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10 de mayo de 2016

  • 10.5.16
Cuando el forajido Frank Miller anunció a los habitantes de Hadleyville que, tras salir de prisión, iría hasta allí con la peor de las intenciones imaginables, todos en el pueblo dirigieron sus miradas a Gary Cooper, que en la película encarnaba al sheriff Will Kane. En un primer momento, al adusto representante de la ley y el orden en la localidad no le faltaron ofrecimientos de ayudantes de sheriff y de voluntarios para conjurar con éxito la amenaza que se cernía. Miller y su banda llegarían al pueblo en el tren de las doce en punto. Sin embargo, las deserciones se iban sucediendo a cada minuto y, al marcar el reloj la hora fatídica, Gary Cooper estaba solo ante el peligro.



Es posible, lector mío, que el argumento cinematográfico del western con el que he empezado estas líneas bien pudiera sugerir, forzando el símil hasta el extremo, la narración del intento de Pedro Sánchez para formar ese Gobierno que, al parecer, tan urgente es para España y que, paradójicamente, tanto están retrasando esos partidos políticos que, según dicen ellos mismos, representan la voluntad popular. Pero no es ésa mi intención.

El reloj avanza implacable hacia la cita electoral del 26 de junio y seguimos sin asimilar que los partidos políticos, que son los responsables constitucionales de resolver los problemas de la gente, no solo no lo están haciendo sino que han generado un problema añadido que, ante la incapacidad de solventarlo entre ellos, trasladan a la ciudadanía la responsabilidad de hacerlo.

Parece un trabalenguas pero, dicho en términos cinematográficos, nos han dejado solos ante el peligro, como a Gary Cooper esperando la llegada del tren de las doce. No me extraña que, últimamente, en las encuestas sociológicas que se están publicando, la política sea percibida por los ciudadanos como uno de los principales problemas del país. Mal asunto para la democracia, ¿no crees, lector?

Si recuerdas, para las elecciones del pasado 20 de diciembre había un partido, de los llamados “emergentes”, que predicaba las bondades de acabar con el supuesto “bipartidismo reinante” y de evitar que las mayorías absolutas degenerasen en “Gobiernos absolutistas”. En principio, la propuesta tenía su gancho. Muchos ciudadanos siguieron esa consigna y del resultado electoral surgió un parlamento plural y diverso con el mandato implícito de consensuar respuestas y resolver los problemas de la sociedad en base a lo que cada partido comparte con los restantes, aparcando las diferencias.

Pero la reacción del mencionado partido emergente, y de otros, fue la de exigir la polarización de todas las fuerzas parlamentarias en dos bloques, a manera de un nuevo “bipartidismo de confluencias”, para que, en una posterior fase, la victoria del bando de los “buenos” sobre el de los “malos”… ¿conduzca a nuestro país a esa democracia tan envidiada por el mundo como es la que disfrutan actualmente los venezolanos? Vaya pregunta te lanzo, ¿verdad, lector?

La única realidad es que hace cuatro meses los españoles acudimos a las urnas de manera vana y, ahora, nuestros líderes políticos nos han dejado solos en el andén de la estación esperando a que Frank Miller y su banda bajen del tren cuando las manecillas del reloj marquen la hora de la verdad. Eso será el próximo 26 de junio. Gary Cooper, a pesar de que todo lo tenía en contra, dio un buen final a la película. Esto siempre es un motivo para ser optimistas, supongo.

ANTONIO SALAS TEJADA

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