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21 de mayo de 2016

  • 21.5.16
Mientras hacía la maleta, su frase poblaba por completo mi cabeza: "No existe la casualidad, todo ocurre por algo. Tú y yo nos teníamos que encontrar". No sólo sus palabras me habitan, también su olor, la energía de sus ojos, su cercanía sin intromisión y la luz que encendió dentro de mí.



Era un día cualquiera, paseando por una calle sin nombre deslumbrante. Una tienda de tés despertó mi sensible olfato –fuente de placer y de aversión– y mis pies siguieron el rastro de la naranja, el cardamomo y otras especies. Fue como un chispazo: su sonrisa me sacó de mis pensamientos y me trajo al presente desde la lejana galaxia del automatismo.

Todas mis células estaban allí expectantes. Mis ojos recorrían una y otra vez su cara y su cuerpo, mi nariz trataba de abrirse paso entre tantos estímulos para olerlo y mis oídos sabían que su voz sería la ficha perfecta para aquel puzzle de emociones que tenía frente a mí. Pelo revuelto, ligeramente castaño, ojos color miel, piel acostumbrada al sol, camisa mao, pantalones holgados y unas sandalias de cuero que habían recorrido muchos caminos.

Hay sonrisas que halagan, hay sonrisas que te ponen en alerta y hay sonrisas que te invitan a acercarte. La que me enviaron sus ojos fue de este último tipo. Yo acababa de levantarme de una pequeña siesta, mi cara estaba lavada, mi pelo emulaba al de la Medusa mitológica y no recuerdo mi indumentaria. De aquel día sólo conservo sensaciones.

No sé quién habló primero, ni qué nos dijimos. Quizás nos teletransportamos a mi cueva. Mi casa estaba llena de cajas repletas de mis escasos enseres, los puertas abiertas mostraban los armarios desnudos, mi ropa era una montaña que nacía de una maleta gigante.

Mis recuerdos son trozos sin hilvanar: sus viajes a la India y a Sudamérica, sus ganas de ayudar, su naturaleza errante, su alegría y su infinita gratitud a la vida. Si cierro los ojos, puedo sentir cómo me acariciaba la cabeza, mientras me mandaba una mirada de confianza en mí, en mis posibilidades, en mi ser. No puedo decir que lo nuestro fue un encuentro sexual: eso sería degradar lo que sospecho es una de las grandes experiencias de mi vida.

En esos "momentos estelares", como diría Stefan Zweig, fui capaz de verme, de sentirme, de verlo, de sentirlo, de compartir placer y de permitir que nuestras almas se encontraran sin ningún tipo de apego. Las yemas de mis dedos recorrieron su piel y la memorizaron; mi olfato absorbió su olor a tierra –cada vez que mis neuronas lo recrean, latigazos de escalofríos recorren mi columna–, mi lengua probó su sal y su azúcar, los pasos de su búsqueda espiritual resuena en mis oídos y mi ojos atraparon en un negativo, que mi cerebro guarda a buen recaudo, sus acariciadoras miradas, sus honestas sonrisas y su cuerpo tibio y moldeado.

No voy a escribir su nombre: no quiero aprehenderlo de ninguna forma. Lo que permanece es la esencia de ese instante en que fui feliz y me sentí vibrar con el universo. Mañana abandono este país. He encontrado un trabajo en París.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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