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26 de marzo de 2017

  • 26.3.17
Hasta comienzos del siglo XIX, los relatos de las mitologías griega y romana fueron temas para los grandes pintores que acudían a ellos como motivos de inspiración e interpretación, puesto que los personajes que protagonizaban tales relatos eran pura invención humana en los que se proyectaban los ideales, los deseos y también los temores y las más terribles pasiones que anidaban (y anidan) en los seres humanos.



Y precisamente eran estas recónditas pasiones, transformadas en furias desatadas, las que más interesaban a los mecenas y los espectadores que contemplaban con espanto y horror el contenido de esos lienzos nacidos de la fértil imaginación de sus creadores.

Pero esas pasiones, descritas por los grandes poetas, dramaturgos y filósofos griegos, no han desaparecido. Siguen aún vigentes en los albores del siglo veintiuno, aunque en estos casos nos llegan a través de los múltiples medios de comunicación con los que convivimos.

Como ejemplo de las mismas, podría traer a colación el conocido caso de José Bretón, quien diera muerte a sus dos pequeños hijos, Ruth y José, de seis y dos años, el 8 de octubre de 2011 en la ciudad de Córdoba como modo de vengarse de su mujer. No es necesario que me extienda sobre este hecho pues el juicio y la condena del protagonista estuvieron presentes en las pantallas y las portadas de los periódicos durante mucho tiempo.

Celos, venganza y muerte: una tríada que parece que recorre la historia de la humanidad desde sus orígenes. No en vano, en los comienzos de la Biblia aparece el relato mítico de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín por los celos que sentía al ver que las ofrendas de Abel eran bien recibidas por Dios, mientras las suyas eran desatendidas.

Celos, venganza y muerte: es también lo que nos narran el poeta Apolonio y el dramaturgo Eurípides en la historia mítica de Medea, cuando la protagonista decide vengarse matando a sus dos pequeños hijos que tuvo con Jasón cuando este incumplió su promesa de matrimonio.

Si la muerte dada a sus dos hijos por un padre (José Bretón) conmovió a toda la sociedad española unos años atrás, más horroriza pensar que una madre acuda a vengarse, despechada por la falsedad de su amante, matando a sus hijos.

La terrible historia de Medea era conocida por los textos escritos de los clásicos griegos; sin embargo, era necesario que se visualizara este hecho a través de imágenes. De esto se encargó el pintor francés Eugène Delacroix (1798-1863), cuando en 1838 acabara un lienzo que lo tituló Medea furiosa y del que hiciera una segunda versión pictórica y a gran formato treinta años después.



Pero antes de comentar el cuadro de Delacroix me parece oportuno hacer un breve recorrido para que conozcamos el mito de Medea. Para ello acudo al gran helenista Carlos García Gual, tomando unos comentarios que aparecen en su libro Diccionario de mitos.

“La historia mítica de Medea”, dice García Gual, “está unida a la de Jasón y los Argonautas. Es la princesa de la Cólquida, maga poderosa y doncella enamorada, que por amor ayudó a superar las pruebas terribles y a obtener el famoso Vellocino de oro, y escapó con él y sus compañeros en la Argo hasta Grecia. Luego compartió el destino con Jasón, que no obtuvo el trono de Yolco, sino que tras la muerte de Pelias, se exilió y fue a parar a Corinto”.

“Allí a él se le ofreció una nueva boda, con Creusa, la hija del rey de Corinto. Entonces Medea, viéndose traicionada por el héroe al que había confiado su destino, tomó una terrible venganza: envió a la princesa corintia un regalo de bodas emponzoñado, que causó la muerte de ella y del rey, y, por otro lado, mató a los dos hijos que tenía de Jasón. Luego escapó a Atenas donde el rey Egeo le había prometido asilo”.

La historia personal de Medea que nos narran el poeta Apolonio, en El viaje de los argonautas, y el dramaturgo Eurípides, en Medea, es posible dividirla en dos partes. La primera trata de la aventura de una joven princesa que se enamora del extranjero, siendo seducida por sus promesas matrimoniales a cambio de una ayuda en el peligro, por lo que traiciona a su padre, deja a su patria y escapa con su amado. La segunda cuenta su reacción ante el abandono de este y la subsiguiente venganza.

La obra clásica de Eurípides es mucho más famosa que la versión épica de Apolonio, por lo que la imagen más difundida de Medea es la de una bárbara, terrible y despechada mujer que asesinó a sus propios hijos en un arrebato de pasión.

Medea es, ciertamente, apasionada, pero a la vez extrañamente lógica en sus arrebatos como muestra en los monólogos de la tragedia. En esos monólogos es donde aparece la frase que, según cuentan, sorprendió a Sócrates: “Mi pasión es superior a mis razonamientos”.

Siglos después de que naciera el mito de Medea, el arte se une a la literatura para que las palabras se transformen en imágenes y se muestren a nuestros ojos con el fin de que podamos visualizar la tragedia.

Esto es lo que pretendió Delacroix cuando, en el Salón de París de 1838, expuso y se exhibió Medea furiosa, lienzo de amplias dimensiones. Así, la mujer con los pechos desnudos (de modo similar a como aparecía la protagonista de La libertad conduciendo al pueblo, otro gran obra de Delacroix) sostiene a sus dos pequeños con el brazo derecho, al tiempo que su mano izquierda agarra el puñal con el que les dará muerte. Medea se encuentra a la entrada de una cueva, con la sombra proyectada en los ojos y mirando hacia afuera, temerosa de ser vista en el horrendo crimen que va a cometer.

El impacto de la obra fue inmediato. Fue una de las obras más comentada por el público y la prensa que se hico eco de este evento. El Estado francés pronto adquirió el lienzo para ser llevado y expuesto en el museo de Bellas Artes de la ciudad de Lille, al norte de Francia, lugar en el que actualmente puede contemplarse.

Para cerrar esta breve incursión por el mito de Medea, indicaré que esta tragedia había obsesionado a Eugène Delacroix a lo largo de su vida. Tanto que desde los 26 años hasta los 64, edad de su fallecimiento, realizó numerosos bocetos, dibujos y litografías del mito griego. De todos modos, son las dos versiones en amplios lienzos las que más se han difundido de este pintor clasicista francés.

AURELIANO SÁINZ

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