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4 de junio de 2016

  • 4.6.16
Llevo días sin escribir en este diario porque no quería poner sobre el papel lo triste que estoy. He estado releyéndolo y a veces creo que soy muy inmadura porque aún arrastro el pasado atado a mi cabeza, sin ser lo suficientemente valiente para ocuparme de mi felicidad.



Estos casi treinta años se me han perdido en una maraña de rabia y de lucha con mi realidad, en la que yo no he existido, ahogada en el deseo de tener otra familia, otra vida y pidiendo al hada del bosque ser otra persona, quizás una princesa Disney. Un final feliz es lo que siempre he buscado, con príncipe o sin él.

Yo no puedo confesar que he vivido. Quiero hacer un juramento en este momento que puede ser efímero como mi ánimo. Pero quiero prometerme que no me voy a regodear más en el lodo de mis carencias afectivas; que no voy a rumiar más las frases que me han hecho invisible, que voy a mirar hacia adelante como si tuviera una rigidez en el cuello que me impidiese volver la vista atrás.

Estoy en París, he vuelto a la casilla de salida, de nuevo cuidando niños como cuando terminé la carrera y traté de huir de la indiferencia de mis padres. Cuido a los hijos de una aristócrata amargada y les enseño español. A veces, la señora se extralimita en sus peticiones y me hace ver que solo soy una sierva de la gleba, exigiéndome que limpie o cocine, cuando mis funciones son las de una "baby sister", como a ella le gusta llamarme. Lo que soy es una niñera.

Cuando me enfado releo el libro de Ángeles Caso Todo ese fuego y, de nuevo, cuento con las hermanas Brontë para acompañar mi soledad. Ellas sabían lo que puede llegar a sufrir una institutriz en manos de una déspota.

Llevo dos meses y lo único en lo que pienso es en escapar, pero hay dos personitas que me atan: Stéphane y Anne. Esos niños dependen de mí como los pajaritos recién nacidos de sus madres. Alzan sus azules ojos buscando en mi sonrisa cariño y reciben cualquier pequeñita señal de afecto como el regalo más caro del mundo. Cuando quiero huir siempre pienso que ellos no tienen una abuela como la mía que los estruje hasta la asfixia, haciéndoles sentir que ellos son importantes. No disponen de ningún oasis.

La señora no tiene señor y eso la martiriza. No puede asistir a muchos eventos sociales. Es como si tuviera una deficiencia o tara: ser divorciada. En su mente, todos los ojos la observan mientras las lenguas lanzan palabras de crítica o pena contra ella. Al menos, es lo que le dice a sus amigas –o, mejor, llamémoslas "conocidas"–.

Con el propósito de no seguir mirándome el ombligo, me despido de ti hasta no sé cuando. Es verdad que no todo es como yo quisiera... Pero estoy en París.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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