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22 de marzo de 2017

  • 22.3.17
No, no siempre fue así que los políticos españoles –me refiero a los de sueldo y jornal fijo no dependiente de la carestía de vida, no a los que se lo suben lo que les da la democrática gana– en otros tiempos no muy lejanos pudieron, porque las procesiones no eran ni por asomo los fatuos desfiles que son ahora, ir vestidos de domingo desfilando por mojar y sopar en todos los platos.



La radiografía de una sociedad, los cimientos de una localidad, de un país entero, se puede sacar simplemente analizando el orden de importancia y los componentes que formaban parte en épocas en las procesiones que antes de ser desfiles, paseaban, como ahora, santos de palo o cerámica por las calles de nuestras ciudades.

En la hermosa ciudad de Granada, para su procesión del corpus, en el orden que pasaban los pendones gremiales, se asentaba socialmente qué gremios eran más importantes para la ciudad, según estimaciones del momento y años.

En primer lugar circulaba el gremio de los armeros y cuchilleros, seguidos de los sederos y los sastres; luego de los pelaires cardadores de paños, carpinteros, albañiles, tejedores de paños y lienzos, zapateros, chapineros, curtidores, pellejeros, corredores de bestias, herradores, herreros, cordoneros, alpargateros, hortelanos, taberneros y mesoneros, especieros y tintoreros, tenderos, olleros, zurradores y roperos...

Pero he aquí que te podías quedar esperando todo el tiempo que quisieras y no pasaba ningún gremio relacionado con las letras y la cultura, no porque no existieran las ganas, aunque fuera a nivel individual de algunas particularidades por aprender, sino porque la sociedad, tal y como se estaba constituyendo, entendía que en la ignorancia por fuera de las artes de un oficio manual, no había cabida.

Y si dejamos que esto pasó y se quedó en aquel Medievo de temores y supersticiones, la cosa no pasaría a mayores; pero no fue así, y son en extremo breves los años transcurridos desde que el analfabetismos más cruel y deshonroso se ha conseguido erradicar en lo que respecta a saber leer y escribir con más o menos dificultad o ligereza y soltura.

Pero, para que seamos pueblo con criterio, con raciocinio de gentes que disponemos y mandamos en el cotarro social, se necesita mucho más que todo eso tan elemental; mientras que solo necesitamos sentarnos y ver pasar una procesión para que estemos delante del verdadero estar social de un país que se llama España.

Aquellas exhibiciones de antaño, de pugna entre los diferentes gremios laborales para demostrar cual tenía más poder económico o desfilaba con mayor esplendor y boato, que con buen criterio el rey republicano don Carlos III acabó con los privilegios de los dichos gremios, no forman parte de ninguna tradición española ni son un ápice o un pequeño pellizco de la cultura española, si queremos entender como cultura lo que hace un pavo real cuando abre la cola y eleva las alas para que lo vean bien las hembras.

Los alardes, los torneos, el juego de cañas, el lance de toros, el paseo de mozas y mozos por las alamedas o los lugares adecuados para una mejor exhibición y conocimiento, las procesiones, los desfiles carnavalescos y un determinado número de actos gregarios locales en los cuales las gentes hacen ocupación y entretenimiento, no tienen, porque carecen de ello, otra cosa que tener ese mero y puro carácter de entrenamiento, sin aportar nada a la idiosincrasia o a la cultura de un pueblo. Y, en el supuesto caso que formen parte esencial de todos sus actos, dirán muy poco en favor de la riqueza del intelecto del pueblo en cuestión.

El color púrpura, un muy rojo tirando a morado, que estaba prohibido calzar por ser símbolo tan solo de pies popales y papales, ahora resultaría, aunque no se sabe donde puede acabar la estupidez humana, algo bastante irrisorio que te castigaran por llevar un calzado de semejante color. Pues en el mismo grado de incomprensión social puede resultar que intenten decirte machaconamente que cualquier desfile de los enumerados forman parte de la cultura de un pueblo, de su forma de ser, cuando tan solo se trata de un modo de entretenimiento social y de lucimiento.

Aquella España que algunos vimos y vivimos por los años setenta despejada y decidida hacia la modernidad social, donde predominaba la dignidad y el trabajo honesto a la vuelta de la mayoría de los emigrantes, fue una España que sí que tenía que formar parte de un afán mayoritario español, que lo truncó con engaño y una mentira detrás de otra una Europa que ya habló por entonces de velocidades, y muchos años después vuelve a hablar otra vez de las mismas dos velocidades, en pleno proceso involutivo de desfiles.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

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