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3 de abril de 2017

  • 3.4.17
Hace unos días se han cumplido sesenta años –un plazo históricamente corto– desde la creación de un proyecto sumamente ambicioso: el de construir un espacio común que supere y englobe a los Estados-nación del continente europeo, partiendo de la libre voluntad de todos y cada uno de ellos para constituir una nueva entidad unitaria, basada en la cesión de soberanía, que siempre será mejor y más fuerte que la mera suma de las partes.



No ha sido fácil llegar hasta aquí, en estas seis décadas, para conseguir lo que hoy se conoce como Unión Europea (UE), pero más difícil parece que será proseguir la tarea hasta completar unos Estados Unidos de Europa –la vieja utopía de los europeístas– verdaderamente integrados en todos los ámbitos, no solo en torno a aquellas “cuatro libertades” conquistadas para la circulación de mercancías, servicios, capitales y personas que, además de la moneda única, disfrutan, hoy, los ciudadanos de esta nueva Europa.

Los nubarrones que se ciernen en el horizonte de la Unión Europea presagian serias dificultades para un proyecto político que, a pesar de consolidar la paz, la estabilidad y unas mayores capacidades para competir en un mundo globalizado, no despierta, sin embargo, el entusiasmo en amplias capas de la población de muchos de los países de la UE, incluidos los fundadores que rubricaron aquel Tratado de Roma, germen de esta nueva Europa, hace ya sesenta años.

Y es que a la soñada Europa le sucede como a la democracia: que cuando es lograda y vivida rutinariamente se vuelve antipática, poco estimulante y genera frustración al no satisfacer todas las expectativas que su ausencia despertaba, y porque no consigue resolver todos los problemas que preocupan a los ciudadanos, aunque ofrezca más medios y posibilidades para ello.

Ambas realidades sucumben al éxito de su consecución y hacen que luchar por la democracia o intentar pertenecer a la UE movilice e ilusione más que coronar tales metas. Es así por lo que la UE vive en la actualidad una crisis de confianza que hace que muchos ciudadanos desencantados busquen en las soluciones fáciles de los populismos y los nacionalismos excluyentes las respuestas que les niegan las instituciones europeas y la propia democracia, cuando una y otra lo que ofrecen es una mayor responsabilidad para el propio desarrollo, desde las premisas de la libertad y la igualdad de oportunidades a individuos y colectivos.

El riesgo a una involución y hasta a un fracaso del proyecto conjunto es hoy más patente y plausible que nunca, gracias al portazo del Reino Unido, materializado con ese Brexit ya puesto en marcha tras 44 años de pertenencia, y la existencia, en el seno de la UE, de partidos xenófobos, racistas y aislacionistas que agitan en sus respectivos países la bandera de la desintegración europea. Es, por tanto, un sexagésimo aniversario agridulce para la UE, aun cuando tiene mucho que celebrar.

Es verdad que existen muchas dificultades pendientes y demasiados desengaños que corregir. Dos, sobre todo. El primero, la crisis de 2008 que golpeó con rudeza a los más desfavorecidos, en los países más débiles del continente, y que no recibieron ni percibieron una protección suficiente debido a las medidas que adoptó la UE para afrontar el declive económico y financiero mediante políticas de austeridad que beneficiaron al mercado en perjuicio de servicios y derechos sociales.

El desempleo, la desigualdad y los recortes a un Estado de Bienestar cada día más raquítico son las consecuencias de esas políticas ahorrativas con las que la canciller alemana, Angela Merkel, amenazaba cada semana a sus socios europeos, instándoles a emprender ajustes draconianos.

Ello produjo agravios entre naciones ricas del Norte, cuyos habitantes no sufrían restricciones, y países pobres del Sur, que eran sometidos a políticas de control del gasto, como Grecia, España, Portugal y otros, que laminaban conquistas y derechos sociales (prestaciones por desempleo, reducción en la cuantía de las pensiones, precariedad laboral y salarial...) y que perjudicaron a las clases trabajadoras y medias, sumiéndolas en el descontento y el rechazo hacia una Europa insensible e inmisericorde con sus problemas.

El segundo motivo de desafección lo provoca la crisis migratoria a la que Europa, como ente unitario, no ha sabido responder como cabría esperar atendiendo a sus propios valores éticos. Ni la igualdad, ni la solidaridad, ni los Derechos Humanos presidían las contradictorias medidas adoptadas para hacer frente a oleadas de refugiados que llamaban –y continúan llamando– a las puertas de la UE en busca de socorro y protección.

El miedo a la infiltración de terroristas en el continente –cuando los radicalizados que han cometido atentados ya eran ciudadanos europeos– y el egoísmo de los que temen perder sus privilegios si sientan a más comensales en la mesa, constituyen la fuente de desavenencias que impulsaron a levantar alambradas fronterizas entre países de la Unión para impedir el trasunto de inmigrantes y, en último término, la firma de un acuerdo vergonzante con Turquía –que ni es país miembro ni es respetuoso con los Derechos Humanos– para que acogiera a esa avalancha de refugiados solicitantes de asilo, previo pago en metálico de un sustancioso canon económico.

La agitación de una oportuna victimización propia y la propalación del estigma delincuente del inmigrante –o de cualquier “otro”– hicieron posible la proliferación de populismos xenófobos y hasta racistas que hacen tambalear la cohesión interna y el proyecto común de una Europa cada vez más desunida que olvida su alma social cuando las circunstancias exigen lo contrario.

A estas alturas, ya no nos acordamos, atenazados por todos estos miedos, de las ventajas de los Eramus que han permitido a nuestros estudiantes completar su formación con la inmersión en otros países, ni de la modernización de las infraestructuras que han contado, todas ellas, con la ayuda de fondos europeos.

Parece que no recordamos los acuerdos con terceros países para la pesca y la apertura de mercados a mayor escala con el marchamo de la UE; ni de la supresión de pasaportes para trasladarnos a cualquier país miembro de la Unión; ni de las fluctuaciones de la peseta que encarecían de golpe la vida.

Tampoco nos acordamos de esa Justicia Europea ante la que reclamar injusticias como las hipotecas abusivas, cláusulas suelo, los desahucios, diferencia salarial de interinos, incluso el no respeto a los Derechos Humanos en resoluciones nacionales diversas, ni de una mayor concienciación de nuestros recursos naturales y ambientales.

Por no acordarnos, no nos acordamos siquiera de que la ruptura del aislacionismo a que nos condenó el régimen franquista y la conquista de las libertades como país plenamente democrático fueron debidas, en parte, gracias al estímulo y la contribución de esa Europa que ahora cuestionamos.

Celebrar sesenta años de un proyecto tan complejo y ambicioso como el de una Europa unida, aun en su imperfección, cuando esta región del mundo se ha comportado siempre con desunión, enfrentamientos mutuos e intereses contrapuestos desde los tiempos del Imperio Romano hasta ayer, es un triunfo que hay que subrayar y apoyar con más ahínco, si cabe.

Que en el solar donde se libraron las mayores guerras mundiales y se padecieron los estragos imperiales de unos y otros, se esté elaborando un prudente modelo de convivencia y concordia con el declarado propósito de la paz y el bienestar para todos, sin distinción, desde hace solo sesenta años, debería ser motivo de orgullo y satisfacción para los que tenemos la suerte de pertenecer a Europa y sentirnos europeos. Con todos sus defectos y carencias, es la región del mundo más civilizada, democrática y justa del planeta. ¡Ojalá no la echemos a perder!

DANIEL GUERRERO

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