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3 de mayo de 2016

  • 3.5.16
El próximo 26 de junio se repetirán las elecciones generales. Poco cambiará el tablero político si nada cambian los jugadores. Escaño arriba, escaño abajo, todo seguirá más o menos igual. La única baza es Andalucía, una nacionalidad histórica que, desde los partidos centralistas, ha sido considerada menor y a la que se mira con la misma lógica que a Murcia o Castilla, tropezando una y mil veces.



Probablemente sea Andalucía la comunidad española con más identidad política y cultural. Lo que pasa es que la identidad andaluza es la lucha por la desigualdad, la solidaridad, la ternura y también, por qué no decirlo, la alegría.

Ternura es la delicadeza con la que los vecinos le ponen en el pomo de la puerta una bolsa cargada de comida a un andaluz sin recursos para que éste no se sienta humillado. Alegría es rifar manojos de espárragos por las calles del pueblo para llevar algo de comer a casa después de años sin ingresos y sin jornales con los que alimentar a los hijos.

A Andalucía hay que saberla mirar y nadie mejor para mirarla, comprenderla y empoderarla que los propios andaluces. No se puede afrontar una campaña electoral, para ganarle al bipartidismo, sin conocer las intrahistorias del PER, cómo lo ha usado históricamente el PSOE como silenciador del descontento y no poca gente de izquierda también ha culpado a los andaluces de preferir el PER a salir de la pobreza.

Nadie en Andalucía ha votado al PSOE para que teja una red de favores, al menos no las clases populares andaluzas. Nadie ha votado al PSOE para que tenga a pueblos del interior con tasas de paro por encima del 50 por ciento. Nadie ha votado en Andalucía al PSOE para que vaciara el poder andaluz y usara esta tierra como campo fértil de votos con los que los líderes socialistas andaluces han medrado por las escaleras del poder.

Nadie ha votado al PSOE para que descapitalizara a Andalucía de poder político, económico y peso cultural, pero tampoco nadie votará a las fuerzas de izquierdas si éstas se presentan con un relato fabricado en Madrid que nada sabe de cómo son los andaluces y por qué, a pesar de todo, el PSOE sigue siendo la fuerza política mayoritaria a la que votan las gentes sencillas en Andalucía.

Antes de la conquista de la autonomía andaluza, en Andalucía había dos millones de analfabetos. No había carreteras. Ni hospitales. Ni escuelas. Ni centros de salud. Ni pabellones deportivos. Ni agua corriente. Ni calles asfaltadas. Andalucía era una región pobre, pobrísima, con décadas a sus espaldas de sumisión, maltrato y una población juvenil emigrada que casi alcanzó los dos millones de personas.

Ese recuerdo permanece en la conciencia colectiva de los andaluces. Por eso aquí nadie ha conseguido nada predicando discursos apocalípticos. Los andaluces han mascado la miseria y eso no se olvida: se transmite de hijos a nietos.

Aquí no triunfará un discurso agorero ni un relato centralista. En Andalucía será posible derribar al bipartidismo si se es capaz de explicarle a los andaluces que la situación de atraso está derivada de un modelo de capitalismo que se nutre de sus barbechos, de sus familias sin ingresos y de un modelo productivo de cafeterías, hoteles, grandes superficies comerciales y bajos derechos laborales que es el modelo por el que ha apostado el PSOE en la tierra con más posibilidades de Europa.

Andalucía votará cambio si una marea andaluza de confluencia de todas las fuerzas de izquierdas son capaces de hacer creer a los andaluces que, además de hospitales, carreteras, centros de salud y polideportivos, es posible construir un modelo económico que evite que los jóvenes mejor formados tengan que emigrar, que la mitad de la población infantil andaluza esté en la exclusión social y comunique la receta acertadamente para convertir el aire, el sol y la fuerza de las olas de los mares andaluces en materia prima para construir otro modelo productivo distinto al de la especulación.

Los andaluces ya conocen los males que les aquejan, los sufren y se los recuerdan a diario. Sólo votarán cambio si éste tiene más síes que noes y es capaz de dirigirse a la población andaluza con su lógica y conociendo los matices que hacen posible que se pueda ser socialmente progresista y ser un apasionado de la Semana Santa o de la romería de El Rocío. O lo que es lo mismo: alegría, ternura, futuro y en andaluz.

Sin cambio en Andalucía, no habrá cambio en el resto del Estado. Sólo construyendo un sujeto político en Andalucía y para Andalucía será posible desatascar el bloqueo institucional y que el grito por la autonomía del 4 de diciembre de 1977 tome cuerpo después de años frenado en seco por una especie de nacionalismo cortijero del bipartidismo que sólo ha ondeado la verdiblanca para enfrentar a los andaluces, contra los catalanes o contra cualquier otro territorio que viniera bien para la cuenta de resultados electorales.

RAÚL SOLÍS

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