aquellos anuncios protagonizados por “El calvo”, personaje que, en un ambiente gélido, con cierto aire de nostalgia y buceando en los sentimientos recónditos de la población, nos recordaba con suficiente antelación que no nos olvidásemos de adquirir esos décimos o participaciones que nos harían soñar en una vida mucho mejor que la que teníamos o tenemos ahora.

Pero, ay, tal como he apuntado, vivimos en una sociedad en la que el consumo y su agente comercial, es decir, la publicidad, no duermen las veinticuatro horas del día, de modo que en ellas planifican esos mensajes con los que buscan seducirnos, pretendiendo que no nos equivoquemos y no caigamos en las redes de una marca de la competencia, sino que permanezcamos fieles a la buena, a la auténtica, a la de calidad, pues solamente hay una que nos puede garantizar la pureza del producto que vamos a comprar.

Y siguiendo el exitoso modelo de Lotería Nacional, otra marca de productos cárnicos, muy española, como debe ser, hace unos años se lanzó también a ‘tirar la casa por la ventana’ y sacar para estas fechas unos spots, o pequeñas películas, que veríamos por televisión, pero que, en los tiempos digitales que vivimos, su objetivo real era que funcionaran en las redes sociales y se hicieran virales por medio de los envíos y los reenvíos de los adictos a los móviles.

Esa marca, como todos sabemos, se llama Campofrío, de la que tiempo atrás hablé en los artículos Mujeres alteradas, Retorno al pasado y Un gran anuncio con trampa, para que conociéramos sus sutiles estrategias persuasivas

Para esta Navidad de 2018, y siguiendo la línea ya afianzada de encargarles la filmación de la campaña publicitaria a directores de cine, se había pensado en Daniel Sánchez Arévalo. Así, en esta ocasión se promociona La tienda LOL (donde se compra el humor) en la que aparecen David Broncano, Antonio de la Torre, Silvia Abril, El Langui, las componentes de Azúcar Moreno, etcétera.

Pero antes de continuar, me parece adecuado que veamos el spot que cuidadosamente se había planificado para que se hiciera viral por las redes sociales.



Antes de nada, quisiera recordar que la finalidad de una campaña publicitaria comercial es la de promocionar una marca y sus productos con fines mercantiles; de ningún modo, trata de concienciar a la gente ante problemas sociales, pues las empresas no son oenegés ni nada por el estilo.

Como es ya habitual en el caso de Campofrío, se busca una cuestión social candente para situarse del “lado de los buenos”, es decir, de los que piensan que hay cosas que no van bien y conviene airearlas, eso sí, sin perder la compostura.

En esta ocasión, la idea central del relato audiovisual se ha centrado en el malestar que existe en la sociedad por el abuso que se produce con las denuncias de humoristas debido a la Ley Mordaza y los supuestos delitos de odio que se contemplan en la misma (aunque esto no de indique explícitamente en el anuncio).

Pero no nos debemos olvidar que el gran cabreo de esta sociedad, que hace aguas por todas partes, no viene, principalmente, de las denuncias a humoristas. Repasemos los motivos del malhumor tan extendido en la gente: tramas de corrupción, pobreza generalizada, jubilados temblando por sus pensiones, precariedad laboral, jóvenes en paro, machismo ibérico en pleno auge, conflicto territorial enquistado, rey emérito protagonista de grandes aventuras, avance de la extrema derecha, desahucios que no paran, preferentes que no se olvidan, etcétera, etcétera.

Bajo este panorama, la empresa y la agencia publicitaria encargada se han preguntado: ¿Cómo podemos construir una pequeña película comercial que sea políticamente correcta y que parezca como que hacemos una crítica social porque “se ha perdido el sentido del humor que siempre ha caracterizado a los españoles” ante las denuncias que se han abierto?

Esto es, a fin de cuentas, lo que en el fondo se nos narra en el spot de Campofrío. A partir de ahí, se construye un relato basado en un supuesto gran centro en el que se pueden adquirir cajitas en las que se encuentran concentrados chistes de distintos tipos, así como personajes que tuvieron gran reconocimiento como Chiquito de la Calzada o Eugenio. De paso, en las afueras del edificio, se presenta a “los malos”, o, lo que es lo mismo, a un pequeño grupo de “los ofendiditos” que protestan con pequeñas pancartas en medio del frío.

En los inicios del anuncio, se ve a una mujer joven que, en un día lluvioso y bajo paraguas, se acerca a una tienda de alto standing, al tiempo que escuchamos una voz en off que nos dice: “Hoy en día hacer un chiste sale tan caro… que es un lujo que pocos se pueden permitir”. En medio de la voz en off, sale una imagen de Chiquito de la Calzada de una de las cajitas diciendo: “No puedo. No puedo”.

Una vez que la mujer penetra en un ‘templo’ comercial que se asemeja a los de Apple, un dependiente se le acerca, y tras el saludo femenino de “Buenos días”, le responde: “Bienvenida. ¿En qué le podemos servir?”, a lo que ella contesta: “Venía a comprar un chiste”. A partir de ahí se van viendo las secciones en las que se venden diferentes modalidades de chistes con distintos personajes conocidos, hasta que se llega al punto clave del relato que es cuando Quique San Francisco abre una maleta en la que aparece la marca Campofrío en distintos envases.

¡Campofrío es la solución, pues si no te sientes bien en una sociedad que ha perdido el humor, al menos puedes degustar sus productos para que te quiten el mal sabor de boca!

Técnicamente, tal como ha acontecido en las campañas anteriores que ha citado, resulta ser un film muy bien realizado; sin embargo, me genera sospecha que hayan aparecido tantas reseñas periodísticas ensalzándolo, por lo que me pregunto: ¿Se anuncia Campofrío en esos medios que lo alaban tan abiertamente? De igual modo, también podemos ver cómo un youtuber desgrana en cinco partes y en plan doctoral la pequeña película, para finalmente acabar enalteciéndola.

Por otro lado, me pregunto: ¿Por qué no ha entrado en el relato visual una referencia a las ofensas a la bandera y sale Dani Mateo dentro del mismo en una de las secciones de las cajitas de chistes, ya que lo suyo fue, efectivamente, un chiste? Eso sí habría sido comprometerse realmente.

Bueno, no quiero extenderme y aparecer como un aguafiestas. Solo me gustaría apuntar que de siempre me han gustado mucho el diseño gráfico y la publicidad; pero la publicidad inteligente, esa que no utiliza rebuscados mecanismos persuasivos para hacernos creer que está haciendo crítica social, cuando lo que realiza es confundir la indignación social que recorre este país con la falta o pérdida de humor de los españoles. Y todo ello para que no compremos productos de la competencia.

AURELIANO SÁINZ

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