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12 de noviembre de 2017

  • 12.11.17
Se cumple un año del ascenso a la Presidencia de Estados Unidos, contra todo pronóstico, del empresario multimillonario metido en política Donald Trump. Su campaña electoral, frente a Hillary Clinton –la gran favorita–, se había basado en denostar a todo el “establishment” de Washington, esa cloaca política, y prometer sencillas medidas radicales para resolver, de un plumazo, los complejos problemas que aquejaban y aquejan a los norteamericanos.



El eslogan con el que sintetizó su ideario político hizo fortuna entre el electorado: “America first”, una idea “revolucionaria” en un mundo y un tiempo caracterizados por la globalización y las interrelaciones nacionales. Ha pasado un año desde que el presidente más impredecible de la historia se sentara en la Casa Blanca y ya puede valorarse lo conseguido por su Administración en este corto plazo de tiempo. Se resume en una palabra: calamitoso.

El primer año de Trump es, sin duda alguna, una calamidad para las pretensiones del ínclito presidente. Ninguna de sus grandes medidas, aquellas iniciativas estrellas con las que consiguió atraer el voto de los desengañados por una modernidad (tecnológica, industrial, comercial y cultural) que los dejaba tirados en la orilla, ha podido materializarse como estaba previsto, ni siquiera contando a su favor con mayoría republicana, el partido al que pertenece el propio Trump, en las dos Cámaras legislativas y en la Judicatura.

Cada vez que intentaba implementar una de ellas, tropezaba con unos jueces que se la paralizaban o con sus correligionarios congresistas que la consideraban insuficiente o mal elaborada. Demostraba, de este modo, una mediocridad e inexperiencia que resultaban patéticas frente a los procedimientos legislativos y los acuerdos parlamentarios que no se pueden soslayar, confiando sólo en la simple voluntad, si se pretende que las iniciativas presidenciales puedan prosperar y beneficiar a la mayoría de los ciudadanos, no agradar sólo a los votantes más identificados con el presidente.

Es por ello que del incumplimiento de sus principales promesas sólo puede concluirse que el vacío ha sido el resultado de este primer año de la “era” Trump, un vacío tan absoluto y preocupante como su inteligencia política o el contenido de sus mensajes y discursos, construidos a base de lugares comunes, eslóganes y propaganda.

Para empezar, el proyecto de aquel muro a lo largo de la frontera con México, con el que pensaba resolver los problemas de la migración y el tráfico de drogas, reposa en el cajón de las ocurrencias inabordables e ingenuas. Aunque todavía insiste demagógicamente en su construcción y que su costo se endosará al país vecino, la realidad es que el Congreso no aprueba los fondos para acometer tan faraónica obra ni acaba de convencerse de su utilidad.

Y es que ningún muro puede contener los flujos humanos hacia la seguridad, la supervivencia, la oportunidad y la prosperidad. Tampoco evitan la delincuencia, el tráfico de estupefacientes, el contrabando o los ataques terroristas.

Tales problemas de una complejidad enorme sólo pueden abordarse con soluciones igualmente complejas, que incluyen diálogo, negociación, medidas preventivas para atajar las causas que los generan, comprensión y reciprocidad con los interlocutores, sin imposiciones ni amenazas, máxime si se trata de un país con el que se mantiene una estrecha relación de vecindad, amistad y comercial.

Las medidas unilaterales y fantasiosas sólo sirven para alimentar la imaginación de quienes las propugnan, no para solucionar nada. La realidad se encarga de rebatirlas, como ese muro que obsesiona a Trump.

Tampoco sirve para nada la criminalización del extranjero, en este caso musulmán, como sospechoso de terrorismo, tal como hacen desde el miedo los ignorantes y los simplistas. Donald Trump, pecando de lo mismo, también ha intentado, durante este año escaso de su mandato, vetar varias veces la entrada a EE UU de determinados nacionales de países que profesan la religión islámica, pero la Justicia le anulaba la medida por discriminatoria.

Finalmente, logró elaborar una norma, acorde con las órdenes del Tribunal Supremo, que prohíbe durante 90 días la entrada de extranjeros procedentes de Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemen e Irak, convencido de que, como pretende con el muro con México, aislarse es la mejor defensa contra los peligros del exterior, aunque ello suponga tratar a todos los turistas de esos países como sospechosos de terrorismo islámico radical.

La medida podría mantenerse más tiempo con aquellos países que no entreguen la información requerida por los servicios de control de EE UU. Sin embargo, llama la atención que entre los países vetados no figure Arabia Saudí, de donde procedieron 15 de los 19 terroristas que atentaron contra las Torres Gemelas en septiembre de 2001 (el mayor atentado terrorista producido nunca en suelo norteamericano), ni los Emiratos Árabes Unidos y Egipto, de donde procedían los restantes.

Se desprende con ello que la arbitrariedad y los prejuicios obsesivos vuelven a caracterizar las iniciativas de un presidente que no sabe afrontar los desafíos a los que se enfrenta su país más que con ocurrencias estrambóticas.

Por ello, como ejemplo de una gestión calamitosa, este veto migratorio significa sólo un triunfo parcial de Donald Trump, puesto que está condicionado por el Tribunal Supremo a que la prohibición no se imponga a “nacionales extranjeros que declaren una relación de buena fe con alguna persona o entidad en los EE UU”. Y es que no todo el mundo puede ser sospechoso de terrorista, por mucho que así lo crea el presidente norteamericano.

Pero la gran obsesión que quita el sueño a Donald Trump es derogar el Obamacare, el sistema médico creado por Barack Obama para asegurar atención sanitaria a personas sin recursos que no pueden costearse una póliza médica. Y como sucediera con sus demás iniciativas, el Congreso le rechazaba todos sus proyectos para reemplazarlo al considerarlos inapropiados o incompletos. No conseguía que aceptaran ninguna de sus contrarreformas sanitarias.

Todos sus intentos por liquidar la ley sanitaria de Obama fueron derrotados por el voto en contra no sólo de los demócratas sino también de muchos republicanos, incluido el senador McClain, quien, convaleciente de unas pruebas con las que le detectaron un cáncer de cerebro, acudió expresamente al Congreso para votar contra la derogación del Obamacare.

Aquello constituía una humillación tras otra. Y lo único que ha podido hacer Trump, ante la imposibilidad de contar con el respaldo del Congreso, es acabar de un plumazo con los subsidios que la Casa Blanca concedía a las aseguradoras para abaratar los costes de las pólizas a personas con bajos recursos.

De paso, en venganza, trasladaba el problema a los legisladores, quienes tendrán ahora que aprobar una nueva ley para librar los fondos necesarios o el programa, que posibilitó ofrecer cobertura sanitaria a 20 millones de personas, quedará definitivamente cancelado. Otro “triunfo” de Trump en su primer año calamitoso.

Pese a todo, cinco Estados liderados por California han emprendido acciones para recurrir esta iniciativa presidencial con la que no están de acuerdo, simplemente porque prefieren proteger a su población, no satisfacer las obsesiones enfermizas del inquilino de la Casa Blanca.

El procedimiento empleado para empezar a desmontar el Obamacare es el mismo con el que Donald Trump truncó con anterioridad el sueño de los “dreamers”, jóvenes indocumentados que entraron con sus padres ilegalmente en el país cuando eran niños, y que podían impedir la deportación, obtener un permiso temporal de trabajo y hasta licencias para conducir si reunían los requisitos exigidos por el programa DACA, promulgado por Obama en 2012. Mala cosa.

Como con las demás medidas del legado del exmandatario demócrata, Trump había prometido acabar también con ella porque la consideraba compasiva y excesivamente generosa con los inmigrantes, a los que tiene ojeriza.

Afecta a cerca de 800.000 personas que, cuando no puedan renovar sus autorizaciones, dejarán de ser “soñadores” para convertirse en “ilegales”, si el Congreso no elabora una ley que sustituya la de Obama y regularice la situación de estos “dreamers” que no tienen culpa de residir en el país al que los condujeron sus padres y que muchos de ellos consideran su patria, puesto que no han conocido otra. Otro motivo más para considerar calamitoso el año Trump.

Pero sus “éxitos” no se limitan sólo al ámbito doméstico, sino también al internacional, donde lo observan como un advenedizo irresponsable y extremadamente peligroso para un mundo tejido por la globalización y el respeto recíproco entre los Estados, que se tratan entre sí como iguales.

En este ámbito exterior es en el que se manifiestan con más claridad los excesos retrógrados y simplistas de las iniciativas del presidente norteamericano, empeñado en “rescatar” a su país de acuerdos y organizaciones que cree que perjudican a su nación porque persiguen unas relaciones comerciales en condiciones de reciprocidad o corregir desequilibrios ambientales, motivados por la actividad humana, como el cambio climático.

Para Donald Trump, todo esto es inútil, falso o perjudicial para EE UU. Y así se comporta. Como elefante en una cacharrería, dando físicamente empujones a sus homólogos en reuniones o encuentros para colocarse el primero en la foto, como hizo en la cumbre de la OTAN en Bruselas en mayo pasado, no para destacar por sus propuestas y aportaciones en nombre del país más importante del mundo.

Un cargo que, por lo que se ve hasta la fecha, le viene grande, ya que piensa que gobernar es mandar sin más, para lo cual es suficiente con ser “listillo”, egoísta y ambicioso, no inteligente, como suele en sus negocios.

Por eso admira los liderazgos fuertes, los ejercidos con autoritarismo más que con autoridad, como el de Putin, su gran “favorecedor”, y, ahora que visita China, el de Xi Junping, ante quien se desvive en elogios y lisonjas, obviando, él tan locuaz, cualquier mención a las violaciones de derechos humanos o las críticas por Corea del Norte. Así es el veleidoso e insustancial Trump, más pragmático que ideólogo, en el peor sentido de ambos términos.

Su pragmatismo empresarial le lleva a decidir que, ante la posibilidad de negocio y rentabilidad para la economía de EE UU, es preferible abandonar el Acuerdo de París contra el cambio climático y seguir contaminando la atmósfera con el humo de las industrias norteamericanas sin restricción, o permitir la construcción de un oleoducto desde Alaska a EE UU aunque atraviese bosques y espacios de especial protección natural, sin estar sujetos a medidas que eviten el impacto.ambiental y los peligros contaminantes en caso de fugas. Está convencido que las medidas ecológicas, como ese acuerdo, son debilitantes, desventajosas e injustas para los intereses nacionales de EE UU, según su parecer economicista radical.

Y por idéntico motivo ha rechazado el Acuerdo del Pacífico (TPP) y el Tratado de Libre Comercio que mantenía con México y Canadá por considerar que favorecen las deslocalizaciones industriales en perjuicio de la economía de EE UU, aunque sean las grandes compañías norteamericanas las que colonizan el mundo y las que obtienen ingentes beneficios de él.

Con ello atiende otra de sus promesas populistas electorales en contra de la globalización y a favor del proteccionismo comercial y el aislacionismo social de esa “América, primero”, a la que intenta convencer de que el nacionalismo y el proteccionismo que él propugna servirán para “make América great again”.

Una ceguera aislacionista que induce al presidente a sacar a su país de la Unesco y retirarse de los organismos y acuerdos de carácter multilateral. Todo un triunfo sin parangón del año calamitoso de Donald Trump. ¡Y todavía restan otros tres!

DANIEL GUERRERO

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