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"Asesino" es un vocablo de género masculino

Este articulo lo he dejado para después de la fecha oficial marcada para recordar lo que representa la mísera lacra de una violencia sexista subyacente en nuestro entorno. El 25 de Noviembre es un día de luto y tristeza por la gran cantidad de mujeres que mueren o malviven vejadas por “sus ¿hombres?”.

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Ojalá esta fecha pueda pasar, en un tiempo no muy lejano, a ser “día de fiesta” en el que congratularse de la erradicación de este tipo de terror. Existen otros ejemplos de violencia, pero ésta la considero básica para nuestra salud mental. Mientras llega ese ansiado día –me temo que, al paso que vamos, tardará-, quiero ahondar en algunos negros filones que encierra esta cueva del terror.

Y en esa fecha hemos gritado alto, muy alto. Unos convencidos, otros arrastrados, los más con un grito desde lo políticamente correcto…; y así podría seguir este rosario de posturas y poses. Pero una vez apagadas las luces del escenario, todo se mantiene igual porque algo está fracasando en este discurso, como en tantos otros. Por desgracia, la historia (con minúscula) está empedrada de buenas intenciones y mínimas acciones y en este asunto cruel, fatídicamente, no podía ser de otra manera.

Desde hace semanas el bombardeo mediático sobre el tema ha sido trepidante. Como en tantas fechas-recordatorio similares gritamos indignados, lanzamos soflamas y anatemas y unos días después ocurre que “…con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”, como dice la canción.

Éste ha sido el escenario por unos días –necesario pero escenario al fin de cuentas- y al finalizar la función, entre bambalinas queda el terror y la repugnante realidad. En pocas palabras: estamos ante un doloroso problema asentado en nuestra sociedad y que se ha convertido desgraciadamente en crónico.

En este país llamado Apaña –apáñate, apaña lo que puedas…- al asesinato machista se le llama violencia de género, como si el género tuviera posibilidad de ser violento. En la gramática no hay violencia, las palabras tienen género y se oponen o se complementan pero no se agreden. Siempre me referiré al tema como violencia sexista, de pareja (sea homo o heterosexual), familiar, del hombre contra la mujer o viceversa.

Las personas no tenemos género, tenemos sexo. Se nos llena la boca al hablar cuando vociferamos ellos y ellas, compañeras y compañeros, padres y madres, abuelas y abuelos –la letanía del abuso del género masculino-femenino es interminable- pensando que con ello ya hemos conseguido el objetivo de la paridad o la igualdad.

Para desgracia, el uso de un lenguaje no sexista no resuelve nada si no va acompañado de actitudes impregnadas de valores. Estamos enfermos, tocados de muerte porque hemos sustituido valores básicos como el respeto a la otra persona, sea hombre o mujer, la empatía, el derecho a ser diferente, la igualdad, la responsabilidad, la confianza, la asertividad, el esfuerzo e incluso valores como la autoestima y la autoafirmación, esenciales para enfrentarse al rebaño y decir no a la humillación, los hemos sustituido repito por lacerante desprecio y vil acoso.

Violencia machista, mal que nos pese la más abundante y asquerosa, es la que ejerce el macho sobre la mujer –mujer que hace un tiempo podría ser adulta, madura, pero que ahora es cada vez más joven-.

Entre adolescentes, esa violencia se ha situado en torno a un 30 por ciento desde 2011, según datos de la Fiscalía General del Estado. Este problema no es pasajero ya que el maltratador difícilmente cambia; una vez entra en la espiral violenta es como si estuviera estigmatizado y ya no puede dar marcha atrás. Los modelos se aprenden ante todo en la familia, después en la sociedad y en los medios.

¿Somos conscientes de que estamos ayudando a que perviva la violencia, el sexismo, desde los medios de comunicación con programas-basura cargados de agresividad, de humillación al otro? Está claro que es muy difícil luchar contra una publicidad sexista, segregadora, en la que la persona es sólo un cuerpo sugerente, apolíneo, decorativo y bello asomado al escaparate de la televisión o en las vallas publicitarias.

Basta echar una ojeada al bombardeo publicitario que antecederá a las próximas fiestas (Navidad-Fin de Año) para refrendar parte de ese lenguaje icónico que nos venden, incitándonos a costa de lo que sea a un hedonismo furibundo.

La Educación es la básica para un futuro más humano si queremos ahorrarnos sustos y disgustos. Una Educación que debe estar más allá y por encima de leyes maniqueístas, mercantilistas, sectarias, capantes, partidistas.

En el ámbito educativo llevamos, en un corto espacio de tiempo, siete leyes a cada cual peor. Y la educación en valores, que debemos transmitir primero desde la familia, y esto no puede ser renunciable –a veces me invade el pesimismo y creo que hemos tirado la toalla-, después desde la escuela y a la par desde la sociedad misma, es pieza clave.

La educación falla cuando todo vale y lo que más importa es salirme con la mía sin preocuparme las consecuencias ni tampoco a quién perjudico cuando hago lo que me viene en gana, porque entonces se resquebraja seriamente el edificio convivencial y perdemos todos.

Desciendo al terreno que más me preocupa y más me interesa porque determinará en el mismo o en distinto color, el futuro de nuestra sociedad: la juventud. Amargura, dolor, tristeza, rabia es lo que desencadena leer que la violencia machista ha aumentado entre nuestros jóvenes.

Años de lucha en pro de una educación en la igualdad hombre-mujer, esfuerzos de padres, docentes, instituciones y hasta una ley en pro de esa igualdad, se hacen añicos ante una abrumadora realidad que muestra cómo no ha disminuido dicha violencia sino que en los últimos años ha aumentado y ya no son los mayores –adultos que quizás vivieron en una sociedad cerrada, castradora- los que están a la greña, sino los más jóvenes; esa juventud que teóricamente ha recibido mejor educación, que ha tenido mejores medios informativos –¿tal vez deformativos?- sigue con los mismos roles de otros tiempos.

No es momento para lamentaciones y sí para gritar contra ese terror físico, psicológico, moral que está corrompiendo aún más nuestra sociedad. Violencia, dominio del otro, frustración de un ego impotente, divertimento, depravación, maldad. Piensen lo que quieran…, pero tratemos de poner remedio.

Voces autorizadas de psicólogos, juristas o educadores alertan de actuaciones machistas cada vez más precoces. La edad del pavo no ha desaparecido y chicos y chicas inician relaciones sentimentales cada vez antes, sobre los 13 años.

Son jóvenes que aceptan los celos como una expresión de amor aunque eso pueda perjudicarles en ocasiones o dicen que en una buena relación de pareja es deseable que la mujer rehúya llevarle la contraria al hombre. ¿Por qué? Los ejemplos del entorno, familia, amistades, televisión, música, literatura juegan un papel muy importante en este sentido.

Generar violencia es fácil y poco complicado de realizar. Consiste en tratar mal a otra persona. Genera violencia quien maltrata o hiere a un semejante –hombre, mujer, niño, joven, mayor- de forma física, psíquica o moral.

Existen muchas clases de violencia: institucional, supranacional, familiar, callejera, escolar, televisiva, y un largo etcétera. La violencia, venga de donde venga y machaque a quien machaque, siempre debe ser condenable. Estamos inmersos en una espiral que se volverá contra nosotros por aquello de que “quien siembra vientos recogerá tempestades”.

Pensadores de prestigio afirman del ser humano que es violento “per se” y la realidad circundante parece darles la razón. El filósofo J.J. Rousseau (1712-78) afirmaba que “el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo corrompe”.

Tengo serias dudas de que seamos buenos por naturaleza. Ciertamente habría que añadir que hay épocas en las que en nuestra trayectoria tanto como individuos o como colectivo parece que se acrecienta dicha violencia más de lo necesario.

Si a eso añadimos que cine, televisión, videojuegos parece que no venden si no son catastróficos y violentos, la tortilla está servida. Y para rematar el tema, entre los más jóvenes el acoso y derribo como consecuencia de un mal uso de las nuevas tecnologías –videos, fotos, WhatsApp- va en aumento como si “subir” a la red determinados contenidos íntimos fuera un juego de niños.

Nota: sugiero que, quien pueda, le eche un vistazo a la película Sólo mía.

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