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25 de febrero de 2017

  • 25.2.17
De todas las voces que hay en mi cabeza, la que más me molesta es esa que siempre dice: "si". "Si haces esto, te puede pasar aquello"; "si hubieras elegido esa opción, no estarías así"; "si tomas esa decisión, te puede ir mal". Si, si , si... Estos "si" condicionales e hipotéticos son como finos hilos que me rodean y me impiden moverme: los teje un gran gigante de miedo que los escupe a gran velocidad. Cuando me doy cuenta, estoy metida en esa maraña, peleándome con ellos y perdiéndome el presente.



Siento cómo me asfixian y cómo crecen. Se alimentan de mi rabia y de mi fuerza. Yo los odio y, cada vez que aparecen, en vez de obviarlos, les planto cara: ¿Por qué no me dejáis en paz? ¿Por qué habéis tenido que aparecer de nuevo? Sé que vuestro fin es putearme...

Y mi ira crece y crece, y el fuego de la lucha se desborda y me quema. Mi sangre se agria paralizando mi cuerpo y mis decisiones. Bloqueo total. Sigo sin entender por qué existen y por qué me persiguen; o, mejor dicho, por qué se han instalado en mi cabeza.

Estoy harta de que algo me impida avanzar y me mueva hacia delante y hacia atrás como si yo fuera uno de esos muñecos que se balancean, pero que no avanzan.

Esta tela de hilo es asquerosa, llena de sustancias pegajosas que se adhieren a mi cabeza y me dejan ciega y entregada al terror del Apocalipsis. Todos los escenarios que me presenta han sido arrasados, quemados y la vida humana ha desaparecido. Solo quedan otros zombis, como yo. Gente que andamos con los ojos vacíos de ilusión y esperanza, que ha aceptado lo peor, que ve todo como un problema y se ha rendido a la frustración y a la insatisfacción.

Como todo es una mierda, ¿para qué pelear? ¿para qué respirar? Y de nuevo caigo en la mitificacion de la muerte como un lugar tranquilo en el que no hay que pensar, no hay que decidir, no hay que aguantar. En definitiva, un lugar en el que no hay que sufrir.

La parte de mi cerebro conectada a la vida trata de hacer oír su voz chiquitita, intenta existir y desde la dulzura me manda mensajes: "No te creas al lobo del miedo, no existe, solo es humo negro". Y me da alternativas. Y si todo te va bien, y si consigues la oposición, y si hay por ahí un chico que piensa en encontrarte todas las noches... y al final te encuentra.

Me cuesta más lo positivo. El otro día, el hadita de mi profesora me dijo: "No creas que te engañas si piensas en positivo. No hay mayor engaño que el miedo y la obsesión. La gente que cae en el abismo de la depresión es porque se ha creído las mentiras que sus miedos le han contado".

Hoy me cuesta jugar a los "y si..." positivos. Mi cuerpo y mis hormonas me lo impiden, pero esto también es pasajero. Lo intentaré esta semana...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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