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27 de enero de 2017

  • 27.1.17
Cuando queremos dejar clara una cuestión, solemos emplear la expresión “al pan, pan y al vino, vino”. Este refrán, aparentemente vulgar, lo hemos usado como una fórmula intrascendente para dar por sentado que eso es así y no hay que atribuir más énfasis al asunto porque ha quedado claro.



Recordemos que sentencias y refranes acumulados por la sabiduría popular no están dichos en un sentido baladí. Son parte del acervo cultural acumulado en el transcurso del tiempo. Voy a ahondar en esta locución buscando en su significado la referencia ética que nos puede aportar.

No es un misterio para nadie que nos movemos en un ambiente de enredo, de engaños y mentiras. Estamos ante la proclamación de un valor que, por lances del destino, no está de moda. Soy consciente de que ese destino es la jugarreta que cada cual hemos puesto en marcha con las pillerías, chanchullos y trampas que nos han ido transmitiendo desde “arriba” a la sombra del poder, o desde la relajación moral.

Cuando digo “arriba” me estoy refiriendo a una serie de circunstancias que nos manejan (¿juegan con nosotros?) desde instituciones políticas, religiosas, ideológicas, plasmadas en políticos, administradores de justicia (se me hace muy gordo aludir solamente a la justicia porque entonces habría que decir aquello de “apaga y vámonos”). Y más…

En definitiva, toda una serie de modelos que deberían aparecer como guías y patrones imitables en lo bueno, por desgracia lo son en lo ruin y rastrero, o si quieren, para no ser tan rotundo en mi planteamiento, podremos decir "para lo menos bueno". Pero ocurre que resulta más fácil y rentable imitar lo que hacen mal los supuestos dirigentes, ídolos...

La cuestión es de una aplastante simpleza: si ellos trampean y no pasa nada, yo también puedo, incluso tengo el mismo derecho. Ciertamente, todos somos iguales ante la ley pero parece que unos lo somos más que otros. La ley o es para todos o para ninguno. ¿Estamos ante un problema de laxitud moral, donde impera el todo vale?

Moralmente, los modelos nos sirven para imitarlos en lo bueno y en lo malo pero es más cómodo y rentable –y da beneficios– la imitación de lo malo. Estafar al fisco, cobrar y/o pagar en negro es tan común entre nosotros que la mayoría solemos usar dicho canal. Es tan fácil caer en la manga ancha… Ejemplos tenemos en abundancia.

Lo que pasa es que aunque la “mona se vista de seda, mona se queda”, es decir imitamos de dichos modelos lo que realmente hacen mal, incluso aplaudimos si el sujeto es un ídolo, sobre todo del deporte. Algunos ejemplos punzantes y candentes tenemos entre dichos “modélicos” personajes. Alguien podrá decir que ese tipo de conducta es un problema del libre albedrío. Que allá cada cual con su conciencia... La libertad conlleva derechos y obligaciones.

Determinado tipo de acciones son más graves ante la opinión pública, si las realiza ese mandatario “mordedor” (corrupto) que está ahí para defender nuestros intereses y si no lo hace, ¡puerta! Pero si dicha acción es de por sí mala para unos, y esto no se me ocurre ponerlo en duda, también está mal para otros, sean del color, del partido, del equipo que sea. Quien la hace, que la pague.

Quien defrauda está robando a todos los demás. Quien exige mordidas para poner en marcha un proyecto está lucrándose indebidamente y encareciendo el producto final a costa del contribuyente. Hago una breve explicación de lo que se entiende e implica una “mordida”.

Si nos atenemos a las definiciones que da la RAE, éstas no pueden ser más finas. La mordida es el “provecho o dinero obtenido por un funcionario o empleado, con abuso de las atribuciones de su cargo”. En casi toda Hispanoamérica se entiende como “fruto de cohechos o sobornos” sin atribuirlo a tipo de cargo concreto.

Si lamentable puede ser la primera definición ofrecida, la segunda es más fina y abierta puesto que queda referida a los beneficios obtenidos como consecuencia de la mordida y añade un matiz aun más fino. Como delito implica “soborno al juez o al funcionario en el ejercicio de sus funciones”. Como se puede apreciar, ambas definiciones se complementan y, en cierta manera, son de ida y vuelta, es decir tan grave es sobornar como dejarse sobornar. O poner como condición la mordida.

Sigo pensando en el asunto de las tarjetas que aunque algunos no las usaran para nada, fueron cómplices no denunciando el desacato que hacían los demás. ¡Hombre!, ¿encima chivato? Hasta ahí podríamos llegar... Esto nos lleva a que el silencio, la no denuncia de un abuso, fechoría, robo… nos convierte, guste o no, en cómplices, en culpables de la “fachenda” (mala acción).

Si echamos una ojeada a la prensa veremos que el huerto del soborno (mordida) está bastante bien regado por unos y por otros. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Cuando digo "por unos y por otros" me refiero a que las mordidas, los sobornos, el cohecho está a la orden del día y en todos los rincones, tanto políticos como civiles. Mordidas por todas partes de perros, de animales varios y de listillos…

Lamentablemente no podemos cargar el muerto a un solo sector, ni a un solo partido político porque este tipo de sarampión moral se extiende más que una mala gripe y deja secuelas como las llagas de la lepra. Si seguimos la Ley del Talión, en su estricto sentido de “ojo por ojo, diente por diente” el resultado sería vivir en una sociedad atiborrada de ciegos y desdentados.

Blanquear es una actividad de pintores de brocha gorda ¿Recuerdan cuando en nuestros pueblos, blancos de cal, se enjalbegaban las fachadas cuando llegaba el buen tiempo con la primavera, para que las casas dieran un buen aspecto? ¿Remilgos de limpieza? No, simplemente se blanqueaba para protegernos del tórrido sol veraniego y así estar más frescos. También se quitaban los jaramagos de los tejados para evitar posibles goteras. Sabiduría popular. Blanquear ha cambiado y ha actualizado su significado.

Pues bien, dicha sabiduría popular ahora la emplea la élite sociopolítica, deportiva, amén de las ricas fortunas y algunos listillos más, para escamotear dinero. Blanqueo que está presente en las “mejores casas”. Lo de "mejores casas" es un eufemismo cariñoso por no decir un taco grosero que dañe oídos. El ciudadano de a pie no tiene ese beneficio.

Políticos, empresarios y demás especímenes que ocupan las páginas de los tabloides de la información nos han vendido la idea de que todo vale para conseguir sus propósitos, que ya no nos sonrojamos por nada. La cara se nos ha hecho más dura que el cemento “armao” y aquí somos cómplices todos y cada uno de nosotros.

Hasta no hace mucho, se hablaba contra la casta política como la culpable de muchos de nuestros males y ciertamente lo es. Pero casi sin querer o, si lo preferimos, “sin querer” darnos cuenta, cada uno de nosotros hemos ido cayendo en la trampa del dejar hacer y de la que renegamos en público y a voz en grito, aunque en privado estemos dispuestos a lo que venga… ¿Renovación política? No, sin renovación moral o caemos en aquello de “los mismos perros con distintos collares”. Refrán, por desgracia, en pleno uso.

“Al pan, pan…” proclama que hay que ser transparentes en nuestras acciones ante los demás, que hay que actuar sin doblez, con sinceridad y honradez en los negocios, en la vida diaria, lo cual está reñido con aquello de “dar gato por liebre”.

Dato para la curiosidad. La expresión anterior procede de la Edad Media cuando en las posadas o casas de comidas, ante la falta de determinado tipo de viandas (carne de vaca o de liebre) ofrecían al viajero carne de gato, que es muy parecida a la de liebre o conejo. La expresión ha pervivido como aviso a navegantes para estar al pairo ante engaños o estafas que nos puedan afectar.

Sin embargo, no sé si nos hemos percatado de que cada día hay más “listillos” timando a “pardillos”. Los primeros, como es fácil de suponer, son más hábiles para sacar ganancia de algo o de alguien; los segundos, pensando que van de listos, son presa fácil de estafar. Siempre recordaré la película en la que Toni Leblanc, haciendo de bobo y alelado, burla a un “listo” pueblerino.

Una cuestión queda clara en este tipo de planteamientos y monsergas. “Una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo”. Echar sermones creo que todos somos capaces de hacerlo. Ser honrados y limpios eso ya es “harina de otro costal”. Los ladrones de guante blanco visten de marca y van muy arregladitos. Todos ellos son muy pulcros.

Habría que hacer una inmersión seria y profunda en valores como la sinceridad con la confianza que aporta el saber que me puedo fiar del otro ya sea político, empresario, juez o un humilde barrendero. Queda mucho camino y “se hace camino al andar”.

PEPE CANTILLO

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