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7 de junio de 2016

  • 7.6.16
Cada vez es más difícil encontrar en las ferias de nuestros pueblos a aquellos charlatanes que, con derroche de envidiable elocuencia y de argumentos irresistibles, eran capaces de convencer al más sensato de las virtudes de aquella asombrosa manta que daba calor en invierno y frescor en verano o de aquella sartén que, para freír, no necesitaba ni aceite ni calor.



Ya no se les ve deambular de feria en feria porque me da la impresión, amigo lector, de que se han pasado en masa a la política. Imagino que lo habrán hecho al percatarse de que es más rentable económicamente ganar elecciones que vender mantas o sartenes.

Para ellos, lector mío, el sentido de la política no está en gobernar, sino en ponerse el traje de campaña, combatir por conseguir tu voto y embolsárselo. Lo que viene a partir de ahí es cuestión secundaria.

Esta puede ser la razón de que estos reconvertidos charlatanes de feria busquen esa situación ideal de campaña electoral donde ejercer sus dotes de oratoria y poner en práctica sus técnicas de persuasión. Por suerte para ellos, en nuestro país parece que estamos instalados en una campaña electoral permanente. Y, también por suerte para ellos, están las televisiones como inmejorable púlpito. Todo son ventajas, ¿no crees?

Es muy difícil resistirse a ellos, pues emplean esa infalible estrategia de ofrecernos aquello a lo que nadie en su sano juicio podría oponerse y en afirmar cosas con las que todo el mundo estará de acuerdo. Así, por ejemplo: “no más desahucios”; “quien debe gobernar es la gente, no una casta de corruptos que buscan solo su interés particular”; “hay que derogar todas las leyes injustas y aprobar otras que sí sean justas”; “antes de rescatar a los bancos hay que rescatar a las personas”; “bajaremos los impuestos precisamente a ti, a tu familia y a tus amigos y haremos pagar más a los ricos insolidarios y defraudadores”; “todo el que desee cuadrar un círculo podrá conseguirlo gracias a una democratización de la geometría y las matemáticas”… En definitiva, solo un insensato votaría en contra de esto, ¿verdad?

Como añadido, palabras tales como “democracia”, “participación”, “consenso”, “honradez”, “sinceridad”, “limpieza”, “justicia” o “patriotismo” dan la sal y la pimienta a todo el discurso, bien surja en un mitin, en un debate televisado, en Twitter o en un video de Youtube, pongamos por caso.

No sé lo que tú opinarás, lector, pero tengo la impresión de que este tipo de mensajes así de salpimentados auguran buenos réditos electorales, es decir, suelen dar buen resultado a la hora de vender mantas fabulosas y sartenes mágicas.

Pronto habrá elecciones y los líderes políticos ya están en traje de campaña y enzarzados en batalla electoral a la conquista de tu voto, lector paciente. De ti, de mí y de millones de españoles depende llenar el Parlamento de políticos o de charlatanes de feria. Y el problema está en que, para ti, para mí y para todos esos millones de españoles, es extremadamente difícil y complicado diferenciar entre unos y otros. Por eso estoy preocupado. ¿Tú no?

ANTONIO SALAS TEJADA

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