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27 de enero de 2018

  • 27.1.18
Cada comienzo de curso, los profesores de la Universidad de Córdoba recibimos un calendario de mesa en el que, lógicamente, aparecen los días festivos del año. A los mismos se les añade otros correspondientes a los patrones de cada Facultad y al de la Universidad española. Así, el día 29 de enero, lunes, en el citado calendario viene destacado en color amarillo y en la parte inferior del cuadro aparece la leyenda “No lectivo y no laborable en todos los centros”.



Me imagino que el alumnado y el profesorado joven que lleva poco tiempo, quizás, se pregunten acerca de los motivos por las cuales ese día no hay actividad en toda la Universidad, aunque, en el fondo, les dé casi igual, pues lo importante es que sea fiesta.

Sin embargo, la razón es bien sencilla: el domingo, día 28, dentro de la Iglesia católica se celebra la festividad de Santo Tomás de Aquino, y, puesto que en este año cae en domingo, se pasa al lunes para que se tenga un pequeño “puente” de tres días (aunque finalmente en la Universidad de Córdoba se ha decidido que fuera el viernes anterior).

No me cabe la menor duda de que todo el personal recibe con alegría la fiesta, por los motivos que sean. A nadie le sienta mal tener unos días de descanso que los puede utilizar como mejor le pueda venir. También, me imagino, a la mayoría no se le ha pasado por la cabeza preguntarse el motivo por el que la Universidad española celebra ese día de fiesta.

Sin embargo, personalmente, me llama la atención que la Universidad pública de este país celebre su día en la festividad de un santo. ¿No habíamos quedado que, según la Constitución aprobada en 1978, nos encontramos en un Estado aconfesional? Si es así, ¿por qué hay que mantener todo el patronazgo religioso que fue creado o mantenido en la larga noche del franquismo para las instituciones públicas?

No tengo nada en contra de Santo Tomás de Aquino, quien, aparte de no ser español por haber nacido en la localidad italiana de Roccasecca (pequeña ciudad ubicada en el suroeste de Roma), es uno de los grandes teólogos de la Iglesia católica, que bien podría ser el patrón de universidades privadas confesionales o de facultades de Teología, pero no de la Universidad pública española, si de verdad creemos que este país es aconfesional.

¿Acaso no hay grandes personajes dentro del campo de las ciencias, las humanidades y las artes a los que acudir para que representaran a la Universidad de España, de modo que los premios que se conceden en el día que se la festeja tuvieran sus nombres, se ensalzaran sus cualidades y fueran ejemplos por sus actividades investigadoras o creativas?

Pero no solo es la fecha de la Universidad en su conjunto, también habría que apuntar que las distintas facultades de las universidades públicas se acogen a la protección de un patrono que se encuentra dentro del amplísimo santoral católico.

De nuevo surge la pregunta: ¿no existen nombres significativos que sirvieran de referentes y modelos para la especialidad que se desarrolla en cada Facultad? ¿Son razones suficientes acudir a la idea de la tradición, cuando esta evoca el tiempo en que el Estado español era confesionalmente católico, por lo que no había separación entre las instituciones públicas y la Iglesia católica?

Y como parece ser que la cantidad de santos patronos que inundan las instituciones públicas no son suficientes, uno también puede encontrarse a lo largo del año con el patrocinio de las actividades más variopintas: desde litúrgicas, folclóricas, rituales… hasta las que evidentemente son de origen pagano. Todas ellas sin que nada tengan que ver con las finalidades que deben presidir las universidades públicas.

Así, para el día 20 de enero, sábado, y a las 12.00 de la mañana, en la página web de la Universidad de Córdoba, se anunciaba el acto de bendición por parte de un sacerdote, y en el propio Rectorado, de aquellos animales, caso de las mascotas, que sus propietarios llevaran para este evento litúrgico.

Y otra vez no hay más remedio que volver a preguntarse: ¿cómo es posible que una Universidad pública se ofrezca para unos rituales claramente litúrgicos que están totalmente alejados de los objetivos de la formación humanista y el conocimiento científico que deben presidir esta institución?

Sabemos que, por ejemplo, el día 17 de este mes de enero y en la iglesia de San Antón de Madrid, situada en la calle Hortaleza, en pleno centro de la ciudad, después de las misas programadas, el sacerdote sale a bendecir los diversos animales (perros, gatos, conejos, pájaros, loros, periquitos, peces...) que han sido llevados allí por sus amos.

Este acto a uno le puede gustar o no, le puede parecer una superstición o una ceremonia religiosa en pro de los animales... pero lo cierto es que se realiza en las puertas de un templo y no en el espacio correspondiente una Universidad pública, por lo que no hay nada que objetar.

Han pasado cuarenta años desde que se aprobara una Constitución que pretendía cerrar el largo período de la dictadura franquista. Así, en el artículo 16.2 de la misma se decía que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”, en un intento de diferenciar lo público, es decir, lo de todos, y lo que pertenece a determinadas confesiones religiosas.

Sin embargo, tras el tiempo transcurrido, aún no se ha logrado ese Estado aconfesional del que allí se hablaba, a pesar de los altos niveles de secularización que la propia sociedad ha alcanzado y, también, de la pluralidad de creencias, religiosas o no religiosas, que actualmente encontramos en nuestro país.

Como singular anomalía (dentro de las muchas que hay en nuestro país), todavía se mantiene en los ámbitos e instituciones públicas una fuerte presencia de la Iglesia y de la religión católica como si aún estuviera vigente el carácter confesional en todo el territorio. Es, pues, urgente que esta anormalidad definitivamente se resuelva, y lo hará cuando el Estado se defina constitucionalmente como laico, tal como acontece en las democracias avanzadas.

AURELIANO SÁINZ

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