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7 de marzo de 2018

  • 7.3.18
En los últimos tiempos están proliferando las personas que se pasan por presuntos inspectores de gas butano y que, una vez en el interior de nuestras viviendas y tras realizar unos falsos trabajos, nos presentan unas facturas con precios muy elevados que no se corresponden en absoluto con las tarifas legales vigentes a las que, en teoría, debemos hacer frente.



Con la llegada del frío, aumentan considerablemente los timos o fraudes a los consumidores por medio de estos falsos revisores de gas que, bajo la apariencia de personas cualificadas, hacen su agosto estafando a cualquiera que cometa el error de atenderlos y creerlos.

Por regla general, estos grupos de estafadores pertenecen a empresas que verdaderamente están dadas de alta como instaladoras de gas, pero sus beneficios se encuentran a la hora de la facturación, dado que cobran unas precios desorbitados.

Normalmente, suelen actuar en grupo y hacen acto de presencia en grandes ciudades, ya que en las localidades más pequeñas suelen ser detectados con más antelación, de modo que el boca a boca y la acción de las fuerzas policiales dificultan que prosigan con sus falsos trabajos.

Debemos tener en cuenta que estas personas buscan núcleos de viviendas humildes, con un nivel económico medio-bajo, preferiblemente ocupadas por personas muy mayores y, en muchos casos, solas. De esta forma, les es mucho más fácil cometer el engaño.

Actúan sin remordimiento alguno, de modo que los inmigrantes también son otros de sus mayores objetivos, ya que suelen tener miedo a lo que les pueda ocurrir si no permiten la presunta revisión. Esto, unido al desconocimiento de las leyes españolas y al temor a verse implicados en problemas con el Estado, hace que accedan sin problema alguno a lo que se les plantea.

El modus operandi es similar. Una vez personados en la vivienda, se identifican mediante la exhibición de un carné (en la mayoría de los casos, falso también) en el que vienen recogidos sus datos así como a la empresa a la que pertenecen. Y de este modo, se ganan nuestra confianza.

Ya en el interior de nuestra vivienda, comienzan a realizar falsas tareas, tales como cambiar la goma de nuestra bombona, ajustar los calentadores o cualquier otro trabajo innecesario o simulado. Una vez pasados no más de veinte minutos, abandonan la vivienda, no sin antes cobrar en efectivo una cantidad desmesurada que, en muchos casos, supera los 200 euros.

Hay que tener en cuenta que las verdaderas empresas que realizan estos trabajos visitan los domicilios cada cinco años y, además, avisan con bastante antelación, bien por teléfono, vía correo electrónico, por correo postal o mediante un cartel. El instalador autorizado suele vestir con uniforme de empresa y porta un carné identificativo.

Con todo, lo que realmente diferencia a un instalador reglado de otro ilegal es que el primero nunca cobrará nada por los trabajos realizados en el acto, ya que éstos se cargan en la próxima factura. Por ello, si se nos presenta el caso, nunca debemos pagar nada en casa y, en su caso, avisar rápidamente a la Policía para que puedan identificar a este falso instalador o inspector.

FRAN GALLEGO

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