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25 de enero de 2017

  • 25.1.17
Fue a la muerte del Fernando VII El Deseado, y tras derrocar el pueblo español a Isabel II, hija de la cuarta mujer que tuvo el monarca, y todo gracias a que la nutrida presencia de clérigos por los pasillos cortesanos con sus rezos y oraciones ofrecen muchas posibilidades de que aumenten los preñados en los palacios. Y será un venturoso mes de octubre, corriendo el año de mil ochocientos sesenta y ocho, cuando va a nacer la peseta y los peseteros.



Durante ciento treinta y cuatro años, aquella querida peseta por muchos, que todavía sin ser peseteros la amamos profundamente, con solo pronunciar su nombre nos acordamos de tiempos económicos en los que había una mayor dignidad nacional, de la buena, de la decente a pesar de los partidos políticos españoles que prácticamente neonatos, antes que otra cosa, se hicieron expertos en el engaño y la burla al pueblo que todavía los sustentamos en su costosa inutilidad más que demostrada.

La peseta, fiel compañera presente en mucha parte de muchas vidas de gente, tan poderosa y nuestra, que si ella fue capaz de engendrar por sí sola la figura del pesetero, el euro, soso, con un olor alemán que apesta, no ha sido capaz ni de acuñar un adjetivo gentilicio demónimo en su corta y nada amable existencia.

El euro, que le viene muy bien a todos los palmeros y mariachis de Marianico Pasos Largos, que dicho sea de paso que no es verdad que sus andares, el llamado “paso de la oca” acondicionado a los pasillos cortesanos y jardines adjuntos, se los están tratando de imponer en Alemania, sino que es una iniciativa propia, resultado de la adaptación del citado paso militar a los jardines de La Moncloa, moderna sede de la Embajada de Alemana en España. Pues bien, el euro, un mal nacido, por supuesto que no va a tener la longevidad de la querida y atractiva peseta, porque, insistimos, no tiene nada de español ni la gente lo queremos.

La peseta, aquella peseta que nació hija del pueblo español nada más comenzar el llamado Sexenio Liberal (1868-1874), breve, extremadamente breve tiempo en el que España ha tenido un Gobierno que miraba y hacía, de verdad, por la gente, no la trampa liberal que vivimos y estamos viviendo desde que los políticos comprobaron en sus carnes que robar en España es gratuito, y que los expedientes judiciales pueden, como la manteca colorá, caducar, el primer paso que se dio en aquel tiempo pasado, fue que nada más entrar interino el Gobierno Provisional del citado y hermoso Sexenio, al frente de dos militares, general Juan Prim (Partido Progresista), general Francisco Serrano (Unión Liberal) y un civil, Francisco Pi y Margall (Partido Republicano Federal), a los que daría gusto escucharlos ahora, a cualquiera de los tres, de lo que opinan del vuelo del avión ruso, alquilado a la legal, reinante e imperante sisa, Yakolev 42, que es de suponer que lo de 42 será el número de serie, porque si obedece al año de fabricación una instrumentación del 42, por experiencia personal, uno sabe lo obsoleta que está.

La mujer sentada, que da la espalda a unos montes, el diseñador Luis Marchionni, amo y señor de la ceca de Madrid, era lo suficiente de sagaz como para simbolizar de un modo inteligente que la “mujer sentá” como pronto la denominó el entonces, paradójicamente, más consecuente y vertebrado pueblo español que el de ahora, no está, como a nivel oficial se decía, “llevando a los montes Pirineos a su espalda”, sino que abiertamente el anverso de aquella inteligentemente y querida peseta diseñada, indicaba que España, como es más España, es dándole la espalda a Europa y teniendo la vista puesta en el poniente oceánico.

Y el león imperial que aparecía en el reverso de aquella primera peseta, la gentes de la calle, no vieron como ven ahora muchos que el Opus Dei es una bendición de grupo social donde se llega sin problemas a embajador o a lo que decida, sino que aquellas gentes cansadas de la inmensa camarilla de mandamases, hijos todos de San Luis, un santo que tuvo de morir de pulmonía por andar siempre desnudo, que por años llevaba pululando por los pasillos palaciegos mandando realmente en España y capitaneados por curas como los confesores Fulgencio y Claret, de la reina y el rey consorte respectivamente, y la monja coquense sor Patrocinio, que lo mismo valía para un roto que para un descosido, en el citado león imperial grafiado en la moneda no vieron los españoles sino una perra, no un perro, sino una perra y preñada; y de ahí lo de perra gorda.

Por tanto, la deseada por muchos peseta, conlleva con su vuelta no solo decirle adiós al engaño cotidiano de que sigamos insistentemente siendo los sirvientes de Europa y los que les tengamos sus retretes limpios, sino que conlleva una esperanza de que cuando la peseta nació, la España que desde los reyes a los que primero llamaron católicos el clero, porque lo de santos resultaba medieval, hasta aquel hermoso inicio del Sexenio Liberal de 1868, época en la que gente de la talla y humanidad de Martínez Campos, un general conservador que en sus años finales se consideraba un liberal, pudo escribir y dirigir al Gobierno aquello de que: “aquella gavilla impúdica de explotadores sin fe ni ley que han hecho granjería con los más caros intereses de la patria…” en referencia a lo que el liberalismo del sexenio tiró por el retrete de tiempos teocráticos imperiales.

Y si desde Isabel y Fernando hasta el inicio del Sexenio Liberal van a transcurrir unos trescientos setenta y seis años con clérigos pululando por los pasillos cortesanos al mando real de España, y pese a su densidad y redes van a tener que salir de los palacios a uñas de caballo y volver a sus lugares de faena, es lógico que uno se anime pensando que las sectas religiosas actuales llevan poco años mandando, y como socialmente la llamada izquierda que los protegía, camuflaba y ayudaba, está identificada y muy vista, la cosa se puede simplificar.

Pero necesitamos que vuelva la peseta deseada, porque ella, con su vuelta, puede traer dignidad a este país que ha vuelto a caer en manos de la misma gavilla. Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

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