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19 de marzo de 2016

  • 19.3.16
Mi padre quiso quitarse hasta el polvo de los zapatos del barrio y del pueblo en el que creció. Renunció a su origen, a su familia, a los valores recibidos y, sobre todo, trató por todos los medios de hacer desaparecer ese nombre que para él significaba pobreza, cerrazón, patetismo, humillación. Eufrasio.



Mi abuela no decidió tener hijos: los tenía "porque venían". Se pasó toda su vida fértil embarazada de otra criatura a la que su marido no iba ni a mirar, ni a mantener. Él prefería el vino y el juego de cartas.

Desde mi atalaya de chica independiente del siglo XXI me pregunto que para qué quería mi abuela tener un hombre al lado, que no era más que un estorbo y que la hizo sentirse sola en todo momento. Era solo una carga. Un amo al que servir. Pero para encontrar la respuesta a esta pregunta siempre recurro al libro que aún conservo de educación femenina de la dictadura, y entonces lo entiendo.

Las programaron para ser dóciles, servir al hombre, no tener más deseos que que los que su señor tuviese. Las convencieron de que eran inferiores, de que su autoestima estaba firmemente ligada al papel de esposa y madre. ¿Cuántas yermas habrán llorado por tener un "vientre seco"? ¿Cuántas no habrán sentido que su vida era estéril porque no podían realizar la única función para las que fueron creadas?

Aún recuerdo a mi pobre tía abuela soltera diciéndome cuando yo aún era una niña que jugaba a ser hada madrina: "Niña, tú cásate, no te quedes sola!". ¿Acaso no estaba sola su hermana? ¿La compañía es tener a un hombre que te utiliza para satisfacer sus deseos y que te trata como una esclava? Yo la entiendo. Ella vivía sola en un pueblo de unos dos mil habitantes, sin cultura, sin salidas a tomar café o al cine. Enterrada en vida.

También hubo mujeres valientes en esa época. Esas que estudiaron o esas que cruzaron el umbral de la puerta y vieron que el sol estaba fuera, que podían ser las dueñas de sus destino. Esas también han existido siempre. Pero aún hoy no son mayoría.

No todas son capaces de atreverse a cruzar la puerta de sol sin sombrero; a subirse el dobladillo de la falda; a entregarse a un hombre por amor verdadero; a buscar a un compañero de viaje que vaya a su lado –ni delante, ni detrás–; un compañero que no se asuste de la inteligencia, ni de la ternura. El camino no está hecho, tenemos que seguir poniendo adoquines...

Y mi pobre abuelita no decidió el nombre de mi padre, fue el santoral y el cura que lo bautizó el que destrozaron su vida. Eufrasio no es nombre para un futuro triunfador. Es curioso que no decidiera cambiarlo por Ernesto, si le hubiese gustado y hubiese leído a Oscar Wilde... Así que el elegido fue Eugenio. Seguramente que para él, ese nombre huele a perfume caro, a persona con don, a casa con piscina climatizada, a mujeres de plástico, a billetes morados. Ahora solo queda esperar cuánto tiempo lo llevan a la cárcel ese nombre y ese triunfo...

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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