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Mi vecino de arriba

Nunca he visto a mi vecino de arriba. O al menos nunca lo he identificado como tal. Sin embargo, cada noche, cuando la ciudad se toma un respiro y el silencio, insólito elemento urbano, sirve de obertura para el sueño, lo escucho ahí, justo encima de mí, como un improbable compañero de cama, ejecutando la misma ceremonia nocturna, cada día, sobre la misma hora.

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No conozco personalmente a mi vecino de arriba, pero conozco sus rutinas. Parte de una intimidad que se filtra a través de la pared y que lo hace previsible, cercano. Por ejemplo, sé que tiene un familiar en el extranjero, quizás una hija, y que sus conocimientos sobre informática no son precisamente los de un experto. Y todo por que la tonalidad machacona de la llamada entrante de Skype no cesa hasta que, bastantes segundos después, alcanza a hacer click en el icono verde.

Lo imagino agitando el ratón impulsivamente, la respiración agitada y el corazón palpitando, como un controlador de vuelo en Navidades. Minutos después, acierta a regular el volumen de los altavoces y dejo de escuchar con total claridad las andanzas de la voz femenina, allí donde esté.

Que su matrimonio no está en su mejor momento tampoco es un secreto. Las discusiones con su mujer parecen haber incrementado su periodicidad en los últimos tiempos. Y no es que yo dedique mi tiempo a espiar las conversaciones más o menos alteradas de mis vecinos como un voyeur de las desgracias ajenas, es que los gritos son suficientemente sonoros como para dejar aquello que esté haciendo en ese momento. Si quiero drama, ni siquiera enciendo el televisor.

Es una de las consecuencias directas de vivir en compartimentos separados dentro de una misma unidad, el edificio; puedes saber si tu vecino se encuentra bien de la próstata a tenor de la intensidad del caudal al mismo tiempo que desconoces su rostro.

Antes, cuando las comunidades de vecinos eran precisamente eso, una comunidad donde los encuentros furtivos en el ascensor iban más allá de un inaudible "buenos días", los ruidos del de arriba entraban dentro de un contexto, podías saber donde vivía la hija del Skype o incluso el por qué de algunas disputas conyugales.

Ahora, la vida vecinal es una faceta más de un paradigma social basado en el ruido, la intuición y el prejuicio. Puedes averiguar desde cuándo no se conecta alguien al WhatsApp, adónde se fue de vacaciones en el puente (si se quedó en casa no habrá documentos gráficos que lo atestigüen), o si le gusta tal o cual programa de televisión, grupo de música o espectáculo, pero en el fondo, sigues sin reconocer su cara, sus motivaciones y expectativas, su forma de pensar, su contexto.

Es la vida vertical, como la de un bloque de viviendas colosal donde los individuos conviven en una falsa sensación de cercanía. Adivinas los movimientos de tu vecino de arriba, conoces sus hábitos más personales, eres testigo colateral de sus miserias y trivialidades... pero las ventanas y puertas permanecen cerradas, a modo de fortaleza entre tú y el incierto entorno humano que te rodea.

JESÚS C. ÁLVAREZ