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14 de mayo de 2017

  • 14.5.17
En los inicios del nuevo siglo nos encontramos cargados de nuevas incertidumbres, no solo en los ámbitos personales, sino también acerca de los rumbos que puede tener la humanidad en los próximos años. Para algunos, la evocación de los regímenes nazi y fascista, así como de las guerras mundiales que se produjeron en el siglo pasado, nos parecía que era algo que formaba parte de unos hechos terribles que de ningún modo deberían volver a producirse.



Pero una cosa son los deseos y otra es la realidad histórica que no tiene una línea totalmente predecible. ¿Quién, por ejemplo, podía imaginar que el país más poderoso económica militarmente del planeta pudiera estar presidido por un individuo de la talla de Donald Trump?

No es necesario echar una mirada hacia atrás para comprobar la sarta de disparates con las que se presentaba a las elecciones y que, sin embargo, fuera apoyado para auparse al máximo nivel de la responsabilidad de ser el que pudiera decidir sobre el “botón nuclear”, que es la forma popular de indicar que podría de nuevo promover un conflicto de consecuencias incalculables. (No olvidemos a Hiroshima y Nagasaki, las dos únicas ciudades del mundo que fueron atacadas por la aviación estadounidense con bombas nucleares).

Por otro lado, los recientes bombardeos estadounidenses en Siria y Afganistán, sin que se tuviera la autorización de las Naciones Unidas, nos pone en evidencia que la política exterior de Donald Trump camina en la reafirmación del carácter de “gendarme global” de los Estados Unidos. Ahí están su lema “America first” y sus deseos de “ganar guerras” en cualquier parte del mundo, tal como insistentemente ha afirmado, ideas que nos abocan a un impredecible, pero no imposible, conflicto bélico-nuclear.

Estos comentarios que he realizado están conectados con la relectura que recientemente he hecho de un pequeño libro, ¿Por qué la guerra?, en el que se recoge la correspondencia que se dio entre Albert Einstein y Sigmund Freud, dos grandes eminencias en los campos de la física y del psicoanálisis, acerca de las razones de la permanencia de las guerras a lo largo de la historia.

El primero de ellos era consciente de que su comprensión del universo y de sus aportaciones a los avances de la astrofísica no se correspondían con los escasos conocimientos que tenía de los sentimientos más profundos que anidan en el ser humano.

Y es que, tras los enormes desastres de la Primera Guerra Mundial, intentaba buscar las causas últimas por las cuales los individuos, los pueblos y las naciones se lanzaban constantemente a unas guerras de destrucción inimaginables. Quiso, pues, saber qué razones les impulsaban a defender uno de los hechos más destructivos que amenaza al propio ser humano desde los inicios de la historia.

Deseando comprender las razones de la existencia constante de las guerras, el 30 de julio de 1932, Albert Einstein dirigió a Sigmund Freud una larga misiva con el fin de que el eminente médico vienés le expusiera las razones por las cuales hay individuos que, llegado el momento, se entregan con pasión a defender las guerras como solución de los conflictos entre las naciones.

De esta interesante carta realizo algunos extractos que considero de gran interés; en un siguiente artículo expondré las razones que Sigmund Freud le manifestaba al eminente físico alemán, de origen judío al igual que Freud.



“¿Hay alguna manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra? Es sabido que, debido a los progresos de la técnica, de esta pregunta depende la existencia de la humanidad civilizada; y, sin embargo, los apasionados esfuerzos por resolverla han fracasado estrepitosamente hasta la fecha. (…) Confío en que usted podrá indicarnos unos métodos educativos que hasta cierto punto se alejan de la política para eliminar los obstáculos psicológicos. La persona inexperta en temas psicológicos intuye la existencia de estos obstáculos, pero no sabe cómo valorar sus correlaciones y su variabilidad”.

Por la lectura de este párrafo, nos damos cuenta del valor que le atribuía Einstein al campo educativo y a los aspectos psicológicos como factores a tener en consideración para comprender el fenómeno destructivo de la guerra. Por otro lado, curiosamente, le plantea el esquema de investigación de las ciencias naturales (correlaciones y variabilidad) aplicados al estudio de las pulsiones psicológicas, esquema que, por cierto, nunca utilizó Freud en el tratamiento con sus pacientes.

“El camino de la seguridad internacional pasa por la renuncia sin condiciones de los Estados a una parte de su libertad de acción o, mejor dicho, de su soberanía, y parece indudable que no existe otro camino para alcanzar la seguridad”.

Einstein, en este párrafo, ya habla de la necesidad de un organismo internacional que regulase las relaciones entre los Estados. Sin embargo, la Sociedad de Naciones, creada el 28 de junio de 1919 tras la Primera Guerra Mundial, fue incapaz de frenar el nuevo conflicto bélico similar al precedente que se iniciaría en 1939, dando origen a la Segunda Guerra Mundial.

Creo que algunas de las razones de la incapacidad de las actuales Naciones Unidas para frenar las guerras ya se apuntaban en la propia carta de Albert Einstein: la dificultad de ceder cierta parte de la soberanía y acatar los acuerdos de un organismo supranacional.

“La necesidad de poder de un sector dominante se resiste en todos los Estados a una limitación de sus derechos de soberanía. Dicha necesidad se alimenta con frecuencia de un poder material y económico de otro sector. Me refiero sobre todo al pequeño pero decidido grupo de aquellos que, activos en todos los Estados e indiferentes a las consideraciones y limitaciones sociales, ven en la guerra, la fabricación y el comercio de armas una oportunidad de obtener ventajas, o sea, de ampliar su esfera de poder personal”.

Poder económico, industria armamentística, deseos de dominio, control de los recursos económicos, fanatismo religioso, élites políticas que controlan las voluntades de los ciudadanos… son algunos de los argumentos que están presentes en las causas que explican el origen de las guerras, tal como acontece en la tragedia que desde hace seis años sufre la población de Siria, y sin visos de solución.

A pesar de que conocemos algunas de las razones, todavía mantenemos abiertas ciertas interrogantes que, aún hoy, podemos hacernos ante el problemático panorama que se nos presenta en estos tiempos. Son las mismas preguntas que se hacía Albert Einstein en la carta que le remite a Freud esperando sus aclaraciones.

“¿Cómo es posible que una minoría pueda poner a las masas al servicio de sus deseos, si estas en caso de una guerra, solo obtendrán sufrimiento y pérdidas? ¿Cómo es posible que las masas se dejen enardecer hasta llegar al delirio y la autodestrucción por medio de los recursos mencionados? La respuesta solo puede ser: en los seres humanos anida la necesidad de odiar y destruir”.

¿Anida en el ser humano la necesidad de odiar y destruir? La respuesta de Sigmund Freud no se hizo esperar, pues, al mes siguiente, el mayor genio de la física de todos los tiempos recibió en su domicilio de Potsdam, en el Estado alemán de Baviera, la carta que le fue remitida desde Viena.

AURELIANO SÁINZ

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