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27 de mayo de 2016

  • 27.5.16
Llegó el momento en el que parece que todo da igual. Sólo vives por un objetivo, por un camino. No ves más allá por miedo a descubrir que tuviste que haber escogido otra opción. No se trata de correcto o incorrecto. La mayor parte de las mentes cerradas se esconden tras esta clasificación. Miró la hora una vez más. El reloj lo invitó a ello: salió a beber. Los minutos conocieron el segundero de su vida. Nunca más se supo. Conforme hablaba con la gente que se cruzaba en su etílico viaje, cobraba más fuerza la idea del sol tomando vacaciones al final de cada día. Nos descubrió mostrándonos más sinceros, más nosotros, por la noche.



Experimentar, caerte, herirte, llorar, triunfar, reír y perder. Ganar. No quiere ser oráculo. Nadie puede serlo. Le hicieron pensar que estaba en la edad de subir ciertos escalones. Si no, había fracasado. Pero esta noche, todo iba a cambiar. Aunque él lo ignoraba. ¿Quién conoce el fracaso o el éxito? Otra ronda.

Todo se paró, de repente, al verla bailar. Fue un momento en el que se debe creer en la buena suerte. Unos minutos en otro bar, unas copas menos, y se lo hubiera perdido. Le costaría olvidar aquellas eses que dibujaban sus caderas con el ritmo de la música. Parecía que la banda tocaba para ella. O que ella bailaba para la banda.

Quién fuese partitura. No cualquiera. La que fuese capaz de provocar semejantes movimientos. De cintura, de piernas. Las nalgas y los pechos dotados de una hermosa carga extra móvil de erotismo. Disfrutaba pensando que en la cama debía ser igual de eficiente que en el arte de la danza.

Le excitaba, y extrañaba, la ausencia de versos sobre esa presencia en aquellos lugares de la ciudad, oasis ocultos en cajones sin farolas. Pero observando su cuerpo fue consciente de que no sólo era testigo de un simple baile: los gritos de júbilo, el pelo indomable, la mano luchando para que la copa no tocara el suelo. Todo era una partitura de sudor, alcohol, falda y medias negras. Extraño caos.

Al carajo la posición de espectador, Hemingway de mierda. Apuró la copa y se acercó a la ninfa. Le entró el pánico. En su mente solo cabía la escena de hacérselo en cualquier callejón donde no llegasen las escasas luces de afuera. Añadir unas notas más, inspiradoras y lo más salvajes posibles, a la sonata nocturna.

Templó los nervios, se colocó a traición detrás de ella. Por sorpresa comenzó a decirle palabras lentas susurradas al oido. Fueron disparadas de sus labios con la suficiente confianza, volumen y precisión, para que la ninfa parase por unos segundos su danza urbana.

Hablaron de todo y de nada. Ella dio un giro a la conversación: "podrías invitarme a whisky". No era lo más llamativo que una mujer pudiera decir a un hombre en un antro como aquel, pero lo dejó unos segundos en fuera de juego. Eran casi las seis de la mañana.

Ella afirmó con seguridad, otro tanto para la bailarina que convirtió una noche de borrachera en algo interesante. Lo de poner tiempo a las cosas es una gran gilipollez. Nunca es demasiado temprano o demasiado tarde. Todo es fruto de nuestra imaginación. De nuestra obsesión por poner leyes a todo. Nos hace sentir poderosos.

Sorprendido, afirmó: "esa cita me suena". La carcajada hizo que aquel bar de muerte cobrase vida durante unos instantes. "Debe sonarte. La saqué de tu último libro". No paró de reír al ver su cara de imbécil y cruzó las piernas. Jugada maestra.

Mentiría si no dijese que le dolió la espalda al chocar contra la pared del baño. Ella lo empujó adentro con tal decisión y fuerza que no iba a estropear el momento con protestas. Ahora. Era ahora. De un momento a otro, el local empezaría a vaciarse.

Sin palabras, comenzó el concierto carnal. Las manos, temblorosas, acariciaban los cuerpos que no tenían tiempo de ser desnudados. Como si dependiera la vida de ello, la ninfa tomó con fuerza la cabeza del amago de escritor. Susurró su orden de ruta clara y concisa. Rebelarse no era una opción.

Empujó hacia el sur de su vientre al marinero perdido con el objetivo de trasformar una orilla en un placentero océano tormentoso. Lo tiraba con fuerza del pelo. Arañó su nuca cuando aquel impulso eléctrico que subía por su espalda y salía por su boca en forma de gemido no podía evitar que arqueara la espalda. Con decisión, la mano del desconocido que se encontraba entre sus piernas se encargaba de nuevo de ponerla contra la pared.

Con su humedad reciente en los labios, tomó entre las manos fuertemente las nalgas, como una fruta madura a la que se impide tocar el suelo. Comenzó a escalar a golpe de pequeños mordiscos. La oreja, el cuello y la boca no pudieron escapar de los labios que parecieran tener vida propia.

Cuando parecía el fin del combate, exhausto se retiró unos pasos a tomar aliento. Fue obligado a tomar asiento en el incómodo inodoro. Fue una montaña rusa. Parecía imposible, pero su cintura no dejaba tregua a su hombría moviéndose con igual, o mayor agilidad, que en la pista de baile. Era difícil mantener el aliento dentro de los pulmones y seguir saboreando como pedían aquellos dos bellísimos pezones. La miró a ella. Su sonrisa mordiéndose el labio inferior anunciando el final quedó grabada en su retina.

Al salir del habitáculo, tenía la extraña sensación de haber comenzado un juego de ajedrez con aquella desconocida. Ella salió a fumar. Con el cigarro en los labios, le guiñó un ojo a modo de despedida.

Creía que todo encuentro de nuestra vida era una eterna partida. Se tarda demasiado en mover ficha dado el tamaño del tablero. Sin embargo, poseía el convencimiento de poder ganar aquella mano en pocos minutos. Pidió la última copa de la noche. Mientras el alcohol bajaba lentamente por su garganta, anduvo hacia la salida. Soñaba con la próxima jugada. Nunca tendrá lugar. Le recibió la lluvia con los húmedos abrazos abiertos para devolverlo a la realidad. Resaca, frío y bares cerrados.

CARLOS SERRANO

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