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24 de agosto de 2017

  • 24.8.17
Reposa, come, bebe y diviértete: esta consigna del hombre rico de la popular parábola evangélica no es nueva. Ha sido el ideal de no poca gente a lo largo de la historia, pero hoy es vivida a gran escala y sobre una presión social tan fuerte que es difícil crear un estilo de vida más sobrio y más sano.



Hace tiempo que la sociedad moderna ha institucionalizado el consumo: casi seguro todo se orienta a disfrutar de productos, de servicios y de experiencias siempre nuevas. La consigna del bienestar es clara: “diviértete”.

Eso que nos ofrecen a través de la publicidad es juventud, elegancia, seguridad, poder, bienestar, felicidad… La vida la tenemos que alimentar en el consumo.

Otro factor decisivo en el funcionamiento de la sociedad actual es la moda. Siempre ha habido en la historia de los pueblos corrientes de gustos fluctuantes, de modo que el que se mueve en el imperio de la moda se ha convertido en guía principal de la sociedad moderna.

Ya no son las religiones ni las ideologías las que orientan el comportamiento de la mayoría: la publicidad y la seducción de la moda están sustituyendo a la Iglesia, la familia y la escuela. Es la moda la que nos enseña a vivir, a satisfacer las “necesidades artificiales” del momento.

Otra cosa que marca el estilo de vida moderna es la seducción de los sentidos y el hecho de mirar por nuestro cuerpo: la línea, el peso, el gimnasio y las revisiones; se tienen que aprender terapias y remedios nuevos, se han de seguir de cerca los consejos de los médicos y los consejos culinarios.

Tenemos que aprender a sentirnos bien con nosotros mismos y también con los demás; hemos de aprender a movernos de manera hábil en el campo del sexo; conocer todas las maneras de pasarlo bien y de acumular experiencias nuevas.

Sería un error “satanizar” esta sociedad que ofrece tantas posibilidades para cuidar las diversas dimensiones del ser humano y para desenvolver una vida integral e integradora.

Pero no sería menos equivocado dejarnos arrastrar frívolamente por cualquier moda o reclamo, reduciendo la existencia a un puro bienestar material. La parábola evangélica nos invita a descubrir la insensatez que se puede esconder en este planteamiento de la vida.

Para acertar en la vida no basta con pasárselo bien, ya que el ser humano no es nada más que un animal afanado en el placer y el bienestar. Ha estado también trabajando el espíritu para conocer la amistad, para experimentar el misterio trascendente, para agradecer la vida, para vivir la solidaridad…

Es inútil quejarnos de la sociedad actual: Lo importante es actuar de manera inteligente. El hombre no podrá jamás perfeccionarse ni lograr el éxito del mundo si no encuentra a Jesucristo.

JUAN NAVARRO COMINO

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