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3 de octubre de 2017

  • 3.10.17
Escritor y profesor universitario, Antonio Orejudo (Madrid, 1963), rinde homenaje y ajusta cuentas con su generación, la del boom demográfico de los sesenta, en su última novela: Los cinco y yo. Doctor en Filología Hispánica, impartió clases de Literatura Española en varias universidades de Estados Unidos. Profesor en la Universidad de Almería, es autor de cuatro libros: Fabulosas narraciones por historias (1996); Ventajas de viajar en tren (2000); Reconstrucción (2005) y Un momento de descanso (2011).



—La de los sesenta fue una “generación de “chichinabo”, de “cobardes y mansos”. Ahora ya, en la década de los cincuenta, ¿ha asumido esa decepción o desengaño?

—La he asumido, soy capaz de señalarla con el dedo y es, probablemente, junto al número de miembros de mi generación, la mansedumbre lo que nos caracteriza.

—En ‘Los cinco y yo’ no hay nostalgia, pero sí un ajuste de cuentas con el pasado.

—Sí. El peligro de escribir una novela como Los cinco y yo es caer en la nostalgia. Y yo he huido de ese peligro tratando de ajustar las cuentas con mi generación.

—El libro arranca con memorias de la infancia y evoluciona a una ficción donde se confunde lo verdadero con lo falso.

—Como la vida misma. Y nada mejor que nuestro mundo actual para darse cuenta de que es uno de los grandes temas de nuestro tiempo: la confusión entre lo verdadero y lo falso. Si no, no se puede explicar el triunfo de Trump en Estados Unidos.

—Se define como un escritor lento. En veinte años ha publicado cinco libros. Ha elaborado borradores y borradores, ha peinado y pulido. Lo dice así: “Es un lío y soy un puto desastre”.

—Escribir una novela es una tarea de paciencia, esfuerzo y atención al detalle. Yo no soy capaz de publicar una novela cada dos años.

—Toni, en parte, es Antonio Orejudo. Y Reig, autor de ‘After Feive’, lo es de Rafael Reig. ¿A veces es necesario desdoblarse para reconocerse a uno mismo?

—Para reconocerse a uno mismo es necesario mirarse a un espejo. Mirarse a un espejo es una manera de desdoblamiento y escribir sobre uno mismo es también desdoblarse. De manera que sí, para conocerse así mismo es necesario convertirse en otro.

—De verdad, ¿tanto le influyeron las aventuras de ‘Los cinco’ de Enid Blyton?

—Sí. Fue mi lectura infantil y no he vuelto a leer ningún libro con la sensación de estar participando en la ficción de ese modo como leí entonces.

—“Estoy hasta los huevos del humor”. Ahora está más cerca de Peter Handke, cuando decía “reír despista”. Pero tampoco lo veo muy solemne.

—No. Yo, que publiqué una novela bastante humorística en 1996, he estado veinte años defendiendo el humor. Y ahora que hay una reivindicación del humor, a mí me ha dado por retraerme un poco. Ahora bien, efectivamente ni siquiera en este libro he conseguido amansar la fiera y hay un poquito de cachondeíto detrás siempre.

—Y eso, incluso ahora que el Premio Cervantes tiene en cuenta el humor.

—Efectivamente. El Cervantes se lo han dado al gran escritor por antonomasia que es Mendoza. Pero no llego a coincidir con Peter Handke, pero sí creo que me voy a retirar de la reivindicación del humor, aunque no de su práctica.

—Toni es un escritor que no escribe y un profesor que no enseña. Me da la impresión de que de esos hay muchos.

—Aquí delante de ti tienes al primero (ríe). Sí. Es un representante genuino de esa generación. Alguien que quiere y que no actúa, que yo creo es algo que caracteriza a mi generación: la mansedumbre y la no actuación.

—Su generación no hizo la Transición y ya estaban muy crecidos para pernoctar en tiendas de campaña el 15-M. ¿Llegarán a tiempo para rascar algo de la hucha de las pensiones?

—Definitivamente, no. De hecho, todo lo que estamos hablando últimamente de que no queda dinero para las pensiones es porque los políticos saben que dentro de diez o quince años nosotros, que llenamos los colegios, llenamos las universidades, llenamos los bares de copas, llenamos el mercado laboral, vamos a llenar las residencias de ancianos.



—Toni abandona la escritura para volcarse en las inversiones financieras. ¿Ahí es donde usted y él rompen la amistad o tampoco lo tiene tan claro?

—No. Yo lo que creo es que Toni, que es un representante de mi generación, abandona las humanidades y abraza momentos más prácticos de ganarse la vida. Y es un poco también lo que ha pasado con muchos jóvenes de mi generación. La claudicación es, junto a la inacción y la mansedumbre, otra de las características de todos los que nacimos en los años sesenta.

—Los jóvenes de ahora, la generación mejor preparada, tienen en común con su generación la sensación de llegar a un mundo agotado, en el que no hay sitio para ellos.

—Lo veo con un poco de diferencia. Es cierto que probablemente no hay sitio para ellos. Tampoco lo había para nosotros. Lo que tenemos en común mi generación y la que viene después es que la anterior ocupó muy joven todos los puestos. Y se están jubilando ahora. Y algunos de ellos, como Juan Cruz, siguen en activo.

Entonces, la sensación de que no hay sitio es algo que yo también he experimentado. No es algo que caracterice a los chicos jóvenes. Lo que nos diferencia es que nosotros hemos esperado a que corriera el escalafón, y los otros han pegado un puñetazo en la mesa.

—Sus hijos apuestan por Bolaño y Foster Wallace. Los mayores, por Faulkner, Joyce, Proust. ¿Ustedes dónde se quedan?

—Nosotros nos quedamos sobre todo en un tipo de escritor que tenga en cuenta al lector y que escriba textos que produzcan placer sin necesidad de tener que penetrarlo. Como, por ejemplo, Faulkner. La pura narración y el placer de que alguien te cuente una historia. Yo creo que ahí es donde estamos nosotros.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍAS: ELISA ARROYO

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