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18 de junio de 2017

  • 18.6.17
En la reciente y extensa moción de censura, quienes la hayan seguido habrán podido escuchar términos y expresiones de toda índole. En mi caso, hay una palabra que emitió el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando respondió a la ponente de Unidos Podemos y que me ha llamado poderosamente la atención, puesto que no es de uso común, ya que la misma se suele utilizar en el campo del dibujo, de la arquitectura y del arte urbano. Me refiero a trampantojo.



Aproximadamente, Rajoy le dijo a Irene Montero que “lo que había manifestado en su intervención era un trampantojo, dado que había pintado en negro la imagen de España y que no correspondía a la realidad” (la expresión, tal como apunto, es aproximada, pues no la anoté textualmente y la cito de memoria).

Si acudimos al Diccionario de la Real Academia de la Lengua nos dice que un trampantojo es una “Trampa o ilusión con que se engaña a uno haciéndole ver lo que no es”. A partir de esta definición, podríamos deducir que sería una palabra compuesta de “trampa” y de “ojo”; o lo que es lo mismo, un equívoco visual.

Tal como he apuntado, en el lenguaje común no la solemos emplear. Su uso más habitual aparece en el campo del arte y de la arquitectura. Para que tengamos una referencia clara, podemos acudir a buscar entre los dibujos del holandés M. C. Escher y entre ellos encontraremos numerosas creaciones con las que confunde al espectador, ya que son espacios o escenas que no pueden existir en la realidad tridimensional.

Como ejemplos, tenemos el dibujo de esos caminantes que en lo alto de una torre escalonada van subiendo en un sentido o bajando en el otro, y así eternamente. ¿Bajar y subir en la misma escalinata cerrada según el sentido en el que se tome? O, también, ese otro en el que el agua de una torre sube o baja de modo constante por su propia inercia.

A pesar de los numerosos ejemplos que encontraríamos en el mundo del dibujo y de la pintura, los trampantojos más interesantes son los que vemos en las fachadas laterales o medianeras de los edificios cuando se pintan con la intención de evocar espacios que son distintos a los que corresponden a los del propio edificio.

Quisiera, en este tema, mostrar diez ejemplos de trampantojos que podemos ver en distintas ciudades europeas si viajamos a ellas y nos salimos de los circuitos establecidos para recorrer las calles por nuestra cuenta.



Dos de las características necesarias son la imaginación y la creatividad que hay que derrochar para realizar trampantojos que sean atrayentes al ciudadano que camina por las cercanías de los edificios en los que están pintados. También se comprobaría que la variedad de diseños es bastante amplia. Así, en estas dos primeras fotografías nos encontramos con las pinturas de las fachadas laterales de casas con cierta similitud, ya que tienen cubiertas con tejados inclinados que vierten a dos aguas.

En ambos casos, en esas paredes se han pintado espacios que evocan perspectivas inexistentes. Dentro de la casa primera, se muestra con gran habilidad una especie de galería con bóveda de medio cañón, que parece invitar al espectador a entrar en una nueva realidad. En la segunda, se crea una especie de calle ficticia en la que se encuentran personajes de comienzos de siglo pasado, como si fuera una realidad virtual pintada en la que se pudiera penetrar.



Los trampantojos los podemos ver en distintas capitales europeas: Madrid, Roma, París, Londres, Berlín… pero la ciudad en la que más los he encontrado ha sido en Copenhague, la capital de Dinamarca. Lógicamente, esto es una apreciación muy personal, porque para hacer una afirmación de tal calibre habría que conocer muy bien las ciudades del continente, y eso está al alcance de muy pocos.

Una segunda versión de las fachadas laterales o medianeras pintadas es aquella en la que se plasman no nuevos espacios, sino que las transforman dándoles otras funciones, como pudieran ser una gran estantería para libros o en una especie de lienzo blanco pintado que parece desprenderse de la propia pared. La imaginación de estos dos trampantojos es evidente.



Lógicamente, suelen ser los propietarios de las casas o edificios los que encargan este tipo de propuestas a pintores. En algunos casos, con cierta ayuda económica municipal, pues no cabe la menor duda que suelen ser excelentes manifestaciones de arte urbano, un tanto alejado de la técnica del grafiti, que oscila entre la creatividad y el gamberrismo (de este tema hablaré en otra ocasión).

Otra modalidad de trampantojo es aquel que la da continuidad a la fachada lateral tomando como referencia la estética de la fachada principal. Los ejemplos anteriores sirven de muestra: en el primero, las ventanas se transforman en puertas a las que se acceden a través de una escalera ficticia que las une desde abajo hacia arriba; en el segundo caso, se ofrece una continuidad de balcones y ventanas similares a la fachada principal, siendo un lápiz pintado el que nos da la pista de que lo que vemos no es una realidad tridimensional.



En ocasiones, los trampantojos son auténticas obras de arte al aire libre, que en nada desmerecen de los frescos renacentistas que tanto abundaban en las cúpulas y bóvedas de las catedrales, iglesias y palacios italianos de los siglos XV y XVI.

¿Eran trampantojos aquellas pinturas que evocaban el cielo y que desde abajo se veía poblado de ángeles, santos y personajes bíblicos? La respuesta sería sí y no. La ambigüedad estaba en que tanto quienes pintaban esos frescos como los fieles que contemplaban arrobados esos cielos creían firmemente en que eran expresión de otra realidad inalcanzable a los sentidos.

Pues bien, la perfección técnica de la fachada lateral de la casa anterior, que nos muestra los interiores de las habitaciones supuestamente habitadas por un alto número de personajes en frenética actividad, resulta admirable. En otros casos, la imaginación se desborda, cuando, por ejemplo, se pinta un transatlántico que parece salir de la esquina de un edificio señorial de cinco plantas, como sucede en la segunda de las anteriores fotografías.



Concluimos este recorrido por el arte urbano de los trampantojos con un par de ejemplos en los que no se pinta toda la fachada lateral de un edificio, sino la parte inferior del mismo, por lo que el paseante que los ve se hace consciente de que es una pintura o un cuadro de gran tamaño que se ha realizado en una pared.

Es el caso de esta pintura de tipo rectangular que pretende mostrar la entrada a un edificio de tipo imperial, en el que, a partir de una escalinata que conduce a una enorme puerta, mezcla distintos estilos clásicos (reales e imaginados) con el fin de lograr la sensación de acceso a un espacio majestuoso.



El segundo ejemplo de trampantojos urbanos de la modalidad indicada resulta ser un tanto sorprendente, dado que, como hemos visto, habitualmente se busca embellecer, sorprender y crear escenarios ficticios que nos hagan creer o nos trasladen a otros contextos distintos de los que cotidianamente vivimos.

¿Resulta atrayente una pared rota por la que podríamos penetrar a un interior con escombros, paredes enmohecidas, escaleras rotas y con la sensación de entrar a un espacio en ruinas?

Posiblemente respondiéramos que no; que no nos atrae la experiencia de visitar el lugar que se nos describe. Sin embargo, contemplando la pared en la que se ha pintado lo descrito, pensaríamos que los espacios siempre pulcros, limpios e impolutos pueden llegar a cansarnos y que, en alguna ocasión, no sería una mala idea protagonizar un relato en entornos marginales. Eso es lo que nos sugiere esta sorprendente creación urbana que estéticamente se distancia de la mayoría de los trampantojos de las grandes urbes.

AURELIANO SÁINZ

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