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Memorias

Cuando llega el verano, a mediados de agosto y por razones familiares, suelo pasar un tiempo en Madrid. En el caso de que no haga excesivo calor, esos días son muy gratos, pues la ciudad se vacía y se puede ir con tranquilidad a gran parte de los sitios. Son fechas en las que es posible realizar caminatas por el centro, yendo de un lugar a otro sin que te sientas agobiado por el gentío que habitualmente llena las grandes ciudades.



En uno de esos días, estando en la plaza de Atocha, tomo rumbo hacia la calle Cuesta de Moyano en la que se encuentran los tenderetes de libros antiguos y de ocasión que tan famosa ha hecho a esta vía madrileña. Inicio el recorrido de su empinada pendiente desde la parte de abajo, con la intención de recabar en el paseo del Retiro para ponerme a leer. A mitad de camino encuentro un libro de un autor muy conocido, al menos por un cierto sector, y que inmediatamente me pongo a hojearlo con la intención inequívoca de adquirirlo.

Se trata de Pretérito imperfecto, la autobiografía del psiquiatra, ya fallecido, Carlos Castilla del Pino. Son sus memorias que cubren el período que va de 1922 a 1949, es decir, desde la fecha de su nacimiento hasta el año que llega a Córdoba para ejercer su profesión de médico especializado en psiquiatría.

Desde que hace ya décadas llegaron a mis manos dos de sus obras, La culpa y Psicoanálisis y marxismo, comencé sentir una gran admiración por su autor. A partir de entonces he ido leyendo y he adquirido bastante de lo que publicó, por lo que es uno de los escritores (podemos llamarlo así, pues Castilla del Pino compatibilizó su profesión de psiquiatra con la escritura) de los que más libros poseo.

Bien es cierto que el libro de sus memorias que he citado al principio no lo adquirí en el momento en el que vio la luz; sin embargo, sí lo hice con el que sería la segunda parte de su autobiografía, y que llevaba por título Casa del Olivo, que cubre el tiempo que va de 1949 hasta 2003, año este en el que es nombrado miembro de la Real Academia de la Lengua.

Una vez que pagué al librero el importe del mismo, subí la calle sin detenerme a mirar más y con la intención de iniciar la lectura del ejemplar que había adquirido.

Tras hojear el entorno de la parte del Retiro más cercana a la Cuesta de Moyano, me siento en un banco protegido por la tupida sombra de una arboleda y me pongo a leer esas primeras memorias suyas que publicó a finales de la década de los noventa.

Poco a poco voy introduciéndome en su vida, desde sus primeros años en su pueblo natal, San Roque, de la provincia de Cádiz, hasta que, tras unos días después de ávida y continua lectura, alcanzo el momento en el que el autor nos narra su vida universitaria en el Madrid de los años cuarenta, una vez finalizada la cruenta Guerra Civil española.

Al llegar a la página 289, me llama mucho la atención lo que aparece escrito, pues pareciera que setenta y cinco años después en cierto modo se repitiera la misma situación que nos cuenta y que sentí cuando adquirí el ejemplar de sus primeras memorias. Así, en esa página nos dice lo siguiente:

“Descubrí la Cuesta de Moyano, donde había una auténtica mina de libros usados, de colecciones de revistas científicas vendidas al peso y que se podían comprar muy baratos. Allí trabé amistad con uno de los libreros más interesantes, Tormos, que adquiría montones de libros por muy poco dinero a esposas de exiliados, encarcelados o fusilados...

…Mi primer fondo de libros procede de este infeliz despojo, algunos con firmas de sus anteriores dueños, incluso con firmas de sus anteriores dueños, incluso dedicados por los autores a personas cuyos nombres habían sido recortados (poseo alguno de Baroja y de Antonio Machado con esta característica). También se saldaban los primeros números de Revista de Occidente y volúmenes de la editorial del mismo nombre”.

De algún modo, revivo con este descubrimiento y la lectura de esos párrafos de Pretérito imperfecto lo que le pasó al autor por aquellas lejanas fechas. Pero lo que más aprecio de esta autobiografía es la desnuda y precisa sinceridad con la que nos narra su pasado sin hacer ocultamientos, que otros, por pudor o decoro, posiblemente realizarían de aquellas partes de sus vidas que deterioraran la imagen que se habrían formado acerca de ellos.



Es la misma franqueza que sentí el día que lo conocí personalmente en su consulta de Córdoba. Fue a mediados de septiembre de 1985. Previamente había concertado con él, a través de un psiquiatra que fue alumno suyo, una entrevista para ser publicada en la revista que editábamos el Colectivo Carchena en Montilla.

La distendida charla, aparecida como entrevista en el número 14 de Utopía, fue grabada íntegramente en su despacho. Apenas fue necesario resumirla, pues hablaba con total precisión de aquello acerca de lo que se le preguntaba.

No me resisto, pues, a entresacar algunas de las respuestas que recogí y que fueron publicadas en ese número:

(Preguntado sobre la ausencia de la educación sexual en el ámbito escolar). “La represión en la escuela empieza por ser una descalificación de la sexualidad, es decir, la sexualidad ni se toca. De mencionarse, sería para afirmar, exclusivamente, que todo lo concerniente a ella es malo, es feo, es sucio, es pecaminoso, etc. Hay que tener en cuenta que los propios represores temen el problema mismo, no se atreven a plantearlo de una manera abierta, por lo que las consecuencias son más perniciosas…”.

(Sobre el emergente movimiento feminista en nuestro país). “El movimiento feminista sí que me parece sumamente positivo, aunque existen muchas tendencias, desde las más moderadas a otras tan extremas que uno piensa que, por lo menos ahora mismo, tienen más de absurdo que de otra cosa, aunque considero que es uno o de los movimientos que pueden hacer mayor mutación en el sistema social…”.

(Sobre la legalización del aborto y la posición de la Iglesia). “La Iglesia tiene su sistema. Entra dentro de su sistema condenarlo y todo lo que sea obedecer, todo aquello que más cuesta implica mayor obediencia, mayor docilidad. A mí me parece bien que esos obispos excomulguen. Yo tengo unas ganas enormes de que me excomulguen, a ver si lo logro alguna vez…”.

He comenzado hablando de las memorias de Carlos Castilla del Pino que nos legó en dos magníficos libros absolutamente recomendables para todo aquel que quiera acercarse a la historia de uno de los hombres más significativos de nuestro país en el siglo pasado y comienzos del presente.

Y es que desde siempre me ha gustado leer memorias o diarios, puesto que a través de ellos no solo te introduces en la vida del autor o la autora, sino que conoces cómo fue su proceso vital, así como la sociedad y el tiempo que le tocó vivir, por lo que podemos aprender a través de la existencia de otros.

Sin embargo, en nuestro país, no proliferan los escritores que se enfrenten a sus recuerdos más personales a través de este tipo de publicación; quizás se deba a un cierto pudor a hablar con franqueza de sí mismos y se prefiera mantener una imagen pública sin que aparezcan las sombras o los nubarrones del que escribe.



Bien es cierto que la reflexión sobre la propia vida se puede realizar de distintos modos. No es necesario superar las más de mil páginas que en total suman los dos volúmenes de Castilla del Pino.

Por otro lado, la forma de echar la mirada hacia atrás tiene tonos distintos según el carácter del sujeto que evoca su pasado. Es el caso, por ejemplo, de Luis Landero, un amigo de la infancia, también natural como yo de Alburquerque, un pueblo extremeño al que acudimos con cierta frecuencia, pues no hemos perdido el contacto con nuestras raíces.

Posiblemente haya lectores ya conozcan algunas de las novelas de este gran escritor que fue premio Nacional y de la Crítica por su ya legendaria novela Juegos de la edad tardía, lo que da lugar a que me ahorre elogios y me centre en el último libro que ha publicado.

Así, en septiembre de 2014, vio la luz El balcón en invierno, un libro construido a partir de los recuerdos de su infancia en el pueblo y de su adolescencia en Madrid. El propio autor lo ha calificado como una especie de “novela de asuntos verídicos”, ya que, a diferencia del rigor puntual, minucioso y cronológico que utiliza Castilla del Pino en Pretérito imperfecto y Casa del Olivo, Landero no se desprende de la subjetividad poética que tanto impregna a sus obras.

Son dos modos válidos de afrontar el propio pasado: uno, con la precisión que da lugar a que el propio autor hable de autobiografía y, el otro, a partir de las resonancias evocadoras, y con la mirada cargada de nostalgia, de una vida que se retiene en la memoria, pero entendiendo que lo que encuentra en ella son las sombras de una época ya fenecida.

AURELIANO SÁINZ