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15 de octubre de 2017

  • 15.10.17
El conflicto generado por el deseo de los independistas de marcar una nueva relación de Cataluña con el resto del Estado nos ha situado en una especie de laberinto del que, de momento, desconocemos su salida, por lo que las interpretaciones que se dan a las causas del mismo son múltiples, dependiendo de la posición en la que se sitúe quien lleve a cabo el análisis del conflicto. Son tantos los factores intervinientes que cada uno de nosotros damos nuestra propia explicación y las posibles salidas que pueden producirse del mismo.



Está claro que se ha llegado a dos posturas tan diferenciadas, ambas provenientes de los Gobiernos de España y de Cataluña, que parecen casi irreconciliables. A ellas habría que sumarles las posiciones de partes significativas de las poblaciones catalanas y del resto del país, pues la polarización ha sido tan fuerte que los sentimientos más negativos han emergido como respuestas a los agravios que cada una de ellas cree sufrir en su identidad.

Creo que ya empezamos a comprender que los sentimientos son elementos esenciales en la génesis de este conflicto. No es de extrañar, pues, que, al ser preguntada la gente, de un lado nos pueda responder que “se siente únicamente catalán”, o “catalán y español”, o también “catalán, español y europeo”; y del otro, “que se siente español” o, por ejemplo, “andaluz y español”, articulando de este modo el amor a la Comunidad a la que se pertenece con el que se profesa a la nación española.

Ello nos lleva a entender que una parte importante de la identidad personal está formada por emociones y sentimientos que no se someten a criterios de racionalidad. De este modo, quien se define como independentista suele comenzar diciendo que “es o se siente solo catalán”, sin que por ello tenga que dar argumentaciones de algo tan íntimo, tan personal, tan propio. En cierto modo, se asemeja a la pertenencia a una determinada fe religiosa: quien la profesa no siente la necesidad de dar explicaciones, dado que se basa en creencias sin que tengan relación con argumentos racionales.

Bien es cierto que los sentimientos también se construyen a partir elementos reales, como puede ser el amor a la tierra, a las tradiciones, a la lengua, a la historia que ese pueblo ha vivido, etc. Pero también resulta necesario acudir a símbolos que expresen esa idea de comunidad diferenciada. De ahí que se compongan himnos como “Els Segadors” que es el propio de los catalanes o el himno nacional creado para servir de referencia para representar a todo el territorio nacional.

El problema que tienen los himnos es que se escuchan en momentos especiales. Serán, sin embargo, las banderas los signos visuales que expresen ese sentimiento de pertenencia a una determinada comunidad, más o menos amplia. De este modo, hemos visto en estos días una confrontación abierta de banderas: por un lado, las senyeras y esteladas catalanas (estas últimas portadas por los independentistas), y, por el otro, la bandera bicolor –roja y gualda– con o sin el escudo de la monarquía, como manifestación de quienes defienden la integridad e indisolubilidad del territorio español.

Lógicamente, el debate no se acaba en los elementos emocionales y en los símbolos que configuran la base de una identidad comunitaria, sino que también se abordan las razones de uno y otro lado en función de las interpretaciones que se realicen de la Constitución, de las leyes, del concepto de democracia, del derecho de los pueblos, de los análisis de la economía, etc. Razones que en este tema se contraponen duramente y con escasa posibilidad de llegar a un acuerdo a medida que va pasando el tiempo y se ahonda en las mutuas diferencias.

Curiosamente, en medio de este profundo conflicto ha salido tangencialmente un tema al que apenas se ha aludido y que no habría que descartarlo de las razones profundas que mueven a los líderes de uno y otro lado: los genes.



En el artículo que publiqué la semana pasada con el título de Rajoy piensa, traje a colación la ideología de fondo que subyace en el actual presidente del Gobierno y que se expresaba en un opúsculo que vio la luz en el Faro de Vigo. En el mismo, su autor manifestaba que las personas somos esencialmente desiguales y que esta desigualdad ya venía inscrita en el código genético que portamos desde el momento en que se unen el espermatozoide masculino y el óvulo femenino.

A ello añadía que la inteligencia, supuestamente nacida de los genes, viene, por otro lado, determinada por las características familiares. Así, había que entender “como verdad indiscutible, que la estirpe determina al hombre, tanto en lo físico como en lo psíquico”, tal como apuntaba Mariano Rajoy. A ello conduce que las familias de alta alcurnia o de buen linaje, como la suya, tienen un código genético superior al de los vulgares ciudadanos.

Así, por ejemplo, una cajera de Mercadona tendrá que conformarse con hijos o hijas que acabarán en trabajos precarios y con contratos basura, si es que los logran. En cambio, vemos que Froilán, que procede de una familia de alcurnia, entra en una Universidad privada de élite, tras habérsele condonado cursos, dado que, indudablemente, porta una gran inteligencia que nace del pedigrí familiar.

Nada de capitalismo, ni de clases sociales, que eso suena a marxismo trasnochado. Rajoy está convencido que todos somos iguales ante la Ley dentro de un país unido e indivisible, y que las diferencias sociales son personales, productos de los genes que portamos. Ahí, en los genes, según nos dice, hay que encontrar las razones de nuestra posición social, por lo que no tiene sentido protestar ni quejarse si uno está en paro o es desahuciado, ya que a la Naturaleza no le podemos pedir explicaciones, puesto que no nos las va a dar.



Como, parece ser, que en la actualidad los genes sirven para todo tipo de explicación, en el otro bando comprobamos que Oriol Junqueras, vicepresidente del Gobierno catalán, también ha encontrado en el código genético unas razones sólidas para defender la independencia del pueblo de Cataluña. Se hizo alusión a este tema el día 10 de este mes en el Parlamento de Cataluña cuando el presidente Carles Puigdemont nos leyó una declaración tan enrevesada que todavía no estamos devanando los sesos sobre si se ha declarado o no la República catalana.

Pues bien, habiendo consultado, comprobamos que, el 27 de agosto de 2008, en el diario catalán Avui salía la curiosa interpretación de Oriol Junqueras acerca de un estudio llevado a cabo por Manfred Kayser para el Erasmus University Medical Center de la ciudad holandesa de Rotterdam sobre el mapa genético de Europa.

A partir de los resultados del mismo, Junqueras afirmaba lo siguiente: “Hay solo tres Estados donde ha sido imposible agrupar toda la población en un único grupo genético… En el Estado español se da entre españoles y catalanes. En concreto, los catalanes tenemos más proximidad genética con los franceses que con los españoles; más con los italianos que con los portugueses; y un poco con los suizos. Mientras que los españoles presentan más proximidad con los portugueses que con los catalanes y muy poca con los franceses”.

Aparte de que las muestras que se hicieron en nuestro país fueron de grupos poblacionales de Madrid y Barcelona, el vicepresidente llegó a la conclusión de que los catalanes son genéticamente distintos del resto. Es decir, que andaluces, gallegos, castellanos, vascos, etc. nos parecemos tanto que podemos seguir juntos sin ningún problema; mientras que los catalanes tienen razones biológicas para alejarse de nosotros.

No es necesario decir que las declaraciones del líder de ERC destilan abiertamente xenofobia por los pueblos y países a los que considera inferiores. Él se apunta a los vecinos ricos, caso de Francia y Suiza, con los que le gustaría emparentarse y quiere distanciarse de los que, imagino, considera “medio africanos”, como podemos ser los andaluces, extremeños y portugueses.

Me llama la atención que un hombre tan piadoso como Junqueras, que estuvo durante años en el Vaticano en la época del cardenal Ratzinger investigando en sus archivos secretos no se le pegara nada de los valores evangélicos. Posiblemente se deba a que el Vaticano es el lugar en el que menos abundan estos valores.

Quisiera cerrar indicando que no entiendo que Rajoy y Junqueras, que tendrían que ser fraternalmente hermanos por sus confesas creencias de cristianos muy practicantes, se apoyen en la genética para fomentar el clasismo y la xenofobia: el uno al defender la desigualdad innata de las personas y el otro por el desprecio xenófobo hacia los pueblos que viven dentro de un mismo Estado. Pero es que, por lo que vemos, los genes dan juego para muchas elucubraciones que nada tienen que ver con sus funciones biológicas.

AURELIANO SÁINZ

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