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7 de marzo de 2017

  • 7.3.17
Me llamo Nerón Claudio Druso y nací en Roma en el año 15 antes de Cristo. Me pusieron como sobrenombre "Germánico" por las batallas que gané en tierras de la Germania. El emperador Tiberio me adoptó. A partir de entonces me llamé Julio César Claudiano aunque, como he dicho antes, todos me llamaban "Germánico".



Al año de mi adopción, me promocionaron como mando militar y, entre los años VII y XI serví en Panonia y Germania. En el ejército obtuve grandes victorias. Yo fui el que vengó a Publio Quintilo, muerto por los bárbaros junto a sus tres legiones en el bosque de Teutoburgo, en Germania. Quizá haya sido una de las peores pérdidas de la historia de Roma. Al final hice desfilar cautiva por las calles de Roma a Thusnelda, la esposa de Arminio, el germano vencedor de Teutoburgo.

Siempre serví con total lealtad a mi tío y padre adoptivo, el emperador Tiberio. Me hice popular entre mis hombres. Mis legiones me incitaron a tomar Roma por la fuerza de las armas y destituir al emperador. No les hice caso. Nunca me levanté contra Tiberio, aunque él siempre receló de mí.

Mi sino fue una muerte temprana. Tuve el mismo destino que mi padre, Claudio Druso. Murió asesinado por su propia madre. Livia mi abuela, mandó a su médico personal para que envenenara a mi padre. En mi familia, o te hacían emperador o no llegabas a viejo. Si no te mataba tu hermano, lo hacía tu madre.

El único que se libró de una muerte violenta fue mi hermano Claudio. Tenía cierta dificultad al hablar y lo tomaron por un estúpido. Creo que fue el más inteligente de todos los emperadores romanos. A mi pobre hermano Claudio se lo encontraron muerto de miedo, detrás de una cortina, los propios pretorianos que lo nombraron emperador.

Él subsistió a todos porque ninguno de mis parientes lo sintió como una amenaza. Sobrevivió a todos menos a Agripina, mi hija. Ya de emperador se casó con ella en segundas nupcias, después de que ejecutaran a su esposa Mesalina por adúltera. Mi hija Agripina no tuvo escrúpulos. No tardó en envenenar a mi hermano, el emperador Claudio.

Cesar Augusto fue mi tío abuelo, el primer emperador de Roma. Mi abuelo, el malogrado triunviro Marco Antonio. Entregó su prestigio a una reina egipcia de origen griego llamada Cleopatra. Se envenenó antes de que lo ejecutaran.

A mi muerte, mi mujer, Agripina, acusó a Tiberio, mi padre adoptivo, de haber tramado el asesinato. Pobre esposa. Hubo una investigación, pero no se aclaró nada. Tiberio, en venganza, la desterró a la isla de Pandatoria. Así me agradeció el emperador mis servicios. Desterrando a mi mujer y matando de hambre a dos de mis hijos.

Y yo tengo que vagar durante toda la eternidad para pagar los desmanes de esta familia, de la dinastía Julio-Claudia. Fueron los míos, mi estirpe y mi cuna, los que asesinaron a sus padres y hermanos.

A la muerte de Tiberio mi hijo Calígula fue nombrado emperador, no sin antes eliminar a su primo, Tiberio Gemelo, con el que tenía que haber compartido el imperio. Esta casta lleva en la sangre el asesinato y el parricidio.

Mi hijo Calígula fue el más cruel de todos. Era un enfermo con delirios de grandeza. Tuvo relaciones sexuales incestuosas con mi hija Agripina. Fueron los propios patricios los que acabaron con él. Lo asesinaron muy pronto. Solo estuvo en el poder cuatro años. El día que lo ejecutaron, mataron a su mujer y a su hija pequeña aplastándole la cabeza contra un muro.

He sido yo el condenado a vagar entre los siglos para intentar evitar tanta maldad. Me mataron en el otoño del año XIX en Antioquía, a los 34 años. Ahora estoy muerto. Muerto hace dos mil años.

Mi cadáver fue incinerado rápidamente. Mi esposa, la nieta de Augusto, trajo las cenizas a Roma. Nadie de mi familia asistió a las honras fúnebres. Se ausentó el emperador, mi padre adoptivo. Mi abuela Livia y mi madre Antonia tampoco fueron. Y así me despedí de la historia de Roma, solo, de la misma manera que vine al mundo. Y ahora estoy condenado a vagar eternamente y a revelar mi vida que historiadores romanos como Suetonio o Tácito se han encargado de narrar.

Lo que no contaron los cronistas romanos es que 2.000 años después, la estirpe asesina de mi familia sigue vagando entre los genes de todos sus miembros. Por los siglos de los siglos. Envenenando la sangre de sus descendientes.

El instinto criminal es natural. Matar para adquirir poder. Para robar, para fornicar. Cuánto asesino hay entre nosotros... Se han multiplicado por miles. Están en todas partes. En el autobús, en la panadería, en el cine. En el Gobierno. A veces te cruzas definitivamente con uno de ellos a la salida de una discoteca y te clava un cuchillo y adiós. Hasta siempre.

Es posible que mi memoria todavía quede relegada a un instante de lucidez de alguno de mis descendientes para evitar la masacre. A veces lo consigo. Otras no. Como la sed de sangre de un hombre joven, de unos 20 años, que acaban de detener. Le imputan la muerte de su hermano. Al parecer estaban enfrentados por una herencia. No sé si será uno de mis vástagos, aunque curiosamente, se apellida Germánico.

GONZALO PÉREZ PONFERRADA

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