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Rumbo al Paraíso: Paul Gauguin (y II)

El 1 de abril de 1891, surca un barco de Marsella con destino a Papeete, capital de Tahití y de todas las colonias de Francia en la Polinesia. Es el barco que toma Paul Gauguin rumbo a una nueva vida, en busca de ese paraíso original, alejado de la civilización y en el que iniciar una nueva existencia. La estancia de Gauguin en Tahití duraría dos años. Muy pronto descubriría que la vida allí no tenía nada que ver con ese paraíso soñado; es más, Papeete, donde conviven los indígenas, los colonos y los funcionarios, en cierto modo tiene ya los defectos occidentales de los que estaba huyendo.

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La estancia de Gauguin en la Polinesia se convierte en un ciclo continuo en el que de manera reiterada se repiten los pasos: quedarse sin dinero, caer enfermo, ingresar en el hospital, volver a la pintura y encontrarse sin lienzos o sin colores, mandar cartas y cuadros a Francia, esperar cartas y dinero desde la metrópoli. Y siempre soñando con la huida a otro lugar.

Las agitadas vivencias de estos dos años no quedarían borradas con el paso del tiempo, puesto que fueron las que dieron lugar a los capítulos de su famoso diario que con el título de Noa Noa (que en tahitiano quiere decir “fragante”) ha llegado hasta nosotros.

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Este primer cuadro que presento de su estancia en la Polinesia lleva por título I Te Matamua, es decir, En tiempos de antaño. En su diario, vincula este cuadro a un lugar fabuloso en el interior de la isla, un valle perdido cuyos habitantes quieren vivir aún como antaño.

Dos años más tarde, inicia su regreso de vuelta a Francia, recalando en el puerto de Marsella el 30 de agosto de 1893.Desde el punto de vista artístico, su vuelta supuso el comienzo de un claro y afianzado reconocimiento de su obra. Participa de manera regular en exposiciones colectivas; sin embargo, desea que sus lienzos fueran conocidos más allá de la participación en eventos en los que solamente podía mostrar algunos aislados.

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En 1891, pintó este lienzo que lleva por título Vahine no te tiare, o lo que es lo mismo, La mujer de la flor. Es un magnífico retrato, basado en la sencillez cromática de tres colores dominantes: el azul, el ocre y el amarillo.

La primera gran ocasión se la proporcionó el marchante Durand-Ruell cuando organizó una exposición en el mes de noviembre del año de su regreso a las tierras galas. Gauguin pudo mostrar cuarenta y cuatro lienzos, aunque solo se vendieron once, dos de ellos comprados por el que sería otro gran pintor: Edgar Degas. De todos modos, Gauguin lo consideró un verdadero éxito.

Por esas fechas reinicia sus contactos sociales. Por un lado, entra en las tertulias de los artistas ubicados en la capital francesa y, también, estrecha sus relaciones con los escritores con los cuales mantiene amistad.Son los días en los que comienza a escribir Noa Noa a partir de las anotaciones originales que había tomado en las islas del Pacífico. Este diario, que lo iría publicando en entregas, inicialmente tuvo problemas para ser editado, pues provocaba escándalo el que durante su estancia en Tahití hubiera convivido con una niña de trece años.

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En Dos tahitianas, Gauguin expresa la belleza y la sensualidad de dos mujeres tahitianas, que no presentan ningún adorno, como expresión de la inocencia del estado en el que vivían las mujeres polinesias.

Su vida seguía con las turbulencias propias de su agitado carácter y, a pesar del reconocimiento y prestigio que ya tenía en el mundo de las artes plásticas, se encontraba insatisfecho y en permanente tensión con el mundo que le rodeaba.

De nuevo se prepara para marcharse ya de manera definitiva a las islas del Pacífico. Realiza varias exposiciones y vende obras con el fin de ahorrar para la travesía y los inicios de su vida definitiva en Tahití. En el verano de 1895, Paul Gauguin vuelve a partir del puerto de Marsella rumbo a la Polinesia.

Pronto asoman, otra vez, los problemas que había conocido en su primera estancia: a los pocos meses se queda sin dinero; repite las mismas llamadas de socorro; escribe a sus amigos de Francia reclamando los beneficios de las ventas de sus lienzos como forma de ir solventando los gastos que generaba su estancia en las islas del Pacífico. Para colmo, reaparecen las enfermedades, por lo que en varias ocasiones tiene que ser ingresado en Tahití.

En abril de 1897 le llega la noticia de que Aline, su hija preferida, muere a los 22 años víctima de una neumonía. Esto le sume en una fuerte depresión. Para salir de este estado, compra dos parcelas en Punaauia en las que se construye la nueva casa.

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Es en este mismo año cuando pinta uno de sus cuadros más conocidos, ¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?, un ancho lienzo en el que pretende resumir su visión de la vida.

El 30 de diciembre de 1897, en el barco que llega a Papeete, recibe la noticia de la publicación de la primera entrega de Noa Noa en La Revue Blanche, pero no se acompaña de ningún dinero que pueda aliviar sus múltiples deudas.

Desesperado, y con un frasco de arsénico en el bolsillo, emprende entonces el camino hacia la montaña. En pleno bosque se deja caer y se bebe el veneno. Luego vomita, se produce la reacción: pasa un día y una noche a la intemperie, y al amanecer, reuniendo sus últimas fuerzas, desciende hacia el mar.

A pesar del cúmulo de adversidades en las que se encuentra inmerso, su nombre día a día va creciendo en Francia y las exposiciones de sus obras son muy bien acogidas por la crítica. Esto da lugar que, partir de 1898, reciba dinero junto a los utensilios de pintura con cierta asiduidad, lo que hace que su situación mejore, al menos en el aspecto económico.

No obstante, la insatisfacción que el alma de Gauguin albergaba le empujaba a cambiar de lugar de residencia. Al cabo de cierto tiempo, necesitaba vivir en otros parajes y conocer nuevos entornos que le acercaran cada vez más a unas formas de existencia primitivas, a esos estados primigenios en los que el hombre se reencontrara con una especie de comunión salvaje con la naturaleza.

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Cerramos esta breve presentación con Mahana no atua (El día del dios), pintado en 1894, en la que Gauguin representa una fiesta religiosa, dedicada a la diosa Hina.

En septiembre de 1901, con este espíritu de búsqueda constante de nuevos parajes, vende sus propiedades para poner rumbo a las islas Marquesas. Allí, en un terreno que compra, se construye una casa de dos plantas en las que vivir y poder pintar.

Sin embargo, en sus huidas no logra escapar de las enfermedades de la piel que le acompañan en los últimos años. Su vahine, la joven mujer que vivía con él, se queda embarazada y le abandona para irse con su familia. Otra vez, las enfermedades y la soledad parecen que no solo se resisten a abandonarle, sino que refuerzan más esa maligna presencia.

Para sobreponerse, se refugia en la escritura. Pero, a finales de año, el eczema le atormentaría con tanta intensidad que, para sentirse aliviado, necesita permanecer postrado y sin posibilidades de pintar. Sus últimos días parecían próximos. Así, el 8 de mayo de 1903, los fuertes dolores le hacen recurrir como otras veces a la morfina, pero en esta ocasión, por error o voluntariamente, la dosis tomada fue mortal.

Sus amigos lo encontrarían caído en el suelo, al lado del lecho. Ellos fueron los encargados de darle sepultura, al día siguiente, en el cementerio de Atuona, en un entorno donde la exuberancia de la Naturaleza se transformaba para dar cobijo a uno de sus hijos en perpetua búsqueda de ese Paraíso en la Tierra que tanto anhelaba.

Posdata: La vida de Paul Gauguin puede llevarnos a algunos interrogantes y reflexiones: ¿Es posible una vida feliz en la Tierra? ¿Dónde se encuentra ese paraíso que tanto anhelaba el pintor y no logró alcanzarlo? ¿Hay algo que pudiéramos afirmar que se acerca a ese deseo de dicha que el ser humano tanto desea? ¿Se han acabado todas las utopías y no nos queda más remedio que vivir de retazos de las mismas?

AURELIANO SÁINZ